domingo, 6 de mayo de 2007

Atlanta unos días después

Hace ya dos semanas del viaje a Atlanta. Y con los días uno puede pensar que la memoria le va siendo traicionera e inexacta a uno. Muy probablemente ello sea cierto, pero creo que lo que queda en nuestras mentes como memoria siempre se encontrará –como decía el personaje principal de la película Big Fish– más “condimentado” que los hechos puros. Nuestros recuerdos no son sólo la lista de nuestras acciones unas tras otras, sino una historia sazonada con sal y pimienta, y muy cercana a la realidad, lo suficiente para ser creíble.

Como siempre, unas horas antes, mi cuerpo me recordaba que mi mente le teme a los aviones. El nerviosismo que sentía era evidente. Cené con pocos ánimos, a pesar que la comida fue deliciosa. Me preparé y a pocos minutos después de las nueve llegó el taxi a recogerme. ¡Y que tal taxi! Es la primera vez que un Mercedes negro se detiene frente a mi puerta a esperarme, y espero que no sea la última. El conductor me ayudó con la maleta y nos dirigimos hacia el aeropuerto, con un poco de dificultad ya que me percaté que Breña era territorio desconocido para el chofer.

De una forma u otra llegamos a la Av. Faucett y nos dirigimos rápidamente por la vía rápida del centro. En verdad no entiendo la razón de un peaje para tan corto recorrido, pero así es mi patria.

Ya en el aeropuerto me dirigí al counter de Delta y afortunadamente recordé llevar mi tarjeta de viajero frecuente para llenarla con las correspondientes millas hasta Atlanta. La fila era larga, pero ya estoy acostumbrado a esos menesteres. Bajo mi tensión, me sentí un poco más cómodo e hice mi trámite en counter. Mi celular sonó pero no lo atendí. El número era desconocido pero supuse que tendría algo que ver con el viaje pues nadie me llama los sábados por la noche, y no es que mi vida sea muy aburrida, sino que sencillamente no es lo usual.

Y, como pensé, la llamada tenía que ver con el viaje. Cuando devolví la llamada me di cuenta que era el representante de la agencia de viajes tratando de localizarme para darme el sticker del pago de impuestos. Nos reunimos en la puerta y me preguntó por Walter y Verónica –los otros dos periodistas con los que iría al viaje– pero yo no sabia nada de ellos, ni los conocía ni tenía forma de localizarlos. Dejé al representante en la puerta y me fui a la sala de embarque, ahí podría sentarme y descansar, y hacer la llamada de costumbre antes de subir al avión.

Cuando subí el espectáculo fue el de siempre. Familias llorando por un familiar que seguramente no volverían a ver en mucho tiempo, amigos tomándose fotos, otros cenando en los restaurantes y los avisos por los parlantes que no paraban de recordarnos que los aviones partían y llegaban unos detrás de otros.

No esperé mucho. Decidí entrar lo más rápido posible para pasar los controles y poder sentarme tranquilo. Migraciones fue lo peor. La fila era enorme y pensé que perdería mucho tiempo ahí. Y efectivamente así sucedió. Pasar los rayos X y el detector de metales me llevó menos tiempo. Al final, pude llegar a un asiento y esperar a que llamaran a embarque. Nuevamente, me empecé a sentir nervioso.

domingo, 25 de marzo de 2007

Yauya una vez más

Hace una semana que se fue Liliana. No es la primera vez y quizás no sea la última, pero ahora he sentido la partida de manera especial. No sé porque. El domingo en la noche me sentí ausente, como privado de mis sentidos. Me fui a un calendario a detectar los feriados con bastante anticipación, planeando cómo encontrarnos, dónde hacerlo, qué hacer entonces. Me pasé el domingo planeando mi vida en Semana Santa, el Día del Trabajo, Fiestas Patrias, y todos los feriados que les seguían. Realmente me sentí ansioso. Deseaba verla, escucharla y empecé a decirme a mí mismo “hace exactamente 12 horas estábamos en su casa, corrigiendo su tesis…”, como si recordar fuese realmente volver a vivir. Esa noche fue difícil, no pude dormir bien.

Mi delgada.
Al día siguiente me sentí mejor. Y durante la semana la vorágine del trabajo, de tener que terminar los informes, de conseguir los entrevistados, de escribir un central, desgrabar las entrevistas y todo lo que le rodea me hicieron sentirme alejado de la angustia. Pensé que el trabajo me sanaría, como cuando a uno le dicen que se martillee un dedo para dejar de pensar en el dolor de cabeza, pero no bastó. Lo realmente relajante vino de Internet. Un correo de Liliana me contaba las peripecias por las que tuvo que pasar mi delgada para llegar al pueblo de Yauya, distrito del mismo nombre, provincia de Carlos Fermín Fitzcarrald, departamento de Ancash (al lado de Huánuco).

Una semana después vuelvo a sentir lo mismo. Pero ya sé que ella llegó bien, que de vez en cuando puede enviarme un SMS (la señal en ocasiones se capta en un lugar del pueblo) y que de verdad la extraño, como nunca.

Espero que llegue Semana Santa. Iré a Huaraz a alcanzarla. La esperaré en transportes “El Solitario”, nos veremos, planearemos qué hacer y pasearemos. Y seguramente recién en el momento en que la vea bajar con su maleta y la abrace me abandonará esta sensación tan extraña de soledad.

lunes, 5 de marzo de 2007

Idi Amin

Fui al cine con expectativas. La película "El Último Rey de Escocia" estaba precedida de buenas crìticas y de un Oscar, así que tenía que verla como sea. Como siempre elegí mi lugar favorito: el Cineplanet de Plaza San Miguel. A llegar, me di con la sorpresa que había cola para entrar a la sala. Al principio crei que era la cola para ver "Ghost Rider" con Nicholas Cage pero me equivoqué, desafortundamente era la cola para mi película. Al menos me consuela saber que no todo el público es capturado por la puesta en cinta de caricaturas que jamas hemos visto por aquí, al menos no masivamente.

La película es buena. La recomiendo, y trata muy inteligentemente la forma en que el personaje principal se va involucrando ingenuamente en el mundo del dictador africano. Casi como que se podría decir que es una apología de las personas que dicen darse cuenta muy tarde de lo corrupto o criminal que puede ser un regimen, porque es asi como se muestra el mundo del personaje principal, un joven médico escocés que le cae bien a Amin y lo convierte en su medico de cabecera.

Al principio el sólo ve a un hombre que ha tomado el poder, y las ventajas y lujos de los que se puede disfrutar por estar a su lado. Es el "mono blanco" de Amin, el payaso que lo acompaña sin siquiera darse cuenta de su triste condición de bufón. Se da cuenta tarde, cuando ya le es dificil salir de ese mundo en el que se metió como jugando. "Quizás tu muerte sea lo único real que te vaya a suceder", le dice Amin al joven doctor enrostrándole su falta de sentido de la realidad con la que vivia.

Sinceramente, me gustó. Claro, no llegara a ser película de culto o algo por el estilo, pero al menos no es una producción creada con el simple propósito de ganar dinero. Relata una historia, en realidad, la historia de varios hombres, y eso es algo que valoro.