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viernes, 13 de junio de 2014

Cinco años en el nuevo trabajo

Es difícil creer que ya haya pasado media década. Aún recuerdo con claridad la ocasión en la que me propusieron cambiar de trabajo y yo acepté.

Era una cena de fin de año organizada por una compañía de impresoras. Había recibido la invitación días antes pero la hora a la que se había programado el agasajo no me agradaba, era durante la noche. En general, no me agrada aceptar invitaciones luego de las seis de la tarde pues considero que ese momento debo dedicarlo a la familia, a descansar, a la casa; todas las horas precedentes las puedo dedicar al trabajo pero me gusta disfrutar la noche desde el sofá de mi casa, viendo el contenido que otros han producido, dejando de hacer el mío. Cuando se puede.

Pero esa noche no se pudo. Mi jefe me había ‘convencido’ de la importancia de asistir a la cena, así que no puede evitar ir.

No recuerdo si en esos tiempos el tráfico ya era infernal en Lima. Simplemente llegué y me alisté para compartir un buen momento con los amigos, después de todo, en una cena de fin de año eso es lo que se espera. Rara vez se dedican estas reuniones al lanzamiento de un producto nuevo, frecuentemente nos reciben para darnos un breve resumen de lo que fue el año para la empresa que nos invita, pero nada más.

Así que con esa idea llegué al lugar.

Llegué al hotel y subí a la sala de reuniones donde se estaban reuniendo los invitados. Por obra del azar me senté junto a Franca, mi actual jefa. No fue nada planeado, simplemente llegué y el que se encontraba a su lado era uno de los pocos espacios disponibles, y quizás en ese momento juzgué que era el más cómodo.

Aunque sí debo confesar que había un antecedente.

Probablemente, un año antes ya sentía que debía ‘cambiar de ambiente’, por decirlo de alguna manera. Y dado que me había especializado en noticias tecnológicas creí que una buena opción era intentar pasar a una revista de ese tipo. Franca, entonces se encontraba trabajando como editora de una revista tecnológica y por ello le pregunté si podía pasar a su equipo.

Le escribí un correo electrónico y ella prontamente me respondió que acababa de contratar a alguien para un puesto que había quedado libre en la revista. ¡Lástima!

Pasaron los meses y me volví a encontrar con Franca, en la cena de fin de año de la que hablaba al inicio. Ella ya no trabajaba en la revista de la que fue editora.

Me senté a su lado y recuerdo que en algún momento de la reunión se inclinó hacia mí para preguntarme discretamente “¿Aún quieres trabajar conmigo?”. “Por supuesto”, le dije.

En ese momento no lo sabía pero Franca ya tenía avanzado el desarrollo de un portal de noticias sobre tecnologías de la información. Terminada la cena acordamos que luego me daría más detalles.

En una reunión posterior, en un café cerca de su casa, me mostró el portal y terminé de convencerme que era el momento de dejar la revista en la que había trabajado durante 12 años.

Era arriesgado. Era sólo un portal en Internet y, como todo medio, debía poder sustentarse en base a la publicidad; sin embargo, en esos tiempos la publicidad en Internet no era de las más abundantes.

Algunos amigos me lo dijeron y lo reiteraron en algunas conversaciones, era riesgoso. Pero igual me animó saber que Franca estaba detrás del proyecto y que, como siempre, todo lo tenía planeado. Confié en ella.

No me defraudó. Cinco años después el portal se encuentra muy bien posicionado y las empresas se han dado cuenta de la potencia de la publicidad en línea. CIO Perú es ahora mi nuevo hogar laboral aunque, claro, ya no debería decir ‘nuevo’ puesto que desde el 26 de mayo ya han pasado cinco años.

Pero es verdad, se han pasado ‘volando’.

viernes, 14 de marzo de 2014

Cinco veces presidente

A los 18 años el registrador de la municipalidad me preguntó “¿grado de instrucción?” y yo, todo pavo, le respondí “superior”, orgullosamente, al inscribirme en el registro electoral. En esos tiempos no existía el DNI así que uno debía solicitar una Libreta Electoral ya que ese era nuestro documento de identificación.

El funcionario me pidió luego mi carnet universitario para confirmar mi respuesta, y yo saqué lentamente de mi billetera el cartoncito de color rosado que demostraba mi pertenencia al club.

En ese momento no me di cuenta pero acababa de cometer un error. Mi honestidad –y un poco de vanidad– jugó en mi contra en esos momentos pues para las siguientes cinco elecciones fui seleccionado como miembro de mesa. Presidente de mesa, para ser exacto.

Aunque a muchos no les agrada la idea de dedicar todo un día al proceso electoral, puedo decir que ser presidente de mesa tuvo sus aspectos positivos. No todo fue malo, como se podría pensar. Por supuesto, uno ‘pierde’ todo el día –todo un domingo– pero también gana conocimientos sobre los mecanismos de la democracia peruana. Además, los domingos que pasé sentado en una mesita junto a dos extraños y una pila de formularios por llenar fueron días de curiosas anécdotas que valen la pena recordar.

La que siempre viene a mi mente fue la de un experimento que me permití realizar para comprobar cuál era el compromiso de los ‘personeros’ hacia su agrupación política. Como presidente de mesa era mi obligación recibir a los personeros, pedirles la carta de identificación de su grupo y, al final de la votación, darles una copia del acta de votación; con los resultados, obviamente.

Como sospechaba que la mayoría de estas personas iban a la votación por hacerle el favor o congraciarse con alguien decidí comprobar si al menos sabían a qué agrupación estaban representando.

Cuando llegaba uno de estos personajes le pedía su carta de presentación y luego les preguntaba “¿a qué agrupación representas?” La mayoría me respondía “ahí en la carta dice”. Y yo les insistía “sí, pero quiero que tú me digas a qué partido representas”. “No me acuerdo”, me respondían avergonzados varios de ellos. El secretario y el tercer miembro de mesa sonreían y recuerdo que alguno incluso me dijo en voz baja “que malo que eres”.

Quizás era malo, pero ciertamente me sentía mal que la política del país estuviera en manos de personas que evidentemente no les interesaba el tema, que estaban ahí, como dije antes, por cumplir con un favor.

Luego de ese encuentro poco amistoso la relación mejoraba. Aquellos personeros que llegaban desde el inicio del día de votación se quedaban todo el día junto a nosotros y, como era de esperar, conversábamos durante los tiempos muertos del proceso electoral.

Algunos eran personeros ante más de una mesa, así que circulaban entre sus distintos puntos de supervisión. Otros se quedaban en una sola mesa y con ellos se podía conversar durante todo el proceso. Por supuesto, también asistían aquellos que simplemente se sentaban a un lado, con la mirada como perdida, a esperar que pasen las horas para recibir el acta de la votación.

Con estas personas recuerdo haber conversado de muchos temas durante muchas horas, especialmente en los momentos posteriores al almuerzo, los cuales, tradicionalmente, eran los de menor tránsito por la mesa. Además, en esos tiempos no había celulares o dispositivos portátiles similares, así que uno no podía escapar del aburrimiento mirando una pantallita. Antes del Facebook y el Twitter no te quedaba otra que conversar con quienes tenías al lado.

Adicionalmente, si el gobierno decretaba la ampliación del horario de votación –para que nadie dejara de cumplir con su deber electoral– no quedaba otra que seguir esperando a que pasen las horas y seguir conversando de algo, de cualquier cosa.

Así pasaron cinco procesos electorales en los que me hice muy conocido –no creo haber llegado a amigo– de los otros miembros de mesa y de los votantes de mi grupo. “¿Es presidente de nuevo?”. “Si pues”, les contestaba.

Luego de esas cinco ocasiones ya no me volvieron a llamar. Otros tomaron mi lugar y, al principio, seguían recordándome cuando me acercaba a ellos para votar.

Las personas que reconocía en la fila de votación, con los años, dejaron de venir y aparecieron otras. Con el tiempo dejamos de ser esa ‘promoción’ de jovencitos que crecíamos por igual en cada votación; la mesa se comenzó a poblar de personas que no correspondían a nuestro rango de edad, que no eran los originales compañeros de fila que conocimos, y con ello se comenzó a perder la sensación de comunidad que tuvimos los primeros años.

Esas cinco primeras elecciones representaron para mí un inicio poco convencional de mi vida electoral. A pesar de ello, y aunque suene raro, me gustó dirigir la mesa, creo que lo volvería hacer.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Mi profe Jeffrey Klaiber

Recuerdo que el profesor alzaba con sus manos un pesado libro y nos mostraba la foto de una mujer anciana. La foto, en blanco y negro, se notaba antigua y casera, como aquellas que se toman posando durante un tiempo prolongado delante del fotógrafo.

"Esta es la mamá de Lenin", nos dijo el profesor. "Sí tenía", agregó, y todo el salón lanzó una sonora carcajada durante la clase de Historia Universal III. Yo había tomado el curso por la necesidad de contar con los créditos necesarios para pasar a facultad pero también por las ganas de pasar mis mañanas escuchando algo interesante. Al menos eso esperaba.

Y el profe Klaiber no me decepcionó. Si recuerdo vívidamente al profesor levantando la foto del libro para que todos la viéramos era porque sus clases eran entretenidas y fascinantes al mismo tiempo. Con él lo que pudo haber sido un simple curso para pasar a facultad se convirtió en las tres horas de la semana que más disfrutaba en la universidad.

Ahora que sé que el profe-padre Klaiber ya no se encuentra entre nosotros no me queda sino recordarlo con sus anteojos grandes, sus libros marcados con papelitos y su dejo gringo que tanto lo caracterizaba. Jeffrey Klaiber fue un maestro como hay pocos, de aquellos que uno recuerda siempre.

sábado, 15 de junio de 2013

Viejo, mi querido (y habilidoso) viejo

Debo confesar que cuando me encontraba en el colegio era mi padre el que, en (varias) ocasiones, me ayudaba con el curso de “Formación Laboral”. Aquel curso –que no tenía relación alguna con su nombre– nos obligaba a desarrollar actividades tales como la construcción de un barquito de madera o el acabado de un cenicero de cerámica; actividades que, por supuesto, nunca más he tenido que repetir, menos aún dentro de mi campo laboral pues me gano la vida escribiendo en una computadora.

Pero, de todas maneras, tenía que aprobar ese curso, y mi padre me ayudó con ello.

No sé si alguno de mis sucesivos profesores del curso se habrá dado cuenta de que yo no tenía habilidad manual alguna. Mis torpes manos a duras penas podrían aprobar una de esas evaluaciones psicotécnicas en las que a uno le piden dibujar sobre una hoja de papel una persona, un ocaso o algún otro elemento para determinar nuestra lucidez. En realidad, creo que ni siquiera esos esbozos se encuentran hasta ahora dentro de lo que puedo lograr con mis capacidades.


Cuando me tocó construir el barquito de madera, sin dudarlo un segundo, le pedí el favor a mi padre. No recuerdo bien cuál fue el plazo que nos dieron pero sí que se lo indiqué a mi padre con la seguridad de que el barquito estaría terminado para la fecha pactada. No me preocupé más del tema.

El día de la presentación simplemente le pregunté a mi papá “¿y el barquito?”. Él y mi mamá se apresuraron a entregarme el barquito pero la expresión en sus rostros me indicaba que algo malo pasaba con la obra.

Me entregaron un barquito pintado de rojo, construido mediante la unión de varias maderitas que conformaban cada uno de sus lados. No había curvas, más bien el barquito tenía la forma de un retablo puesto de espaldas. Un pequeño mástil con unos diminutos trozos triangulares de tela pegada a él completaban la figura. Ciertamente, se veía como una obra realizada con no mucha destreza, quizás por la falta de tiempo.

Recuerdo que mi padre, sinceramente apenado, me dijo algo así como “disculpa, no me ha salido bien, no he tenido mucho tiempo”. “No te preocupes”, creo que le respondí. La verdad era justamente lo que alguien como yo podría haber construido.

También recuerdo perfectamente que en el colegio mi profesor, que se llamaba Marciano –no es broma–, cogió el barquito, lo miró, y escribió un 18 sobre él. Yo feliz. Al siguiente alumno de la lista no le fue bien, “tú no has hecho esto”, le dijo, observando un barquito que mostraba una manufactura superior, sus curvas eran tan logradas que ciertamente parecían el trabajo de un profesional, no el de mi compañero de clase.

Luego de tantos años, recuerdo con nitidez ese día pues fue una de las tantas ocasiones en las que mi padre me ayudó.

En realidad, él me sigue ayudando, es su forma de mostrarme su cariño, de decirme que me quiere. Obviamente, ya no se trata de barquitos de colegio sino de aquellas pequeñas tareas cotidianas en las que él considera –no sin razón– que si yo intervengo no van a quedar bien.

Cuando me mudé a mi departamento mi padre se presentó en la puerta con su taladro para hacer todos las perforaciones necesarias para cuadros y muebles. Sin embargo, no pudo hacer nada pues no tenía yo entonces nada qua colgar o pegar en las paredes. Cuando luego de mucho tiempo compré unos cuadros le pedí prestado su taladro para colgarlos yo mismo. A él no le gusta prestar sus herramientas, pero a mí me las dio con la confianza de que no se las estropearía –o me perforaría una mano. Eso me agradó.

Cuando era un niño de colegio fueron muchas las veces en las que él me indicó cómo hacer las cosas. Me pedía que lo acompañara cuando reparaba su auto o cuando cambiaba un caño o revisaba una conexión eléctrica. Yo sólo lo miraba y le alcanzaba las herramientas desganadamente porque nunca pensé que tendría que dedicar tiempo a esos asuntos ‘menudos’ de la vida. A pesar de ello algo aprendí.

Ahora ya con más de 40 años comprendo que todas esas cosas que me enseñó fueron simplemente la forma de prepararme para la vida. Mi educación, mis valores, mis creencias se las debo a él y a mi madre; y quizás yo no pueda hacer barquitos para mi hijo –cuando lo tenga– pero estoy seguro que mi papá me ayudará a enseñarle a hacer uno mejor que el mío.

lunes, 10 de junio de 2013

Los anticuchos de la felicidad

Ahora que la comida es un símbolo de peruanidad y que estamos dispuestos a invertir una parte de nuestras vidas en interminables filas con tal de saborear a los ‘consagrados’, recuerdo una época de mi vida en la que la comida era increíblemente deliciosa y monopólicamente mía; sin colas y sin esperas.

Ese paraíso gastronómico existía hace unos 30 años en la azotea de la casa de mi tía en Huánuco. Mi madre, mi tía, mis dos primas y yo nos reuníamos –durante mis vacaciones de colegio, en el verano– en ese escondido lugar para saborear durante horas una innumerable cantidad de anticuchos que habían sido elaborados ‘desde cero’ por mi madre y mi tía. La preparación de esos manjares tomaba todo un día –de hecho se tenía que comenzar el día anterior– pero el resultado fueron unas deliciosas tardes que han quedado en mi memoria como una marca de felicidad difícil de superar.

La casa era antigua, de quincha y adobe, aunque la mitad trasera era de cemento. En esa parte, sobre una pequeña cocina, se había acondicionado una pequeña azotea que servía para airear las ropas recién lavadas y ofrecer descanso a Perico, el simpático perro de mi tía.

La preparación de los anticuchos comenzaba con una visita al mercado central de Huánuco. Ahí se conseguían los corazones de res –dos, para dejar satisfechos a todos– y los palitos para ensartar los generosos trozos que comeríamos. También ahí se conseguían los demás ingredientes necesarios para la elaborar la salsa en la que se dejarían los trozos de corazón de un día para otro –marinar, creo que es el término– y que adquirieran ese inolvidable sabor.

El día anterior se cortaban las piezas y se las dejaba reposar.

Al día siguiente, casi a la hora del almuerzo, comenzábamos a preparar los carbones. Teníamos una pequeña parrilla anticuchera como las que usaban las vendedoras ambulantes más sencillas. Con eso nos bastaba, sólo requeríamos poner a la brasa tres o cuatro ‘palitos’ a la vez, aunque la espera por que salieran los primeros era insoportable.

Me gustaba ayudar con el fuego. Con un pedazo de cartón ayudaba a avivar los carbones que alguien más –no recuerdo quién– había prendido. Mis ansias por comer se incrementaban cuando veía que mi tía o mi mamá subían con el enorme tazón blanco lleno de palitos; era como un puercoespín que iríamos desnudando a medida que avanzaba la tarde.

El olor a carbón se transformaba cuando colocábamos los primeros palitos. El aire de la azotea adquiría un embriagador aroma que hasta ahora relaciono con el ruido encantador que se producía cuando los primeros trozos de corazón tocaban la parrilla. Ese sonido y ese olor se unen a la imagen de mi mamá apretando los palitos, a la de la pequeña columna de humo que subía de ellos y a los primeros esfuerzos de mi mamá por darles más sabor con una artesanal brocha confeccionada con panca (las hojas que cubren la mazorca de maíz) que antes había remojado en el líquido de marinado. El aceite que lo componía ocasionaba que, junto con el humo, se levantara ocasionalmente una pequeña llama amarilla. Era el principio de una de esas tardes.

Los primeros palitos eran para mí. Yo los tomaba y prácticamente los engullía mientras mis primas se reían por mi desesperación. Yo feliz.

Uno tras otro los palitos parecían pasar de la parrilla directamente a mi plato, y al de nadie más. Creo que en esos excesos me entretenía un momento hasta que me cansara de atragantarme; recién entonces las chicas comenzaban a disfrutar de sus palitos y me acompañaban en los gestos de satisfacción.

Con unas cuantas papas, que también colocábamos en la parrilla, completábamos el menú del día que, aunque simple, era absolutamente satisfactorio.

Ahora no recuerdo cuántas veces hicimos esto. Creo que no habrán pasado de tres veces –es decir, tres años– las ocasiones en que nos encerramos a disfrutar de estos momentos. Eran sólo para nosotros cinco y para nadie más. Y creo también que fueron de los mejores que viví durante mi niñez porque hasta ahora los recuerdo vívidamente, como si hubieran ocurrido ayer.

En una ocasión alguien tocó el timbre de la casa, pero decidimos no abrir. A quien haya sido mis disculpas, pero ese momento era sólo para nosotros. Y para nadie más.

sábado, 8 de junio de 2013

Mi incursión en la política

Recuerdo que hace muchos años un pariente mío decidió postular a la alcaldía de mi distrito; bueno, en realidad lo postularon fruto de su participación en una reunión partidaria en la que él era el único vecino del distrito en el que vivía.

– ¿Quién vive ahí?, preguntó, de acuerdo a otro pariente mío que participó en la misma reunión partidaria, uno de los organizadores del evento.

Mi pariente levantó inocentemente su mano.

– Tú serás el candidato entonces, organiza tu comité de campaña; le dijeron, de acuerdo siempre al mismo otro pariente.

Obviamente su “comité de campaña” era un eufemismo para referirse a los parientes y amigos que aceptaran ayudarlo en la empresa electoral. Uno de los cuales fui yo.

Mi participación fue básicamente anímica hasta bien entrada la campaña. De hecho, fue mi hermano, diestro en la confección de carteles, el que me iba poniendo al tanto de los avances de nuestro pariente.

Nuestro candidato era optimista. El alcalde de ese entonces era un acciopopulista que no había realizado una gestión que se podría considerar exitosa. El distrito no se encontraba en su mejor momento y eso abonaba a la posibilidad de ganarle en la contienda electoral.

Mi hermano me contó que con los pocos recursos con los que se contaba organizaron caminatas en las que mi pariente se acercaba a los transeúntes y les daba la mano y les indicaba los lineamientos básicos de su plan de trabajo para la municipalidad. Otro de mis parientes, bastante conocedor de los vecinos del distrito, lo acompañaba para “presentarlo” cuando se topaba con un grupo que conociera.

Todos fueron destinatarios de sus saludos, incluso aquellos desfavorecidos que pasaban las noches libando algún licor en las calles del distrito tuvieron la oportunidad de estrechar la mano del candidato.

Mi hermano me contaba que todo iba viento en popa. El alcalde evidentemente gastaba todos sus recursos para renovar su mandato pero al conversar con los vecinos se notaba un descontento hacia él. Era la oportunidad de destronarlo aprovechando las debilidades de su gestión. Además, me contaba mi hermano, la candidatura de nuestro pariente parecía haber pegado, las sonrisas se multiplicaban entre los vecinos y los apretones de mano se veían sinceros.

Las caminatas, el único recurso al que se podía acudir entonces, parecían estar funcionando, los vecinos respondían positivamente cuando se les preguntaba si estaban dispuestos a votar por nuestro pariente.

“Creo que podemos ganar”, recuerdo que me dijo mi hermano. Su entusiasmo se me contagió, debo confesar. Y ¿por qué no? Mi pariente era un profesional exitoso y conocido en el distrito y el distrito era pequeño, las caminatas lo habían acercado a los vecinos que lo conocían pero también a los que no conocían su trayectoria. Era factible el triunfo electoral, pensaba.

Cuando ya se acercaba la fecha de las elecciones había que hacer un último esfuerzo, así que decidimos colocar todos los afiches que se pudiera en el distrito.

Mi tío le tomó una serie de fotos y de entre ellas se escogió aquella en la que nuestro pariente se mostraba triunfador, con los brazos en alto, como un jugador que acaba de meter un gol en la final del mundial. Su mirada hacia arriba lo asemejaba a un profeta que conversaba con Dios. Sin duda, era LA FOTO.

Los afiches se confeccionaron rápidamente y se decidió colocarlos en una de las madrugadas más próximas a las elecciones.

Mi apoyo ya no podía seguir siendo anímico, tenía que ‘poner el hombro’.

Llegué a la oficina de campaña –la casa de un primo– una madrugada junto con mi hermano. Ahí nos encontramos con el resto del comando de campaña que básicamente estaba conformado por los parientes que vivíamos por los alrededores, más dos jovencitos que se contrató con el exiguo presupuesto de campaña.

Nos apertrechamos con una buena cantidad de afiches y nos repartimos el distrito. Las zonas más alejadas se las dejamos a los chicos, nosotros –los voluntarios– tomamos las cercanías.

Pegamento y afiches, esa era todo nuestro capital electoral entonces, y muchas ganas de ayudar al candidato.

Empezamos el recorrido y colocamos los afiches en cuanto espacio virgen pudimos divisar. Algunos otros candidatos ya habían pegado sus fotos en algunas zonas pero, en verdad, habían dejado suficiente espacio como para terminar de apuntalar la candidatura del partido –cuyo nombre no recuerdo en estos momentos.

Pegamos y pegamos afiches durante una hora y nos sentíamos optimistas por el posible resultado que veríamos en unos días. Yo no lo sabía entonces pero casi fui inscrito como candidato a regidor de la lista, acompañando a mi pariente; sin embargo, el desconocimiento de mi número de libreta electoral –en esa época no había DNI– por parte del representante de la lista al momento de la inscripción me privó de ese privilegio.

Recuerdo que casi al final de nuestra jornada una anciana salió de su casa a divisar nuestro trabajo y a vigilar que no pegáramos nada en su muro. Sin embargo, su esfuerzo fue en vano.

Detrás nuestro escuchamos un rumor de autos y personas; por una de las calles iban apareciendo luces y voces en cantidades que no creíamos posibles. Un verdadero ejército de hombres y mujeres transportados en camionetas y autos comenzó a empapelar prácticamente toda la calle en la que nos encontrábamos.

Nos quedamos quietos, la anciana también se quedó quieta, estábamos impávidos al ver cómo el rostro del actual alcalde se multiplicaba hasta el infinito en todas las paredes de la cuadra. La faz de nuestro candidato, quedó oculta bajo una capa de afiches que nunca imaginé ver en mi vida. Era la obra de una maquinaria bien aceitada que funcionaba como un reloj suizo de la publicidad política callejera.

Luego de cambiarle la faz a la cuadra pasaban a la siguiente y así con todas las cuadras que nuestra vista alcanzaba a observar en aquella noche. Cuando ellos se fueron seguíamos quietos junto a la anciana que no atinó sino a entrar, derrotada, nuevamente a su casa. El alcalde nos observaba sonriente desde todos los muros de la calle, se seguía riendo cuando nos fuimos del lugar.

A pesar de ello seguíamos optimistas. Toda esa cantidad de papeles podía haber enterrado nuestro esfuerzo de madrugada pero no sería suficiente para hacer olvidar a los vecinos todas las caminatas que mi pariente dio por el distrito abrazando señoras, dando la mano a los hombres trabajadores del lugar y –seguramente– besando niños.

– Debemos estar segundos o primeros, creo que podemos ganar; me dijo mi hermano. Él no se basaba en ningún estudio de mercado, su instinto político le decía que los esfuerzos propagandísticos del alcalde no serían suficientes para vencer al cariño que los vecinos habían demostrado hacia nuestro pariente.

Cuando llegó el día de las elecciones ganó el candidato de Ricardo Belmont*. Nadie lo conocía –porque no había hecho campaña– pero igual ganó.


* Ese año Ricardo Belmont ganó la alcaldía provincial y muchas de las distritales, incluso en los distritos en los que no había presentado candidato. Cosas del electorado peruano.

viernes, 29 de marzo de 2013

Semana Santa

Cuando vi pasar la procesión frente a mi casa no me atreví a salir. Había mucha gente, era de noche y a los pocos años que tenía entonces sólo me quedó observar por la ventana. Cristo se veía agonizante, adolorido y los rostros de mis vecinos –de mis vecinas, especialmente– denotaban algo de tristeza. Creo que no entendía la devoción o al menos no sabía cómo encontrarla en esos rostros tristes.

No entendía tampoco porque habían matado a Jesús. Después de todo, no hizo nada malo, de acuerdo a todas las películas que había visto entonces. Jesús era el héroe que ofrendaba su vida por nosotros, pero yo no entendía porqué. Si hubiese muerto sacando del fuego a alguien, o hubiese cambiado su vida a cambio de que los romanos no mataran a los judíos lo hubiese entendido más fácilmente. Pero nadie me explicó.

Sólo cuando crecí y –hay que decir la verdad– me lo explicaron unos amigos evangélicos, comprendí el algo intrincado mecanismo que hacía que su muerte nos salvara. Entonces lo comprendí, y también entendí porqué no me habían explicado nada de chico: no lo hubiera entendido.


Pero no sé si todos lo entienden, y no sé tampoco si es necesario que todos tengan un entendimiento teológico de lo que Jesús hizo. Yo lo necesitaba, pero mi mamá, por ejemplo, no. Ella simplemente cree y siento que en realidad ese es el mejor tipo de fe, quizás sea el único.

“Yo te creo si tú me dices algo”, me dice con sencillez mi mamá cuando conversamos sobre ‘religión’. Sí, quizás ella me crea todo lo que le digo pero estoy seguro que lo que yo pueda demostrarle no le movería ni un milímetro su fe.

Creo que debe ser bueno tener fe. Sobre todo en Dios.

martes, 26 de marzo de 2013

La leva

Recuerdo que me encontraba en un autobús rumbo a Huacho por la carretera Panamericana para una reunión. Iba con unos amigos de la universidad cuando repentinamente sentimos que el bus se había detenido, luego de unos instantes unos soldados ingresaron al bus y mirando a los rostros me escogieron a mí y a otro chico. “Bajen”, nos dijeron.

El que daba las órdenes aparentemente era un sargento, o algo así, y sin esperar ninguna respuesta se bajó del bus esperando que lo siguiéramos. Cuando bajé me acerqué a uno de los soldados, el que más ‘cara de buena gente’ tenía y le pregunté qué podía hacer. “¿Tienes un documento o algo de que hayas hecho servicio?”, me preguntó. “Sí”, le dije, y volví a subir al bus para buscar en mi maleta mi libreta militar.

En Lima ‘algo’ me dijo que sería mejor llevarla ‘por si acaso’ y por ello la tenía conmigo cuando nos detuvieron. Bajé con mi libreta de la Marina en la que decía “Reserva Disponible” –había ingresado a la PUCP, así que por ello me exoneraron– y se la mostré al sargento.

“¿Eres de la Marina?”. “Si”, le contesté. Supongo que el sargento meditó que si levaba para el Ejército a alguien que ya era de la Marina podría tener problemas, así que me dejó ir.

Luego volteó hacia el otro chico que se veía asustado y le preguntó si tenía papeles. “No, tengo 17, recién me voy a inscribir”, le dijo. “Te vienes con nosotros”, le dijo el sargento, y se lo llevaron a un camión portatropas que estaba estacionado a un lado de la carretera.

Quería ayudar al otro chico pero no sabía cómo, así que lo único que se me ocurrió fue subir de nuevo al bus y buscar un lapicero y un papel para pedirle al chico un teléfono al cual llamar apenas y llegue a Huacho. Suponía que alguien lo estaría esperando y que al saber que lo había levado el Ejército al menos sabría dónde buscarlo.

Pero cuando bajé el camión ya se había ido.

No creo en el servicio militar obligatorio sino en uno voluntario. Un servicio que atraiga a los chicos por las prestaciones y ventajas que pueda obtener, y no atemorice por los abusos que puedan sufrir los conscriptos.

sábado, 7 de julio de 2012

A mis profes

Recuerdo que durante una clase de literatura en el colegio mi profesor se ufanó de haber tenido de maestros a los más destacados literatos que podíamos mencionar. Mis compañeros comenzaron a lanzar nombres y mi profesor nos decía el curso que había llevado con él en la universidad. Yo no pude resistir el reto y pregunté por uno de los ‘maestros de maestros’: LAS.

“¿Luis Alberto?”, le pregunté. No fue necesario que dijera Sánchez, su apellido sobraba en el contexto de la conversación. Mi profesor me indicó el curso que había disfrutado con el maestro y entonces comencé a pensar cómo habría sido llevar una clase con LAS. Todo un semestre con el maestro.

En otra clase recuerdo que mi profesor de Historia dejaba a un lado el libro de texto que nos indicaba el colegio y cargaba bajo uno de sus brazos un conjunto de obras que tenía marcadas con papelitos. Las abría y nos pasaba a leer un párrafo o dos de “Los Doce Césares” o nos mostraba una foto antigua del jirón de la Unión llena de banderas extranjeras en los balcones y tomado por la tropas chilenas que ya habían entrado a Lima, durante la Guerra del Pacífico. “Nadie era peruano en ese momento en el jirón de La Unión”, recuerdo que nos dijo.


Incluso ese mismo profesor le tocó el curso más ‘hueso’ que podría tener que enseñar alguien en un colegio: Educación Cívica. De mis experiencias anteriores  esperaba que el curso se desarrollara como unos inacabables 45 minutos en los que nos volverían a repetir el origen de la bandera, de la escarapela o del himno. Y a decirnos que la familia es la célula básica de la sociedad.

El primer día de Educación Cívica volví a ver al profesor llevando su cúmulo de libros bajo el brazo. Y nos comenzó a leer, de una manera ya habitual en sus cursos de historia, los orígenes de los conceptos cívicos que otros nos enseñaban ‘de paporreta’. Me maravillé cuando comprendí que esas ‘cosas’ que nos enseñaban sobre el estado, la nación y la familia tenían un sustento más elaborado y preciso del que hasta entonces les conocía. Mi profesor no me falló, me enseñó.

Si hasta ahora recuerdo estos episodios es porque ellos los hicieron importantes para mí. Recordar una clase de hace 25 años no es sencillo pero rescato el valor que le puede dar un buen profesor al tema más modesto que pueda encontrarse en el colegio.

Y luego fue mi turno de pasar por la universidad. Llevé la clase de historia del Perú con José Antonio del Busto y no la aprobé. La segunda vez me volví  a inscribir con él, a pesar de que tenía la oportunidad de inscribirme con el otro profesor –al ser más antiguo si llegué a alcanzar esa matrícula– pero preferí ‘sacarme el clavo’. Fue en esos momentos una decisión llevada más por la terquedad que por el reconocimiento de estar ante un Maestro. De eso me di cuenta después.

Él me hizo leer “Francisco Pizarro: el marques gobernador” y otros de sus libros, me hizo visitar el museo de historia y me pidió en un examen que le describiera lo que vi en esa visita. Cierto, sus exámenes descansaban mucho en la capacidad de recordar libros o visitas a museos, pero sus clases eran una viaje al Perú antiguo. Era como estar ante un relator de cuentos. Eso también lo recuerdo claramente.

Ahora, entiendo que una parte de lo que soy y de lo que pienso se lo debo a estos Maestros. Y doy gracias por haberlos conocido y haber sido uno de sus afortunados alumnos.

jueves, 5 de abril de 2012

Recuerdos del 5 de abril

Debo confesar algo, si una encuestadora me hubiera preguntado hace 20 años si apoyaba el cierre del Congreso, habría dicho que sí.

Tenía 20 años y quería que las cosas se hicieran rápido. Dos cámaras legislativas (diputados y senadores) me parecían excesivas para la velocidad que se debería imprimir al cambio del país. Lo mejor era hacer las cosas ejecutivamente, sin tantas charlas y discursos rimbombantes.

En la universidad, la PUCP, había sido testigo también del descrédito que implicaba estar relacionado a un partido político. Recién ingresado asistí a unas elecciones estudiantiles en donde una de las peores acusaciones que podía recibir una agrupación era la de estar ligado a un partido político. La izquierda nunca se presentó en mi salón de clases, y el ARE (representante en las universidades del APRA) estaba conformada por tres felinos.

La desaparición de los partidos políticos me parecía entonces una justa consecuencia por el desastre que habían provocado en los años 80 (hiperinflación y crecimiento del terrorismo, principalmente). No merecían nada, ni siquiera que los defendiéramos cuando les cerraron la 'chamba' y los reprimían con varazos, golpes y chorros de agua.

Sin darme cuenta -o quizás sí, pero no me importaba- había dejado de creer en los partidos, en los políticos y en la forma en que se nos había presentado la democracia.

Me equivoqué.

Tarde unos meses en darme cuenta del error. Como alguien -que no recuerdo- dijo alguna vez "la democracia no es perfecta, pero es la forma menos mala de gobernar un país", o algo así.

Lo que vivimos entonces no fue la destrucción de los partidos sino de la democracia. Y lo que me había pasado fue que había caído en el camino fácil de creer que una autocracia nos podría resolver los problemas.

Ciertamente, se resolvieron algunos problemas (economía, terrorismo) pero se exacerbaron otros (corrupción, intolerancia) pero al costo de hacernos creer que la democracía es una forma inferior de vida. Cuando en realidad es todo lo contrario.

La democracia no es sencilla pues implica el respeto a la opinión del otro y la resolución de los problemas teniendo en cuenta estas diferencias. Lo más sencillo es pasar por sobre los otros para finiquitar un tema, para 'resolver' una cuestión, pero la experiencia nos ha mostrado que si hacemos las cosas 'al caballazo' luego tendremos que reparar los daños.

Lo mejor es trabajar en democracia, con respeto a la ley pero sobre todo a los demás, incluyendo su forma de pensar.

Ahora entiendo que esas personas que se enfrentaron a los policias y militares de entonces (lastimosamente, siguiendo órdenes equivocadas) no estaban defendiendo su 'chamba' sino una forma de sociedad mejor. Ciertamente, con muchas fallas que se deben resolver, pero mejor al fin y al cabo.

Lo que me queda claro de ese 5 de abril es que uno puede equivocarse pero es peor mantenerse en el error.

jueves, 21 de abril de 2011

Simplemente Cindy

No quiero escribir de política. Al menos no por lo pronto. Quiero escribir sobre Cindy, aquella rubia cachetona que conocí hace décadas y cuyo recuerdo me transporta a mis años de inocente felicidad adolescente.

Tenía pinta de 'loca', y quizás lo era un poco. Pero igual me gustaba. Sus cabellos rubios teñidos de rojo y azul me maravillaban y sus ropas que parecían no guardar un orden o lógica me fascinaban. Pero ¿cómo le puede gustar a alguien como yo una 'loca' como Cindy? Quizás fue precisamente eso, lo diferente en ella, lo que me atrajo, junto con esos maravillosos ojos achinados.

Años después confieso que la tenía en el olvido. Era parte de mi agradable pasado que, de vez en cuando, viene a mí gracias a algún suceso extraordinario. Me arrepiento de haberla abandonado.

Pero, navegando, tonteando por ahí, la encontré de nuevo. Jóven como en aquellos años en que la conocí y con toda esa agradable personalidad que me hizo desear ser también un poco 'loco' como ella.

Al oir nuevamente su voz volví a esos años de apagones, de hiperinflación, pero también de Cindy. Verla junto al Capitán Albano, a Nikolai Volkoff y a otros personajes que acompañaron esos maravillosos años me hizo recordar que a pesar de que el país era un desastre podíamos escaparnos a lugares remotos, a buscar tesoros, a cantar como estrellas de rock, y a sentir que estabas en el mejor lugar del mundo cuando te sentabas en una butaca de cine, frente a la tele o al lado de la radio.

La oí cantar y volví a sentirme como un adolescente tonto, soñando con lo inalcanzable.



Pero los años pasan.

Ahora Cindy es una "tía regia", y sigue cantando con esa preciosa voz que hipnotiza. La encontré nuevamente en Argentina, gracias a YouTube, y al verla me convencí que las chicas bonitas, con el tiempo, se convierten en mujeres bellas.

Y sigue siendo maravillosa.

sábado, 28 de agosto de 2010

Historia de hostales

Fue una noche Año Nuevo cuando se produjo mi primera historia de hostales y me di cuenta del poder de estos establecimientos. Mis padres y yo regresábamos en el auto a casa luego de haber recibido las celebraciones con los abuelos. En el camino notamos que una de las llantas se comenzaba a bajar así que buscamos inmediatamente un grifo con un 'llantero' que nos pudiera solucionar el problema. Afortunadamente, encontramos uno que decidió recibir el año trabajando en la madrugada del 1 de enero.

Nos estacionamos y comenzó su trabajo. Mi madre y yo nos quedamos dentro del auto mientras mi padre salió para observar al llantero hundir la cámara del neumático, recién inflada, en un cilindro con agua para determinar el número de agujeros, y el precio del servicio.

La 'llantería' quedaba frente a un hostal así que al estacionarnos ahí quedamos perfectamente situados para observar el ingreso de los clientes. Conversaba con mi madre -no recuerdo sobre qué- pero en realidad mi mente contaba el número de parejas que entraban y salían del establecimiento. Ya la cifra de parejas que usaron estas instalaciones aquella noche ha escapado de mi memoria, pero sí me queda el recuerdo de que fueron muchas, y que la 'rotación' de clientes en estos lugares era muy alta. Al menos lo fue en esa noche.

Ya en la universidad se produjo mi segunda historia de hostal. Me encontraba con una amiga caminando por el centro de Lima, conversando sobre diversos asuntos, cuando nos dimos cuenta de la gran cantidad de hostales que había por esa zona y nos sorprendimos de lo poco que cobraban por sus servicios. Recuerdo que la mayoría de los hostales que vimos iniciaban sus tarifarios desde los 10 soles y nos pusimos entonces a conversar sobre el asunto. 10 soles era barato, pero yo le decía a mi amiga que yo había visto incluso precios más económicos: 8 soles. «No puede ser», me dijo ella. Pero yo insistía en que sí, que había locales que llegaban a esos precios. Ella simplemente no me creyó, así que cambiamos nuestra conversación hacia otro tema.

Seguimos caminando por el Centro cuando de pronto vi colgado en la puerta de un hostal un pequeño letrero que decía algo así como: "Habitación 8 soles". Ahí estaba frente a mí la prueba de que sí había locales más baratos que los 10 soles que habíamos visto antes. Pero lamentablemente no se me ocurrió mejor idea para señalar la certeza de mi afirmación anterior a mi amiga que decirle, supongo que en voz muy alta: «¡Ves, te dije que había hostal de 8 soles!».

Por un momento olvidé que estábamos en la calle, rodeados de muchas personas que podrían malinterpretar mis palabras. Mi amiga casi estiró los ojos por la sorpresa -y el roche, supongo- y me dijo «¡cállate!», «Pero mira pues, 8 soles, como te dije», «¡CÁLLATE!». Y recién ahí caí en la cuenta que la gente nos miraba y que seguramente nos estaba empezando a catalogar como a un par de misios.

La tercera historia de hostales se produjo en Magdalena. Había convenido con un par de amigas almorzar en una trattoria nueva para ellas, así que a la hora del almuerzo nos dirigimos hacia allá. Detuvimos un taxi y le indiqué al taxista el lugar al que íbamos. En el camino, ellas en los asientos de atrás y yo en el del copiloto, conversamos sobre el trabajo y sobre lo que nos pasaba en esos momentos. Ya cuando estábamos cerca le dije al conductor que volteara en U al final de la verma central y nos dejara ahí. «¡¿Ahí señor?!», «Sí», le respondí buscando el dinero y sin darme cuenta el motivo de su emoción. No había notado que el "ahí" del taxista era el hostal que quedaba al costado de la trattoria en la que pensábamos comer y que su emoción se debía a que seguramente imaginaba que yo era algo así como el afortunado que se sacó la lotería del sexo.

No era para menos. Mis dos amigas, altas y guapas, no lo sacaron de su error, y por el contrario una de ellas remató el momento con mucha picardía: «¿De nuevo en el mismo hostal? Supongo que ahora si haz traído la cámara para tomar fotos». Yo me reí y lo mismo hizo la otra amiga. El taxista, en cambio, creo que quería darme la mano para felicitarme.

Los que saben de trattorias seguro saben a qué lugar me refiero; supongo que los entendidos en hostales también.

lunes, 12 de julio de 2010

La esquina


Fue una de esas madrugadas en las que escribía mis artículos que salí a la puerta de mi casa y tomé esta foto. Entonces vivía aún en el departamento de Breña en el que pasé más de 20 años de mi vida. La foto la tomé con mi entrañable Nokia 7610 y ahora me trae recuerdos de una prolongada y, gracias a Dios, muchas veces feliz época de mi vida. Extraño los momentos que viví en esa casa con mis padres, y las madrugadas laborales, escribiendo el “Central” para la revista. Fueron buenos momentos.

jueves, 24 de junio de 2010

No fuimos muy distintos

Hace unos días una amiga publicó en su blog un post que recordaba una vieja canción. Era «El Gallinero» de Ramirez, con un ritmo que me hizo recordar que nosotros hace unos 20 años, más o menos, también bailábamos música que nuestros padres consideraban 'rara'.

La verdad me puse a navegar en el YouTube tratando de recordar las 'rarezas' que escuchaba cuando estudiaba en la universidad y me di cuenta que mi juventud no solo estuvo llena de pop como el de Roxette, Phil Collins, Michael Jackson y otros similares, sino que también estuvo llena de ritmos que no se alejan mucho del regaetton que ahora le escucho a los chibolos.

Si, claro, hay distancias, pero si se ponen a escuchar canciones como La Kabra de los Farm Lopez o Get Up de Technotronic se darán cuenta que tan lejos no estábamos. Por su puesto, eran en inglés o en español de España, y no recuerdo que haya habido referentes locales -en realidad, no sé si hubo- que trataran de imitarlos.

Solo recuerdo que bailábamos y que la letra de las canciones que entendíamos o no nos movían los pies y nos ubicaban en ese estado de éxtasis -sin ayuda química- puro que solo te puede dar una canción que te encanta, que hace posesión de tu cuerpo durante unos instantes enfermizos, que te hace dejar de lado el roche (no importaba si bailabas bien o mal, sino que te movieras) y que te dejaba en paz luego de media hora de movimientos ininterrupidos (¿se acuerdan lo que duraban las mezclas llamadas «Maquina Total 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, etc.?).

Fueron buenos días, y espero algún día tener ocasión para poner estas viejas canciones para ver quien de mis amigos se anima a sacar a su señora a recordar tiempos pasados. Por lo pronto los dejo con una de Technotronic y la famosísima Kabra (versión censurada, para no herir susceptibilidades, y porque fue la única que encontré).

GET UP


LA KABRA

viernes, 7 de mayo de 2010

Durmiente corporativo

El trabajo periodístico te puede traer muchas alegrías y penas, y algunas situaciones que se encuentran en medio de ellas. Las situaciones de este tipo no son pocas en nuestra actividad y creo que bien vale la pena recordar algunas. A continuación un caso que me hizo cuestionarme si una pregunta que hice fue muy aburrida.

Una siesta.
Bueno, era una tarde luego del almuerzo. Creo que eran las 3 pm, un momento complicado para dar una entrevista ya que las personas se encuentran amodorradas por la comida. Además creo recordar que ese era un día de primavera u otoño, pues la tarde era tibia y perfecta como para completar un escenario somnífero.

Había acordado, hace un tiempo cuando trabajaba en la revista, una reunión con un gerente de una conocida empresa. Llegué puntual y subí a las oficina de mi entrevistado -cuya identidad obviamente no voy a mencionar- para realizar una entrevista sobre un tema que ya no recuerdo. La secretaria me recibió amablemente y me hizo pasar a la amplia oficina del gerente. Era elegante y contaba con unos sillones de cuero en los que uno se podía arrellanar cómodamente.


Luego del ritual del intercambio de tarjetas y de explicarle la entrevista comenzamos con las preguntas. El gerente, algo mayor, contestaba con seguridad, aunque me preocupaba un poco su apatía. Creo que estaba cansado. Su falta de energía no la relacionaba con un desgano por la entrevista sino con un auténtico estado de amodorramiento debido al cansancio, al almuerzo, a la hora, y a lo cómodo de los sillones.

Mi tercera pregunta fue al punto de la entrevista. Él se acomodó y comenzó a responderme. Pero poco a poco sentí que su voz se apagaba, que sus ojos se cerraban y que se acomodaba mejor en su sillón.

A mitad de su respuesta, y mientras él estaba hablando, dejó de moverse y de hablar. Su cabeza cayó lentamente hacia adelante y me di cuenta que mi entrevistado se había quedado dormido a la mitad de su respuesta.

No sabía qué hacer.

¿Lo despertaba? ¿Llamaba a la secretaria para que lo despertara? "Señor XXX"... lo llamé, pero nada. "Señor XXX". Nada.

Cuando ya me estaba levantando para ver cómo despertarlo volvió a abrir los ojos. "¿En qué me quedé?", me preguntó. "Me estaba diciendo que...". "Ah, si. Como le decía...", y continuó con su respuesta como si nada hubiera ocurrido. Yo tampoco le mencioné nada.

La entrevista concluyó y no dijo nada de la siestita. Tampoco quise tocar el tema.

Salí de a oficina, le di las gracias a la secretaria, bajé a la calle y me fui preguntándome si esto me volvería a pasar algún día, o si debía evitar las entrevistas a las 3 de la tarde. Gracias a Dios, no me ha vuelto a pasar.

Bueno, por lo menos no de esa forma.

domingo, 31 de mayo de 2009

La mejor música del mundo

Los domingos tienen una extraña particularidad: me ponen nostálgico. Navegando por Internet me di cuenta que lo que yo consideraba buena música difícilmente se encuentra ahora en la cabeza de un chico de colegio. Realmente no sé que escuchan ahora, ni tengo mucho tiempo para escuchar la radio. Supongo que lo más cercano que hago a una actualización musical es escuchar de vez en cuando Studio 92, si es que por casualidad me topo con la estación.

Ahora generalmente escucho RPP y CPN, puras noticias. En la televisión ya no reviso los canales musicales sino que mis favoritos son History, Discovery y NatGeo. David, mi jefe, dice que tengo los mismos gustos televisivos que su padre, es decir, que televisivamente hablando soy más viejo que él. Probablemente.

Recuerdo cuando en los años 80 mi padre me podía preguntar quien era el artista que se encontraba más alto en el ranking musical y yo le repreguntaba «¿Aquí o en Estados Unidos? Por que los rankings difieren un poco, aunque básicamente son bastante parecidos». Mi padre se asombraba. Ahora yo soy el que se asombra. En ese tiempo fácilmente se me venían a la mente nombres como Madonna, A-ha, Tears for Fears, Van Hallen, Poison, Guns and Roses, Michael Jackson, y un largo etcétera.

Ahora si me preguntan me siguen llegando a la mente esos mismos nombres. Como si siguieran dominando los rankings.

Alguien dijo alguna vez que la mejor música del mundo es la que escuchaste cuando estabas en el colegio, o inicios de la universidad. Creo que es cierto. Sigo tarareando esas viejas canciones, sigo recordando a esos viejos rockeros que ahora, con suerte, se dan una vuelta por Lima para recordar viejos tiempos.

Con un poco de orgullo me pregunto si dentro de 20 años los actuales ídolos de los chicos tendrán la misma "vigencia" para hacer un concierto y llenar el Estadio Nacional. Creo que no, pero puedo equivocarme.

No hay nada mejor que un domingo por la noche para ponerse nostálgico y revisar Internet buscando recordar nombres. Aqui les dejo los que llegaron a los 50 primeros puestos de 1988, mi último año en el colegio Claretiano ("Salve colegio Claretiano...", aun me acuerdo del himno que canté durante 11 años).

1. Need You Tonight, INXS
2.
Look Away, Chicago
3. "Roll With It," Steve Winwood
4. "Every Rose Has Its Thorn," Poison
5. "Got My Mind Set On You," George Harrison
6. "So Emotional," Whitney Houston
7. "Seasons Change," Expose
8. "Baby I Love Your Way/Freebird Medley," Will to Power
9. "Could've Been," Tiffany
10. "Never Gonna Give You Up," Rick Astley
11. "Sweet Child Of Mine," Guns 'n' Roses
12. "Get Outta My Dreams, Get Into My Car," Billy Ocean
13. "The Flame," Cheap Trick
14."Giving You The Best That I Got," Anita Baker
15. "Waiting For A Star To Fall," Boy Meets Girl
16. "Hands To Heaven," Breathe
17. "How Can I Fall?" Breathe
18. "Anything For You," Gloria Estefan & Miami Sound Machine
19. "Wishing Well," Terence Trent D'Arby
 

20. "Hungry Eyes," Eric Carmen
21. "Wild, Wild West," Escape Club
22. "Hold On To The Nights," Richard Marx
23. "Man In The Mirror," Michael Jackson
24. "Love Bites," Def Leppard
25. "Where Do Broken Hearts Go," Whitney Houston
26. "One More Try," George Michael
27. "Groovy Kind Of Love," Phil Collins
28. "Father Figure," George Michael
29. "Bad Medicine," Bon Jovi
30. "Don't Worry Be Happy," Bobby McFerrin
31. "Devil Inside," INXS
32. "Pour Some Sugar On Me," Def Leppard
33. "Simply Irresistible," Robert Palmer
34. "Hazy Shade Of Winter," Bangles
35. "I'll Always Love You," Taylor Dayne
36. "Endless Summer Nights," Richard Marx
37. "Naughty Girls (Need Love Too)," Samantha Fox
38. "Angel," Aerosmith
39. "The Way You Make Me Feel," Michael Jackson
40. "Foolish Beat," Debbie Gibson
41. "Tell It To My Heart," Taylor Dayne
42. "Red Red Wine," UB40
43. "Together Forever," Rick Astley
 

44. "Kokomo," Beach Boys
45. "Monkey," George Michael
46. "Shattered Dreams," Johnny Hates Jazz
47. "I Don't Wanna Go On With You Like That," Elton John
48. "Make Me Lose Control," Eric Carmen
49. "She's Like The Wind," Patrick Swayze & Wendy Fraser
50. "Make It Real," The Jets

martes, 27 de enero de 2009

Año Nuevo

Otro de los eventos recordables del año pasado fue el fin de éste. No sé si cuando niño de milagro me salvé de no dañarme al haber reventado tantos cohetes, cohetones, volcanes y demás explosivos que mi padre me compraba faltando 15 minutos para las 12 de la noche, pero lo que sí recuerdo era que me divertía mucho. Al ver cómo jugaron los chicos en el barrio de Liliana, el último 31 de diciembre, recordé por un tiempo que yo también hacia eso: hacer estallar cosas (la tetera de mi abuela, por ejemplo), prender fuego al muñeco del año viejo, lanzar "silbadores" a la calle, etc.

Ahora sabemos que es demasiado riesgoso enseñar a nuestros hijos aquello que nuestros padres nos mostraron como jugando. Son otros tiempos, pero por unos minutos el olor a pólvora, el sonido de las explosiones y las luces me hicieron recordar los viejos tiempos.


Año nuevo en la casa de Liliana

viernes, 23 de enero de 2009

Recuerdos 2008

Este es un video del concierto de R.E.M. y Travis al que fui con el Astuqui y unos amigos suyos. Sin duda, fue uno de los eventos recordables del año pasado y para muestra basta un botón, o en este caso un videito de celular. Al verlo recuerdo que debo comprarme un teléfono con mejores prestaciones de video, pero bueno eso ya será para el futuro.

Durante un descanso del concierto de R.E.M. y Travis.

jueves, 8 de mayo de 2008

Adios Montecarlo

Recibí una nota de prensa en la que se invita a las personas a la última función que se desarrollará en el Teatro Montecarlo... sí, ese al que Osvaldo Cattone siempre nos invitaba (osea, por televisión, claro) a ver sus obras. Una pena, realmente...




* * *


Nota de Prensa

ESTRENO DE ESPECTACULO MUSICAL "BIENVENIDOS A LOS 60´S"
Basado en el musical Hairspray

Teatro Montecarlo será demolido después de 60 años de historia y se despide un Musical




Este espectáculo cuenta con las actuaciones estelares de primerísimos actores como Yvonne Frayssinet, Nicolás Fantinato, Tatiana Espinoza, el consagrado cantante Fernando Llosa y un nutrido elenco de 35 artistas en escena.

El espectáculo cuenta con una magnífica banda musical y todos los temas musicales serán tocados e interpretados en vivo, a la altura de los mejores espectáculos de Broadway.

El musical será presentado desde el jueves 22 de mayo hasta el domingo 1ro. de junio en las instalaciones del Teatro Montecarlo de Miraflores, en 8 únicas presentaciones.

Las entradas están a la venta en Teleticket de Wong y Metro y en la boletería del teatro.

Con la puesta en escena de este musical, se cierra una maravillosa etapa del Cine y Teatro en el Perú, pues nuestro espectáculo será el último al que se podrá asistir en el Teatro Montecarlo de Miraflores, ya que este local ha sido vendido y será demolido. Son 60 años de historia que esta sala ha albergado, marcando un hito en la historia del teatro y son 60 años brindando entretenimiento a muchas generaciones. Muchas personas asistirán al Teatro Montecarlo por última vez, y será con la espectacular interpretación del elenco de lujo con el que contamos en "Bienvenidos a los 60's".