Traté de encontrar el recuerdo más significativo de mi madre, pero no pude. Es imposible resumir todo lo que ella ha hecho por mí –y sigue haciendo– en una sola imagen. Quizás lo más apropiado sea decir que ella siempre está ahí para mí, como siempre lo estuvo desde que tengo memoria.
Recuerdo que siempre la veía conversando con las otras madres mientras yo tomaba clases de karate, durante la tarde, en mis años de primaria. Recuerdo también que siempre se encontraba ahí cuando me enfermaba, cuando cumplía años o cuando simplemente quería llorar. Ella nunca estuvo ausente.
Sin embargo, nunca supe de la fuerza de su tenacidad sino hasta hace unos años cuando, no sé por qué, conversamos sobre las clases de karate que tomaba en las noches, lejos de mi casa, cuando la academia que funcionaba en mi colegio tuvo que cerrar.
Teníamos que transportarnos en la línea 9, unos microbuses de color blanco y negro que nos llevaban por la avenida Arequipa hasta un distrito que entonces me resultaba desconocido: Miraflores.
La academia quedaba en el sótano de un edificio que ahora no sabría reconocer. Ahí nos recibía un hombre ya entrado en años que fumaba sin parar. Él era también el que mensualmente cobraba los pagos a la academia. Yo entraba y mi mamá se quedaba afuera; dos horas después terminaba la clase, me cambiaba y salía a la recepción. Nunca falló, mi mamá siempre se encontraba ahí para hacer el viaje de retorno.
Llegábamos de vuelta a la casa a las 10 de la noche aproximadamente y teníamos que caminar unas cuadras desde el lugar en el que bajábamos del micro.
En ocasiones íbamos apretujados y ella sonreía cuando yo alzaba la vista para sentirme mejor. “Ya vamos a llegar”, me decía. Y aunque sabía que estábamos lejos, me sentía mejor.
Luego de avanzar algunos grados en el karate y cambiar el color de mi cinturón –llegué a verde con dos rayas rojas– también dejé esta academia, aunque entonces por motivos propios que no recuerdo. Quizás fue la flojera.
Cuando en una ocasión visité a mi madre en su departamento conversamos sobre estos tiempos y le pregunté a dónde iba luego de dejarme en la clase. “No me iba, me quedaba sentada ahí, esperándote”, me respondió.
– “¿Dos horas?”
– “Sí, dos horas”
Por muchos años pensé que ella salía a recorrer esas lindas calles que pocas veces podíamos visitar, que se daba un respiro de las cosas que tenía que hacer en la casa o que simplemente hacía “algo” además de quedarse sentada en una silla; pero no, ella se quedaba ahí, pendiente de mí.
Luego de saber esto recién reflexioné sobre lo que hacía cada día que me acompañaba a mis clases, y me di cuenta de todo el tiempo y energía que esta maravillosa mujer me ha regalado simplemente porque sí, porque soy su hijo, porque me quiere.
Y siento que cualquier esfuerzo que haga para reconocer ese amor es diminuto, siento que cualquier cosa que pueda hacer por ella es polvo en el viento en comparación a lo que ella me ha dado.
Sinceramente, doy gracias por la madre que tengo y espero que cada persona de este mundo haya recibido al menos algo del amor que mi mamá me ha regalado durante toda mi vida.
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domingo, 10 de mayo de 2015
viernes, 13 de junio de 2014
Cinco años en el nuevo trabajo
Es difícil creer que ya haya pasado media década. Aún recuerdo con claridad la ocasión en la que me propusieron cambiar de trabajo y yo acepté.
Era una cena de fin de año organizada por una compañía de impresoras. Había recibido la invitación días antes pero la hora a la que se había programado el agasajo no me agradaba, era durante la noche. En general, no me agrada aceptar invitaciones luego de las seis de la tarde pues considero que ese momento debo dedicarlo a la familia, a descansar, a la casa; todas las horas precedentes las puedo dedicar al trabajo pero me gusta disfrutar la noche desde el sofá de mi casa, viendo el contenido que otros han producido, dejando de hacer el mío. Cuando se puede.
Pero esa noche no se pudo. Mi jefe me había ‘convencido’ de la importancia de asistir a la cena, así que no puede evitar ir.
No recuerdo si en esos tiempos el tráfico ya era infernal en Lima. Simplemente llegué y me alisté para compartir un buen momento con los amigos, después de todo, en una cena de fin de año eso es lo que se espera. Rara vez se dedican estas reuniones al lanzamiento de un producto nuevo, frecuentemente nos reciben para darnos un breve resumen de lo que fue el año para la empresa que nos invita, pero nada más.
Así que con esa idea llegué al lugar.
Llegué al hotel y subí a la sala de reuniones donde se estaban reuniendo los invitados. Por obra del azar me senté junto a Franca, mi actual jefa. No fue nada planeado, simplemente llegué y el que se encontraba a su lado era uno de los pocos espacios disponibles, y quizás en ese momento juzgué que era el más cómodo.
Aunque sí debo confesar que había un antecedente.
Probablemente, un año antes ya sentía que debía ‘cambiar de ambiente’, por decirlo de alguna manera. Y dado que me había especializado en noticias tecnológicas creí que una buena opción era intentar pasar a una revista de ese tipo. Franca, entonces se encontraba trabajando como editora de una revista tecnológica y por ello le pregunté si podía pasar a su equipo.
Le escribí un correo electrónico y ella prontamente me respondió que acababa de contratar a alguien para un puesto que había quedado libre en la revista. ¡Lástima!
Pasaron los meses y me volví a encontrar con Franca, en la cena de fin de año de la que hablaba al inicio. Ella ya no trabajaba en la revista de la que fue editora.
Me senté a su lado y recuerdo que en algún momento de la reunión se inclinó hacia mí para preguntarme discretamente “¿Aún quieres trabajar conmigo?”. “Por supuesto”, le dije.
En ese momento no lo sabía pero Franca ya tenía avanzado el desarrollo de un portal de noticias sobre tecnologías de la información. Terminada la cena acordamos que luego me daría más detalles.
En una reunión posterior, en un café cerca de su casa, me mostró el portal y terminé de convencerme que era el momento de dejar la revista en la que había trabajado durante 12 años.
Era arriesgado. Era sólo un portal en Internet y, como todo medio, debía poder sustentarse en base a la publicidad; sin embargo, en esos tiempos la publicidad en Internet no era de las más abundantes.
Algunos amigos me lo dijeron y lo reiteraron en algunas conversaciones, era riesgoso. Pero igual me animó saber que Franca estaba detrás del proyecto y que, como siempre, todo lo tenía planeado. Confié en ella.
No me defraudó. Cinco años después el portal se encuentra muy bien posicionado y las empresas se han dado cuenta de la potencia de la publicidad en línea. CIO Perú es ahora mi nuevo hogar laboral aunque, claro, ya no debería decir ‘nuevo’ puesto que desde el 26 de mayo ya han pasado cinco años.
Pero es verdad, se han pasado ‘volando’.
Era una cena de fin de año organizada por una compañía de impresoras. Había recibido la invitación días antes pero la hora a la que se había programado el agasajo no me agradaba, era durante la noche. En general, no me agrada aceptar invitaciones luego de las seis de la tarde pues considero que ese momento debo dedicarlo a la familia, a descansar, a la casa; todas las horas precedentes las puedo dedicar al trabajo pero me gusta disfrutar la noche desde el sofá de mi casa, viendo el contenido que otros han producido, dejando de hacer el mío. Cuando se puede.
Pero esa noche no se pudo. Mi jefe me había ‘convencido’ de la importancia de asistir a la cena, así que no puede evitar ir.
No recuerdo si en esos tiempos el tráfico ya era infernal en Lima. Simplemente llegué y me alisté para compartir un buen momento con los amigos, después de todo, en una cena de fin de año eso es lo que se espera. Rara vez se dedican estas reuniones al lanzamiento de un producto nuevo, frecuentemente nos reciben para darnos un breve resumen de lo que fue el año para la empresa que nos invita, pero nada más.
Así que con esa idea llegué al lugar.
Llegué al hotel y subí a la sala de reuniones donde se estaban reuniendo los invitados. Por obra del azar me senté junto a Franca, mi actual jefa. No fue nada planeado, simplemente llegué y el que se encontraba a su lado era uno de los pocos espacios disponibles, y quizás en ese momento juzgué que era el más cómodo.
Aunque sí debo confesar que había un antecedente.
Probablemente, un año antes ya sentía que debía ‘cambiar de ambiente’, por decirlo de alguna manera. Y dado que me había especializado en noticias tecnológicas creí que una buena opción era intentar pasar a una revista de ese tipo. Franca, entonces se encontraba trabajando como editora de una revista tecnológica y por ello le pregunté si podía pasar a su equipo.
Le escribí un correo electrónico y ella prontamente me respondió que acababa de contratar a alguien para un puesto que había quedado libre en la revista. ¡Lástima!
Pasaron los meses y me volví a encontrar con Franca, en la cena de fin de año de la que hablaba al inicio. Ella ya no trabajaba en la revista de la que fue editora.
Me senté a su lado y recuerdo que en algún momento de la reunión se inclinó hacia mí para preguntarme discretamente “¿Aún quieres trabajar conmigo?”. “Por supuesto”, le dije.
En ese momento no lo sabía pero Franca ya tenía avanzado el desarrollo de un portal de noticias sobre tecnologías de la información. Terminada la cena acordamos que luego me daría más detalles.
En una reunión posterior, en un café cerca de su casa, me mostró el portal y terminé de convencerme que era el momento de dejar la revista en la que había trabajado durante 12 años.
Era arriesgado. Era sólo un portal en Internet y, como todo medio, debía poder sustentarse en base a la publicidad; sin embargo, en esos tiempos la publicidad en Internet no era de las más abundantes.
Algunos amigos me lo dijeron y lo reiteraron en algunas conversaciones, era riesgoso. Pero igual me animó saber que Franca estaba detrás del proyecto y que, como siempre, todo lo tenía planeado. Confié en ella.
No me defraudó. Cinco años después el portal se encuentra muy bien posicionado y las empresas se han dado cuenta de la potencia de la publicidad en línea. CIO Perú es ahora mi nuevo hogar laboral aunque, claro, ya no debería decir ‘nuevo’ puesto que desde el 26 de mayo ya han pasado cinco años.
Pero es verdad, se han pasado ‘volando’.
sábado, 19 de abril de 2014
Jesús fue intolerante
Dicen que la Semana Santa es un momento de reflexión, una semana para meditar sobre la cristiandad. Más allá de la forma en que muchas personas viven su fe –algo que, con el tiempo, he aprendido a respetar– prefiero tomarme en serio estas palabras y meditar. Por ello, me puse a pensar en lo que sabemos de Jesús, en aquello que con sus palabras y acciones nos mostró que no toleraba.
Creo que Jesús no toleraba a tres tipos de personas: A aquellos que habían convertido en comercio la fe, a aquellos que vivían hipócritamente la fe y a aquellos que dañaban a los niños.
De los primeros queda claro que enfurecían a Jesús, de hecho, los arrojó del templo de manera violenta –sí, Jesús fue violento con ellos. Creo que estas personas subsisten en la actualidad.
De los segundos podemos inferir su intolerancia a partir de sus palabras. “Sepulcros blancos” los llamó. Aquellas personas que vivían hipócritamente su fe al dar una apariencia inmaculada por fuera, aunque por dentro se encontraban podridos. Estas personas también subsisten en la actualidad.
El último grupo tiene incluso una fuerte advertencia de parte de Jesús: Más les valiera amarrarse una piedra de molino al cuello, y arrojarse al mar. Imagínate, Jesús amenazando, advirtiendo que no se tolerará ese comportamiento. De estas personas aún tenemos noticias.
Jesús estuvo al lado del odiado cobrador de impuestos y de la prostituta, y curó al siervo del militar romano –cuya fe lo dejó sorprendido.
Han pasado más de dos mil años desde que mostró con sus actos y con sus palabras sus gustos y disgustos, pero en ocasiones creo que la gente sigue prefiriendo creer que no fue claro en su mensaje. Que sólo pide que la gente sea ‘buena’ en Semana Santa y Navidad.
Creo que Jesús no toleraba a tres tipos de personas: A aquellos que habían convertido en comercio la fe, a aquellos que vivían hipócritamente la fe y a aquellos que dañaban a los niños.
De los primeros queda claro que enfurecían a Jesús, de hecho, los arrojó del templo de manera violenta –sí, Jesús fue violento con ellos. Creo que estas personas subsisten en la actualidad.
De los segundos podemos inferir su intolerancia a partir de sus palabras. “Sepulcros blancos” los llamó. Aquellas personas que vivían hipócritamente su fe al dar una apariencia inmaculada por fuera, aunque por dentro se encontraban podridos. Estas personas también subsisten en la actualidad.
El último grupo tiene incluso una fuerte advertencia de parte de Jesús: Más les valiera amarrarse una piedra de molino al cuello, y arrojarse al mar. Imagínate, Jesús amenazando, advirtiendo que no se tolerará ese comportamiento. De estas personas aún tenemos noticias.
Jesús estuvo al lado del odiado cobrador de impuestos y de la prostituta, y curó al siervo del militar romano –cuya fe lo dejó sorprendido.
Han pasado más de dos mil años desde que mostró con sus actos y con sus palabras sus gustos y disgustos, pero en ocasiones creo que la gente sigue prefiriendo creer que no fue claro en su mensaje. Que sólo pide que la gente sea ‘buena’ en Semana Santa y Navidad.
miércoles, 5 de marzo de 2014
Mi profe Jeffrey Klaiber
Recuerdo que el profesor alzaba con sus manos un pesado libro y nos mostraba la foto de una mujer anciana. La foto, en blanco y negro, se notaba antigua y casera, como aquellas que se toman posando durante un tiempo prolongado delante del fotógrafo.
"Esta es la mamá de Lenin", nos dijo el profesor. "Sí tenía", agregó, y todo el salón lanzó una sonora carcajada durante la clase de Historia Universal III. Yo había tomado el curso por la necesidad de contar con los créditos necesarios para pasar a facultad pero también por las ganas de pasar mis mañanas escuchando algo interesante. Al menos eso esperaba.
Y el profe Klaiber no me decepcionó. Si recuerdo vívidamente al profesor levantando la foto del libro para que todos la viéramos era porque sus clases eran entretenidas y fascinantes al mismo tiempo. Con él lo que pudo haber sido un simple curso para pasar a facultad se convirtió en las tres horas de la semana que más disfrutaba en la universidad.
Ahora que sé que el profe-padre Klaiber ya no se encuentra entre nosotros no me queda sino recordarlo con sus anteojos grandes, sus libros marcados con papelitos y su dejo gringo que tanto lo caracterizaba. Jeffrey Klaiber fue un maestro como hay pocos, de aquellos que uno recuerda siempre.
"Esta es la mamá de Lenin", nos dijo el profesor. "Sí tenía", agregó, y todo el salón lanzó una sonora carcajada durante la clase de Historia Universal III. Yo había tomado el curso por la necesidad de contar con los créditos necesarios para pasar a facultad pero también por las ganas de pasar mis mañanas escuchando algo interesante. Al menos eso esperaba.
Y el profe Klaiber no me decepcionó. Si recuerdo vívidamente al profesor levantando la foto del libro para que todos la viéramos era porque sus clases eran entretenidas y fascinantes al mismo tiempo. Con él lo que pudo haber sido un simple curso para pasar a facultad se convirtió en las tres horas de la semana que más disfrutaba en la universidad.
Ahora que sé que el profe-padre Klaiber ya no se encuentra entre nosotros no me queda sino recordarlo con sus anteojos grandes, sus libros marcados con papelitos y su dejo gringo que tanto lo caracterizaba. Jeffrey Klaiber fue un maestro como hay pocos, de aquellos que uno recuerda siempre.
lunes, 6 de enero de 2014
Las intenciones de Año Nuevo
Los cambios de año traen consigo una serie de actividades que se consideran ‘obligatorias’. Salir, ir de fiesta, trasnochar, en fin, hacer de esa noche del 31 de diciembre algo inolvidable es una obligación que nos hemos impuesto socialmente. Pero junto con estas actividades ‘divertidas’ también nos hemos impuesto el análisis de lo que hemos hecho con nuestras vidas durante el año que pasó y lo que planeamos hacer con ellas en el año que llega.
Pero, no siempre tenemos planes.
De hecho, me considero parte del grupo que no se plantea metas todos los años, quizás sólo lo hago en aquellos en los que considero que es necesario realizar un cambio importante, pero no en todos. Un grupo de años los he pasado simplemente con el ánimo de que sea mejor que el anterior. Recordé esto recientemente cuando, durante una reunión con unos amigos, alguien lanzó la pregunta.
Había acordado que por Fin de Año me reuniría con unos viejos amigos de la universidad a comer una parrillada. El vino, el bistec, los anticuchos y las morcillas estaban a medio comer cuando uno de ellos soltó la cuestión: “¿Y qué planean para el próximo año?”
Todo fue silencio durante un instante. Todos esperábamos a que fuese otro el que comenzara con sus deseos para el 2014. Pero nada. Se escuchaban las conversaciones de las otras mesas cuando el que se encontraba a la izquierda del que preguntó dijo “Cambiar de compañía, creo que me dejan demasiado trabajo”. Y nada más.
Como siguiendo el orden de un reloj el que se encontraba a su izquierda fue el siguiente: “Nada, seguir nomás”. El siguiente era yo y como en realidad no tenía algo que decir repetí casi robóticamente la frase que acababa de escuchar. “Igual, nada, seguir nomás”.
El que lanzó la pregunta nos dijo que planeaba terminar su tesis de doctorado, y quizás también comprar un departamento o un automóvil. Además, hace poco había cambiado de trabajo hacia una posición con mayor paga y más ventajas que el anterior.
“Vaya, bien por ti”, pensé, aunque creo que no se lo dije. Y comenzamos a hablar sobre el nuevo trabajo de mi amigo y las ventajas que le ofrecía frente a su trabajo anterior, que era también bueno, creo yo.
El caso es que, por un momento, me sentí incómodo con mi falta de movimiento laboral, pero luego recordé los logros que me había comentado mi jefa con respecto a nuestro trabajo. Entonces me sentí mejor.
No terminamos la parrillada pues era enorme y la verdad creo que no demostramos ser buenos carnívoros. Conversamos, tomamos vino, bromeamos y, finalmente, nos fuimos a nuestras casas con la promesa de volver a vernos, pronto.
Aún sigo buscando las fotos en las que nuestras incursiones no se daban en un buen restaurante de parrillas sino en un pequeño bar frente a la universidad. Tengo que encontrarlas, se las prometí.
Pero también me ha quedado la duda de si no debería plantearme alguna meta específica que complemente el simple objetivo de “estar mejor que el año pasado”. Quizás también deba escribirla.
Pero, no siempre tenemos planes.
De hecho, me considero parte del grupo que no se plantea metas todos los años, quizás sólo lo hago en aquellos en los que considero que es necesario realizar un cambio importante, pero no en todos. Un grupo de años los he pasado simplemente con el ánimo de que sea mejor que el anterior. Recordé esto recientemente cuando, durante una reunión con unos amigos, alguien lanzó la pregunta.
Había acordado que por Fin de Año me reuniría con unos viejos amigos de la universidad a comer una parrillada. El vino, el bistec, los anticuchos y las morcillas estaban a medio comer cuando uno de ellos soltó la cuestión: “¿Y qué planean para el próximo año?”
Todo fue silencio durante un instante. Todos esperábamos a que fuese otro el que comenzara con sus deseos para el 2014. Pero nada. Se escuchaban las conversaciones de las otras mesas cuando el que se encontraba a la izquierda del que preguntó dijo “Cambiar de compañía, creo que me dejan demasiado trabajo”. Y nada más.
Como siguiendo el orden de un reloj el que se encontraba a su izquierda fue el siguiente: “Nada, seguir nomás”. El siguiente era yo y como en realidad no tenía algo que decir repetí casi robóticamente la frase que acababa de escuchar. “Igual, nada, seguir nomás”.
El que lanzó la pregunta nos dijo que planeaba terminar su tesis de doctorado, y quizás también comprar un departamento o un automóvil. Además, hace poco había cambiado de trabajo hacia una posición con mayor paga y más ventajas que el anterior.
“Vaya, bien por ti”, pensé, aunque creo que no se lo dije. Y comenzamos a hablar sobre el nuevo trabajo de mi amigo y las ventajas que le ofrecía frente a su trabajo anterior, que era también bueno, creo yo.
El caso es que, por un momento, me sentí incómodo con mi falta de movimiento laboral, pero luego recordé los logros que me había comentado mi jefa con respecto a nuestro trabajo. Entonces me sentí mejor.
No terminamos la parrillada pues era enorme y la verdad creo que no demostramos ser buenos carnívoros. Conversamos, tomamos vino, bromeamos y, finalmente, nos fuimos a nuestras casas con la promesa de volver a vernos, pronto.
Aún sigo buscando las fotos en las que nuestras incursiones no se daban en un buen restaurante de parrillas sino en un pequeño bar frente a la universidad. Tengo que encontrarlas, se las prometí.
Pero también me ha quedado la duda de si no debería plantearme alguna meta específica que complemente el simple objetivo de “estar mejor que el año pasado”. Quizás también deba escribirla.
sábado, 15 de junio de 2013
Viejo, mi querido (y habilidoso) viejo
Debo confesar que cuando me encontraba en el colegio era mi padre el que, en (varias) ocasiones, me ayudaba con el curso de “Formación Laboral”. Aquel curso –que no tenía relación alguna con su nombre– nos obligaba a desarrollar actividades tales como la construcción de un barquito de madera o el acabado de un cenicero de cerámica; actividades que, por supuesto, nunca más he tenido que repetir, menos aún dentro de mi campo laboral pues me gano la vida escribiendo en una computadora.
Pero, de todas maneras, tenía que aprobar ese curso, y mi padre me ayudó con ello.
No sé si alguno de mis sucesivos profesores del curso se habrá dado cuenta de que yo no tenía habilidad manual alguna. Mis torpes manos a duras penas podrían aprobar una de esas evaluaciones psicotécnicas en las que a uno le piden dibujar sobre una hoja de papel una persona, un ocaso o algún otro elemento para determinar nuestra lucidez. En realidad, creo que ni siquiera esos esbozos se encuentran hasta ahora dentro de lo que puedo lograr con mis capacidades.
Cuando me tocó construir el barquito de madera, sin dudarlo un segundo, le pedí el favor a mi padre. No recuerdo bien cuál fue el plazo que nos dieron pero sí que se lo indiqué a mi padre con la seguridad de que el barquito estaría terminado para la fecha pactada. No me preocupé más del tema.
El día de la presentación simplemente le pregunté a mi papá “¿y el barquito?”. Él y mi mamá se apresuraron a entregarme el barquito pero la expresión en sus rostros me indicaba que algo malo pasaba con la obra.
Me entregaron un barquito pintado de rojo, construido mediante la unión de varias maderitas que conformaban cada uno de sus lados. No había curvas, más bien el barquito tenía la forma de un retablo puesto de espaldas. Un pequeño mástil con unos diminutos trozos triangulares de tela pegada a él completaban la figura. Ciertamente, se veía como una obra realizada con no mucha destreza, quizás por la falta de tiempo.
Recuerdo que mi padre, sinceramente apenado, me dijo algo así como “disculpa, no me ha salido bien, no he tenido mucho tiempo”. “No te preocupes”, creo que le respondí. La verdad era justamente lo que alguien como yo podría haber construido.
También recuerdo perfectamente que en el colegio mi profesor, que se llamaba Marciano –no es broma–, cogió el barquito, lo miró, y escribió un 18 sobre él. Yo feliz. Al siguiente alumno de la lista no le fue bien, “tú no has hecho esto”, le dijo, observando un barquito que mostraba una manufactura superior, sus curvas eran tan logradas que ciertamente parecían el trabajo de un profesional, no el de mi compañero de clase.
Luego de tantos años, recuerdo con nitidez ese día pues fue una de las tantas ocasiones en las que mi padre me ayudó.
En realidad, él me sigue ayudando, es su forma de mostrarme su cariño, de decirme que me quiere. Obviamente, ya no se trata de barquitos de colegio sino de aquellas pequeñas tareas cotidianas en las que él considera –no sin razón– que si yo intervengo no van a quedar bien.
Cuando me mudé a mi departamento mi padre se presentó en la puerta con su taladro para hacer todos las perforaciones necesarias para cuadros y muebles. Sin embargo, no pudo hacer nada pues no tenía yo entonces nada qua colgar o pegar en las paredes. Cuando luego de mucho tiempo compré unos cuadros le pedí prestado su taladro para colgarlos yo mismo. A él no le gusta prestar sus herramientas, pero a mí me las dio con la confianza de que no se las estropearía –o me perforaría una mano. Eso me agradó.
Cuando era un niño de colegio fueron muchas las veces en las que él me indicó cómo hacer las cosas. Me pedía que lo acompañara cuando reparaba su auto o cuando cambiaba un caño o revisaba una conexión eléctrica. Yo sólo lo miraba y le alcanzaba las herramientas desganadamente porque nunca pensé que tendría que dedicar tiempo a esos asuntos ‘menudos’ de la vida. A pesar de ello algo aprendí.
Ahora ya con más de 40 años comprendo que todas esas cosas que me enseñó fueron simplemente la forma de prepararme para la vida. Mi educación, mis valores, mis creencias se las debo a él y a mi madre; y quizás yo no pueda hacer barquitos para mi hijo –cuando lo tenga– pero estoy seguro que mi papá me ayudará a enseñarle a hacer uno mejor que el mío.
Pero, de todas maneras, tenía que aprobar ese curso, y mi padre me ayudó con ello.
No sé si alguno de mis sucesivos profesores del curso se habrá dado cuenta de que yo no tenía habilidad manual alguna. Mis torpes manos a duras penas podrían aprobar una de esas evaluaciones psicotécnicas en las que a uno le piden dibujar sobre una hoja de papel una persona, un ocaso o algún otro elemento para determinar nuestra lucidez. En realidad, creo que ni siquiera esos esbozos se encuentran hasta ahora dentro de lo que puedo lograr con mis capacidades.
Cuando me tocó construir el barquito de madera, sin dudarlo un segundo, le pedí el favor a mi padre. No recuerdo bien cuál fue el plazo que nos dieron pero sí que se lo indiqué a mi padre con la seguridad de que el barquito estaría terminado para la fecha pactada. No me preocupé más del tema.
El día de la presentación simplemente le pregunté a mi papá “¿y el barquito?”. Él y mi mamá se apresuraron a entregarme el barquito pero la expresión en sus rostros me indicaba que algo malo pasaba con la obra.
Me entregaron un barquito pintado de rojo, construido mediante la unión de varias maderitas que conformaban cada uno de sus lados. No había curvas, más bien el barquito tenía la forma de un retablo puesto de espaldas. Un pequeño mástil con unos diminutos trozos triangulares de tela pegada a él completaban la figura. Ciertamente, se veía como una obra realizada con no mucha destreza, quizás por la falta de tiempo.
Recuerdo que mi padre, sinceramente apenado, me dijo algo así como “disculpa, no me ha salido bien, no he tenido mucho tiempo”. “No te preocupes”, creo que le respondí. La verdad era justamente lo que alguien como yo podría haber construido.
También recuerdo perfectamente que en el colegio mi profesor, que se llamaba Marciano –no es broma–, cogió el barquito, lo miró, y escribió un 18 sobre él. Yo feliz. Al siguiente alumno de la lista no le fue bien, “tú no has hecho esto”, le dijo, observando un barquito que mostraba una manufactura superior, sus curvas eran tan logradas que ciertamente parecían el trabajo de un profesional, no el de mi compañero de clase.
Luego de tantos años, recuerdo con nitidez ese día pues fue una de las tantas ocasiones en las que mi padre me ayudó.
En realidad, él me sigue ayudando, es su forma de mostrarme su cariño, de decirme que me quiere. Obviamente, ya no se trata de barquitos de colegio sino de aquellas pequeñas tareas cotidianas en las que él considera –no sin razón– que si yo intervengo no van a quedar bien.
Cuando me mudé a mi departamento mi padre se presentó en la puerta con su taladro para hacer todos las perforaciones necesarias para cuadros y muebles. Sin embargo, no pudo hacer nada pues no tenía yo entonces nada qua colgar o pegar en las paredes. Cuando luego de mucho tiempo compré unos cuadros le pedí prestado su taladro para colgarlos yo mismo. A él no le gusta prestar sus herramientas, pero a mí me las dio con la confianza de que no se las estropearía –o me perforaría una mano. Eso me agradó.
Cuando era un niño de colegio fueron muchas las veces en las que él me indicó cómo hacer las cosas. Me pedía que lo acompañara cuando reparaba su auto o cuando cambiaba un caño o revisaba una conexión eléctrica. Yo sólo lo miraba y le alcanzaba las herramientas desganadamente porque nunca pensé que tendría que dedicar tiempo a esos asuntos ‘menudos’ de la vida. A pesar de ello algo aprendí.
Ahora ya con más de 40 años comprendo que todas esas cosas que me enseñó fueron simplemente la forma de prepararme para la vida. Mi educación, mis valores, mis creencias se las debo a él y a mi madre; y quizás yo no pueda hacer barquitos para mi hijo –cuando lo tenga– pero estoy seguro que mi papá me ayudará a enseñarle a hacer uno mejor que el mío.
viernes, 29 de marzo de 2013
Semana Santa
Cuando vi pasar la procesión frente a mi casa no me atreví a salir. Había mucha gente, era de noche y a los pocos años que tenía entonces sólo me quedó observar por la ventana. Cristo se veía agonizante, adolorido y los rostros de mis vecinos –de mis vecinas, especialmente– denotaban algo de tristeza. Creo que no entendía la devoción o al menos no sabía cómo encontrarla en esos rostros tristes.
No entendía tampoco porque habían matado a Jesús. Después de todo, no hizo nada malo, de acuerdo a todas las películas que había visto entonces. Jesús era el héroe que ofrendaba su vida por nosotros, pero yo no entendía porqué. Si hubiese muerto sacando del fuego a alguien, o hubiese cambiado su vida a cambio de que los romanos no mataran a los judíos lo hubiese entendido más fácilmente. Pero nadie me explicó.
Sólo cuando crecí y –hay que decir la verdad– me lo explicaron unos amigos evangélicos, comprendí el algo intrincado mecanismo que hacía que su muerte nos salvara. Entonces lo comprendí, y también entendí porqué no me habían explicado nada de chico: no lo hubiera entendido.
Pero no sé si todos lo entienden, y no sé tampoco si es necesario que todos tengan un entendimiento teológico de lo que Jesús hizo. Yo lo necesitaba, pero mi mamá, por ejemplo, no. Ella simplemente cree y siento que en realidad ese es el mejor tipo de fe, quizás sea el único.
“Yo te creo si tú me dices algo”, me dice con sencillez mi mamá cuando conversamos sobre ‘religión’. Sí, quizás ella me crea todo lo que le digo pero estoy seguro que lo que yo pueda demostrarle no le movería ni un milímetro su fe.
Creo que debe ser bueno tener fe. Sobre todo en Dios.
No entendía tampoco porque habían matado a Jesús. Después de todo, no hizo nada malo, de acuerdo a todas las películas que había visto entonces. Jesús era el héroe que ofrendaba su vida por nosotros, pero yo no entendía porqué. Si hubiese muerto sacando del fuego a alguien, o hubiese cambiado su vida a cambio de que los romanos no mataran a los judíos lo hubiese entendido más fácilmente. Pero nadie me explicó.
Sólo cuando crecí y –hay que decir la verdad– me lo explicaron unos amigos evangélicos, comprendí el algo intrincado mecanismo que hacía que su muerte nos salvara. Entonces lo comprendí, y también entendí porqué no me habían explicado nada de chico: no lo hubiera entendido.
Pero no sé si todos lo entienden, y no sé tampoco si es necesario que todos tengan un entendimiento teológico de lo que Jesús hizo. Yo lo necesitaba, pero mi mamá, por ejemplo, no. Ella simplemente cree y siento que en realidad ese es el mejor tipo de fe, quizás sea el único.
“Yo te creo si tú me dices algo”, me dice con sencillez mi mamá cuando conversamos sobre ‘religión’. Sí, quizás ella me crea todo lo que le digo pero estoy seguro que lo que yo pueda demostrarle no le movería ni un milímetro su fe.
Creo que debe ser bueno tener fe. Sobre todo en Dios.
martes, 26 de marzo de 2013
La leva
Recuerdo que me encontraba en un autobús rumbo a Huacho por la carretera Panamericana para una reunión. Iba con unos amigos de la universidad cuando repentinamente sentimos que el bus se había detenido, luego de unos instantes unos soldados ingresaron al bus y mirando a los rostros me escogieron a mí y a otro chico. “Bajen”, nos dijeron.
El que daba las órdenes aparentemente era un sargento, o algo así, y sin esperar ninguna respuesta se bajó del bus esperando que lo siguiéramos. Cuando bajé me acerqué a uno de los soldados, el que más ‘cara de buena gente’ tenía y le pregunté qué podía hacer. “¿Tienes un documento o algo de que hayas hecho servicio?”, me preguntó. “Sí”, le dije, y volví a subir al bus para buscar en mi maleta mi libreta militar.
En Lima ‘algo’ me dijo que sería mejor llevarla ‘por si acaso’ y por ello la tenía conmigo cuando nos detuvieron. Bajé con mi libreta de la Marina en la que decía “Reserva Disponible” –había ingresado a la PUCP, así que por ello me exoneraron– y se la mostré al sargento.
“¿Eres de la Marina?”. “Si”, le contesté. Supongo que el sargento meditó que si levaba para el Ejército a alguien que ya era de la Marina podría tener problemas, así que me dejó ir.
Luego volteó hacia el otro chico que se veía asustado y le preguntó si tenía papeles. “No, tengo 17, recién me voy a inscribir”, le dijo. “Te vienes con nosotros”, le dijo el sargento, y se lo llevaron a un camión portatropas que estaba estacionado a un lado de la carretera.
Quería ayudar al otro chico pero no sabía cómo, así que lo único que se me ocurrió fue subir de nuevo al bus y buscar un lapicero y un papel para pedirle al chico un teléfono al cual llamar apenas y llegue a Huacho. Suponía que alguien lo estaría esperando y que al saber que lo había levado el Ejército al menos sabría dónde buscarlo.
Pero cuando bajé el camión ya se había ido.
No creo en el servicio militar obligatorio sino en uno voluntario. Un servicio que atraiga a los chicos por las prestaciones y ventajas que pueda obtener, y no atemorice por los abusos que puedan sufrir los conscriptos.
El que daba las órdenes aparentemente era un sargento, o algo así, y sin esperar ninguna respuesta se bajó del bus esperando que lo siguiéramos. Cuando bajé me acerqué a uno de los soldados, el que más ‘cara de buena gente’ tenía y le pregunté qué podía hacer. “¿Tienes un documento o algo de que hayas hecho servicio?”, me preguntó. “Sí”, le dije, y volví a subir al bus para buscar en mi maleta mi libreta militar.
En Lima ‘algo’ me dijo que sería mejor llevarla ‘por si acaso’ y por ello la tenía conmigo cuando nos detuvieron. Bajé con mi libreta de la Marina en la que decía “Reserva Disponible” –había ingresado a la PUCP, así que por ello me exoneraron– y se la mostré al sargento.
“¿Eres de la Marina?”. “Si”, le contesté. Supongo que el sargento meditó que si levaba para el Ejército a alguien que ya era de la Marina podría tener problemas, así que me dejó ir.
Luego volteó hacia el otro chico que se veía asustado y le preguntó si tenía papeles. “No, tengo 17, recién me voy a inscribir”, le dijo. “Te vienes con nosotros”, le dijo el sargento, y se lo llevaron a un camión portatropas que estaba estacionado a un lado de la carretera.
Quería ayudar al otro chico pero no sabía cómo, así que lo único que se me ocurrió fue subir de nuevo al bus y buscar un lapicero y un papel para pedirle al chico un teléfono al cual llamar apenas y llegue a Huacho. Suponía que alguien lo estaría esperando y que al saber que lo había levado el Ejército al menos sabría dónde buscarlo.
Pero cuando bajé el camión ya se había ido.
No creo en el servicio militar obligatorio sino en uno voluntario. Un servicio que atraiga a los chicos por las prestaciones y ventajas que pueda obtener, y no atemorice por los abusos que puedan sufrir los conscriptos.
sábado, 7 de julio de 2012
A mis profes
Recuerdo que durante una clase de literatura en el colegio mi profesor se ufanó de haber tenido de maestros a los más destacados literatos que podíamos mencionar. Mis compañeros comenzaron a lanzar nombres y mi profesor nos decía el curso que había llevado con él en la universidad. Yo no pude resistir el reto y pregunté por uno de los ‘maestros de maestros’: LAS.
“¿Luis Alberto?”, le pregunté. No fue necesario que dijera Sánchez, su apellido sobraba en el contexto de la conversación. Mi profesor me indicó el curso que había disfrutado con el maestro y entonces comencé a pensar cómo habría sido llevar una clase con LAS. Todo un semestre con el maestro.
En otra clase recuerdo que mi profesor de Historia dejaba a un lado el libro de texto que nos indicaba el colegio y cargaba bajo uno de sus brazos un conjunto de obras que tenía marcadas con papelitos. Las abría y nos pasaba a leer un párrafo o dos de “Los Doce Césares” o nos mostraba una foto antigua del jirón de la Unión llena de banderas extranjeras en los balcones y tomado por la tropas chilenas que ya habían entrado a Lima, durante la Guerra del Pacífico. “Nadie era peruano en ese momento en el jirón de La Unión”, recuerdo que nos dijo.
Incluso ese mismo profesor le tocó el curso más ‘hueso’ que podría tener que enseñar alguien en un colegio: Educación Cívica. De mis experiencias anteriores esperaba que el curso se desarrollara como unos inacabables 45 minutos en los que nos volverían a repetir el origen de la bandera, de la escarapela o del himno. Y a decirnos que la familia es la célula básica de la sociedad.
El primer día de Educación Cívica volví a ver al profesor llevando su cúmulo de libros bajo el brazo. Y nos comenzó a leer, de una manera ya habitual en sus cursos de historia, los orígenes de los conceptos cívicos que otros nos enseñaban ‘de paporreta’. Me maravillé cuando comprendí que esas ‘cosas’ que nos enseñaban sobre el estado, la nación y la familia tenían un sustento más elaborado y preciso del que hasta entonces les conocía. Mi profesor no me falló, me enseñó.
Si hasta ahora recuerdo estos episodios es porque ellos los hicieron importantes para mí. Recordar una clase de hace 25 años no es sencillo pero rescato el valor que le puede dar un buen profesor al tema más modesto que pueda encontrarse en el colegio.
Y luego fue mi turno de pasar por la universidad. Llevé la clase de historia del Perú con José Antonio del Busto y no la aprobé. La segunda vez me volví a inscribir con él, a pesar de que tenía la oportunidad de inscribirme con el otro profesor –al ser más antiguo si llegué a alcanzar esa matrícula– pero preferí ‘sacarme el clavo’. Fue en esos momentos una decisión llevada más por la terquedad que por el reconocimiento de estar ante un Maestro. De eso me di cuenta después.
Él me hizo leer “Francisco Pizarro: el marques gobernador” y otros de sus libros, me hizo visitar el museo de historia y me pidió en un examen que le describiera lo que vi en esa visita. Cierto, sus exámenes descansaban mucho en la capacidad de recordar libros o visitas a museos, pero sus clases eran una viaje al Perú antiguo. Era como estar ante un relator de cuentos. Eso también lo recuerdo claramente.
Ahora, entiendo que una parte de lo que soy y de lo que pienso se lo debo a estos Maestros. Y doy gracias por haberlos conocido y haber sido uno de sus afortunados alumnos.
“¿Luis Alberto?”, le pregunté. No fue necesario que dijera Sánchez, su apellido sobraba en el contexto de la conversación. Mi profesor me indicó el curso que había disfrutado con el maestro y entonces comencé a pensar cómo habría sido llevar una clase con LAS. Todo un semestre con el maestro.
En otra clase recuerdo que mi profesor de Historia dejaba a un lado el libro de texto que nos indicaba el colegio y cargaba bajo uno de sus brazos un conjunto de obras que tenía marcadas con papelitos. Las abría y nos pasaba a leer un párrafo o dos de “Los Doce Césares” o nos mostraba una foto antigua del jirón de la Unión llena de banderas extranjeras en los balcones y tomado por la tropas chilenas que ya habían entrado a Lima, durante la Guerra del Pacífico. “Nadie era peruano en ese momento en el jirón de La Unión”, recuerdo que nos dijo.
Incluso ese mismo profesor le tocó el curso más ‘hueso’ que podría tener que enseñar alguien en un colegio: Educación Cívica. De mis experiencias anteriores esperaba que el curso se desarrollara como unos inacabables 45 minutos en los que nos volverían a repetir el origen de la bandera, de la escarapela o del himno. Y a decirnos que la familia es la célula básica de la sociedad.
El primer día de Educación Cívica volví a ver al profesor llevando su cúmulo de libros bajo el brazo. Y nos comenzó a leer, de una manera ya habitual en sus cursos de historia, los orígenes de los conceptos cívicos que otros nos enseñaban ‘de paporreta’. Me maravillé cuando comprendí que esas ‘cosas’ que nos enseñaban sobre el estado, la nación y la familia tenían un sustento más elaborado y preciso del que hasta entonces les conocía. Mi profesor no me falló, me enseñó.
Si hasta ahora recuerdo estos episodios es porque ellos los hicieron importantes para mí. Recordar una clase de hace 25 años no es sencillo pero rescato el valor que le puede dar un buen profesor al tema más modesto que pueda encontrarse en el colegio.
Y luego fue mi turno de pasar por la universidad. Llevé la clase de historia del Perú con José Antonio del Busto y no la aprobé. La segunda vez me volví a inscribir con él, a pesar de que tenía la oportunidad de inscribirme con el otro profesor –al ser más antiguo si llegué a alcanzar esa matrícula– pero preferí ‘sacarme el clavo’. Fue en esos momentos una decisión llevada más por la terquedad que por el reconocimiento de estar ante un Maestro. De eso me di cuenta después.
Él me hizo leer “Francisco Pizarro: el marques gobernador” y otros de sus libros, me hizo visitar el museo de historia y me pidió en un examen que le describiera lo que vi en esa visita. Cierto, sus exámenes descansaban mucho en la capacidad de recordar libros o visitas a museos, pero sus clases eran una viaje al Perú antiguo. Era como estar ante un relator de cuentos. Eso también lo recuerdo claramente.
Ahora, entiendo que una parte de lo que soy y de lo que pienso se lo debo a estos Maestros. Y doy gracias por haberlos conocido y haber sido uno de sus afortunados alumnos.
viernes, 8 de junio de 2012
La buena imagen del Perú (en el exterior)
Hace poco tiempo me reuní con un ejecutivo extranjero de una importante empresa tecnológica. Lo usual: entrevistarlo sobre las novedades que ofrecía su compañía y aclarar algunos puntos con respecto a la industria en la que se encontraba. Realmente, la entrevista fue productiva, pero lo que me llamó la atención fue lo bien que habló del Perú al inicio de la charla.
Por un momento consideré que simplemente el entrevistado buscaba quedar bien hablando maravillas del país, pero noté en su tono de voz una gran sinceridad. Es decir, realmente él pensaba que el momento por el que atravesaba nuestro país era inigualable, que las cifras macro eran estupendas y que, particularmente en su industria, el Perú representaba una 'locomotora' de crecimiento.
¿Qué? ¿Acaso no ha visto las noticias?, pensé. Por un momento me vi tentado a relatarle los problemas por los que pasamos ahora en el país pero estimé que no era conveniente ya que él se encontraba sinceramente positivo con respecto a cómo nos iba en el campo económico y hubiera sido injusto el enrostrarle un tema (nuestros conflictos sociales) que seguramente no es de conocimiento internacional.
Y siguió la entrevista. Pero me quedó la duda de cómo es que nos perciben en el extranjero.
Si antes el país era sinónimo de terrorismo y Sendero Luminoso ahora nos pasa lo contrario. Ahora el Perú es Machu Picchu -una de las Siete Maravillas Modernas del Mundo- pero también es comida y espectaculares cifras de estabilidad macroeconómica. Y si antes buscábamos decir que el Perú no es solo Sendero y terrorismo, ahora creo que me dio sinceras ganas de decirle que el país no es solo buenas cifras macroeconómicas.
Y creo que eso no es ser pesimista.
La fortaleza de nuestra economía se puede ver en Lima pero las imágenes de la televisión nos han mostrado que ese discurso no ha calado en otros lugares del país.
Basta recordar que en 2006 Humala (entonces antisistema) perdio las elecciones 'por un pelo', y que ahora tenemos más de dos centenares de conflictos sociales. Todo ello en un país 'próspero'.
Creo que debemos tomar las cifras como lo que son: cifras macro; pero en el campo micro aún vemos mujeres y niños vendiendo golosinas en prácticamente cada semáforo, y en los autobuses los vendedores ambulantes entran unos tras otros para ofrecer sus productos.
Sí, hemos avanzado. Antes un extranjero no hablaba bien del crecimiento de nuestro PBI o de las capacidades del mercado peruano. Es más, eran pocos los que venían en comparación con el número que podemos ver ahora en los hoteles capitalinos.
Sin embargo, creo que podré decir que 'sí la hicimos' el día que no haya vendedores en los semáforos, que la gente no viva entre plásticos y cartones y que el optimismo de Lima sea parte también del discurso de todas las demás regiones. Espero, como dicen las proyecciones, que en el tiempo que me queda de vida vea ese país.
Por un momento consideré que simplemente el entrevistado buscaba quedar bien hablando maravillas del país, pero noté en su tono de voz una gran sinceridad. Es decir, realmente él pensaba que el momento por el que atravesaba nuestro país era inigualable, que las cifras macro eran estupendas y que, particularmente en su industria, el Perú representaba una 'locomotora' de crecimiento.
¿Qué? ¿Acaso no ha visto las noticias?, pensé. Por un momento me vi tentado a relatarle los problemas por los que pasamos ahora en el país pero estimé que no era conveniente ya que él se encontraba sinceramente positivo con respecto a cómo nos iba en el campo económico y hubiera sido injusto el enrostrarle un tema (nuestros conflictos sociales) que seguramente no es de conocimiento internacional.
Y siguió la entrevista. Pero me quedó la duda de cómo es que nos perciben en el extranjero.
Si antes el país era sinónimo de terrorismo y Sendero Luminoso ahora nos pasa lo contrario. Ahora el Perú es Machu Picchu -una de las Siete Maravillas Modernas del Mundo- pero también es comida y espectaculares cifras de estabilidad macroeconómica. Y si antes buscábamos decir que el Perú no es solo Sendero y terrorismo, ahora creo que me dio sinceras ganas de decirle que el país no es solo buenas cifras macroeconómicas.
Y creo que eso no es ser pesimista.
La fortaleza de nuestra economía se puede ver en Lima pero las imágenes de la televisión nos han mostrado que ese discurso no ha calado en otros lugares del país.
Basta recordar que en 2006 Humala (entonces antisistema) perdio las elecciones 'por un pelo', y que ahora tenemos más de dos centenares de conflictos sociales. Todo ello en un país 'próspero'.
Creo que debemos tomar las cifras como lo que son: cifras macro; pero en el campo micro aún vemos mujeres y niños vendiendo golosinas en prácticamente cada semáforo, y en los autobuses los vendedores ambulantes entran unos tras otros para ofrecer sus productos.
Sí, hemos avanzado. Antes un extranjero no hablaba bien del crecimiento de nuestro PBI o de las capacidades del mercado peruano. Es más, eran pocos los que venían en comparación con el número que podemos ver ahora en los hoteles capitalinos.
Sin embargo, creo que podré decir que 'sí la hicimos' el día que no haya vendedores en los semáforos, que la gente no viva entre plásticos y cartones y que el optimismo de Lima sea parte también del discurso de todas las demás regiones. Espero, como dicen las proyecciones, que en el tiempo que me queda de vida vea ese país.
jueves, 5 de abril de 2012
Recuerdos del 5 de abril
Debo confesar algo, si una encuestadora me hubiera preguntado hace 20 años si apoyaba el cierre del Congreso, habría dicho que sí.
Tenía 20 años y quería que las cosas se hicieran rápido. Dos cámaras legislativas (diputados y senadores) me parecían excesivas para la velocidad que se debería imprimir al cambio del país. Lo mejor era hacer las cosas ejecutivamente, sin tantas charlas y discursos rimbombantes.
En la universidad, la PUCP, había sido testigo también del descrédito que implicaba estar relacionado a un partido político. Recién ingresado asistí a unas elecciones estudiantiles en donde una de las peores acusaciones que podía recibir una agrupación era la de estar ligado a un partido político. La izquierda nunca se presentó en mi salón de clases, y el ARE (representante en las universidades del APRA) estaba conformada por tres felinos.
La desaparición de los partidos políticos me parecía entonces una justa consecuencia por el desastre que habían provocado en los años 80 (hiperinflación y crecimiento del terrorismo, principalmente). No merecían nada, ni siquiera que los defendiéramos cuando les cerraron la 'chamba' y los reprimían con varazos, golpes y chorros de agua.
Sin darme cuenta -o quizás sí, pero no me importaba- había dejado de creer en los partidos, en los políticos y en la forma en que se nos había presentado la democracia.
Me equivoqué.
Tarde unos meses en darme cuenta del error. Como alguien -que no recuerdo- dijo alguna vez "la democracia no es perfecta, pero es la forma menos mala de gobernar un país", o algo así.
Lo que vivimos entonces no fue la destrucción de los partidos sino de la democracia. Y lo que me había pasado fue que había caído en el camino fácil de creer que una autocracia nos podría resolver los problemas.
Ciertamente, se resolvieron algunos problemas (economía, terrorismo) pero se exacerbaron otros (corrupción, intolerancia) pero al costo de hacernos creer que la democracía es una forma inferior de vida. Cuando en realidad es todo lo contrario.
La democracia no es sencilla pues implica el respeto a la opinión del otro y la resolución de los problemas teniendo en cuenta estas diferencias. Lo más sencillo es pasar por sobre los otros para finiquitar un tema, para 'resolver' una cuestión, pero la experiencia nos ha mostrado que si hacemos las cosas 'al caballazo' luego tendremos que reparar los daños.
Lo mejor es trabajar en democracia, con respeto a la ley pero sobre todo a los demás, incluyendo su forma de pensar.
Ahora entiendo que esas personas que se enfrentaron a los policias y militares de entonces (lastimosamente, siguiendo órdenes equivocadas) no estaban defendiendo su 'chamba' sino una forma de sociedad mejor. Ciertamente, con muchas fallas que se deben resolver, pero mejor al fin y al cabo.
Lo que me queda claro de ese 5 de abril es que uno puede equivocarse pero es peor mantenerse en el error.
Tenía 20 años y quería que las cosas se hicieran rápido. Dos cámaras legislativas (diputados y senadores) me parecían excesivas para la velocidad que se debería imprimir al cambio del país. Lo mejor era hacer las cosas ejecutivamente, sin tantas charlas y discursos rimbombantes.
En la universidad, la PUCP, había sido testigo también del descrédito que implicaba estar relacionado a un partido político. Recién ingresado asistí a unas elecciones estudiantiles en donde una de las peores acusaciones que podía recibir una agrupación era la de estar ligado a un partido político. La izquierda nunca se presentó en mi salón de clases, y el ARE (representante en las universidades del APRA) estaba conformada por tres felinos.
La desaparición de los partidos políticos me parecía entonces una justa consecuencia por el desastre que habían provocado en los años 80 (hiperinflación y crecimiento del terrorismo, principalmente). No merecían nada, ni siquiera que los defendiéramos cuando les cerraron la 'chamba' y los reprimían con varazos, golpes y chorros de agua.
Sin darme cuenta -o quizás sí, pero no me importaba- había dejado de creer en los partidos, en los políticos y en la forma en que se nos había presentado la democracia.
Me equivoqué.
Tarde unos meses en darme cuenta del error. Como alguien -que no recuerdo- dijo alguna vez "la democracia no es perfecta, pero es la forma menos mala de gobernar un país", o algo así.
Lo que vivimos entonces no fue la destrucción de los partidos sino de la democracia. Y lo que me había pasado fue que había caído en el camino fácil de creer que una autocracia nos podría resolver los problemas.
Ciertamente, se resolvieron algunos problemas (economía, terrorismo) pero se exacerbaron otros (corrupción, intolerancia) pero al costo de hacernos creer que la democracía es una forma inferior de vida. Cuando en realidad es todo lo contrario.
La democracia no es sencilla pues implica el respeto a la opinión del otro y la resolución de los problemas teniendo en cuenta estas diferencias. Lo más sencillo es pasar por sobre los otros para finiquitar un tema, para 'resolver' una cuestión, pero la experiencia nos ha mostrado que si hacemos las cosas 'al caballazo' luego tendremos que reparar los daños.
Lo mejor es trabajar en democracia, con respeto a la ley pero sobre todo a los demás, incluyendo su forma de pensar.
Ahora entiendo que esas personas que se enfrentaron a los policias y militares de entonces (lastimosamente, siguiendo órdenes equivocadas) no estaban defendiendo su 'chamba' sino una forma de sociedad mejor. Ciertamente, con muchas fallas que se deben resolver, pero mejor al fin y al cabo.
Lo que me queda claro de ese 5 de abril es que uno puede equivocarse pero es peor mantenerse en el error.
sábado, 12 de noviembre de 2011
11.11.11
Es sábado 12 y el mundo no se ha acabado, de nuevo. No recuerdo cuántos pero estoy seguro que en estos últimos años se han multiplicado los agoreros que afirmaban que el mundo se iba a terminar en tal o cual fecha. Afortunadamente, todos han fallado.
Sin embargo, lo que más me sorprende es que le hayamos dado tanta cabida y tanta atención a estas supuestas profecías. Los canales de televisión, diarios, revistas e incluso las redes sociales se movieron alrededor de este tema de la misma manera en que lo hicieron el año 2000, el año 1900, y sabe Dios en que otras tantas fechas.
El fin del mundo no se produjo y probablemente no se producirá sino hasta dentro de unos miles de años, cuando el Sol, siguiendo su natural ciclo de vida, se agrande tanto que termine engullendo a nuestro planeta. Pero ello, con seguridad, no lo veremos nosotros.
Entonces, ¿por qué tanta preocupación por el fin del mundo?
Hay gente que vive de esto. Todos ya sabemos quiénes son: ‘astrólogos, videntes, brujos y brujas’, y un largo etcétera; quienes además han recibido la entusiasta colaboración de algunos medios que han llenado sus espacios con estas noticias catastróficas.
La verdad, creo yo, es que el fin del mundo es un evento particular para cada uno de nosotros.
No debemos esperar ese evento cataclísmico que vemos en las películas de Hollywood sino el natural curso de nuestras vidas para presenciar el fin de nuestro mundo. Nuestra muerte es el fin de nuestros días, es el evento al que no podemos escapar y que le ocurre, por igual, al pobre y al rico, al africano y al asiático, al joven y al viejo. Ese es el fin del mundo.
¿Para qué entonces preocuparse de que un meteorito o asteroide destruya el planeta? El fin del mundo puede llegarnos bajo la forma de un conductor ebrio, de una grave enfermedad o de un asaltante. Y, por supuesto, el fin de nuestro mundo nos puede llegar por el simple hecho del propio envejecimiento.
Estos fines del mundo son más certeros y más directos que cualquiera de las formulas numerológicas que hayas escogido para explicar porque ayer (11.11.11) no pasó nada.
Debemos, entonces, prepararnos para nuestros particulares fines del mundo. No sabemos cuándo llegarán ni cómo se desarrollarán, pero sí sabemos que nos llegarán a todos.
Sin embargo, lo que más me sorprende es que le hayamos dado tanta cabida y tanta atención a estas supuestas profecías. Los canales de televisión, diarios, revistas e incluso las redes sociales se movieron alrededor de este tema de la misma manera en que lo hicieron el año 2000, el año 1900, y sabe Dios en que otras tantas fechas.
El fin del mundo no se produjo y probablemente no se producirá sino hasta dentro de unos miles de años, cuando el Sol, siguiendo su natural ciclo de vida, se agrande tanto que termine engullendo a nuestro planeta. Pero ello, con seguridad, no lo veremos nosotros.
Entonces, ¿por qué tanta preocupación por el fin del mundo?
Hay gente que vive de esto. Todos ya sabemos quiénes son: ‘astrólogos, videntes, brujos y brujas’, y un largo etcétera; quienes además han recibido la entusiasta colaboración de algunos medios que han llenado sus espacios con estas noticias catastróficas.
La verdad, creo yo, es que el fin del mundo es un evento particular para cada uno de nosotros.
No debemos esperar ese evento cataclísmico que vemos en las películas de Hollywood sino el natural curso de nuestras vidas para presenciar el fin de nuestro mundo. Nuestra muerte es el fin de nuestros días, es el evento al que no podemos escapar y que le ocurre, por igual, al pobre y al rico, al africano y al asiático, al joven y al viejo. Ese es el fin del mundo.
¿Para qué entonces preocuparse de que un meteorito o asteroide destruya el planeta? El fin del mundo puede llegarnos bajo la forma de un conductor ebrio, de una grave enfermedad o de un asaltante. Y, por supuesto, el fin de nuestro mundo nos puede llegar por el simple hecho del propio envejecimiento.
Estos fines del mundo son más certeros y más directos que cualquiera de las formulas numerológicas que hayas escogido para explicar porque ayer (11.11.11) no pasó nada.
Debemos, entonces, prepararnos para nuestros particulares fines del mundo. No sabemos cuándo llegarán ni cómo se desarrollarán, pero sí sabemos que nos llegarán a todos.
sábado, 29 de octubre de 2011
Sangre, sudor y lágrimas
Durante la Segunda Guerra Mundial Inglaterra fue inmisericordemente bombardeada por la hasta entonces invencible fuerza aérea alemana. El objetivo de los nazis era minar la moral de los ingleses y destruir al gobierno del único país que detenía su avance en Europa Occidental. En medio de los edificios en llamas Winston Churchill, el primer ministro británico de entonces, soltó la famosa frase para describir lo que podían esperar los ingleses de su gobierno en el futuro cercano: “sólo les prometo sangre, sudor y lágrimas”.
Algo similar le ha ocurrido a la prensa peruana. Ella nos ha prometido regalarnos cantidades generosas de estos fluidos corporales a través de sus realities, de sus noticieros y de sus portadas en los quioscos; el caso de Ciro Castillo no ha sido sino el pico más elevado en el cumplimiento de esta promesa.
Este estado de las cosas, sin embargo, no se logró sólo a partir del esfuerzo de los medios; nosotros colaboramos aceptando una complicidad que se hizo tangible en el incremento de los tirajes y los ratings. Fuimos nosotros los que consumimos con gran entusiasmo cada espacio que nos detallara –en medio de los mensajes de los anunciantes– el infortunio de este hombre.
¿Qué fue primero? ¿Este tipo de noticias o nuestro deseo de verlas?
Con seguridad soy de aquellos que no comprenden cómo los medios y las personas se han involucrado en esta relación ‘simbiótica’ de morbo-información. Tampoco entiendo por qué los noticieros de una hora de duración pueden llegar a dedicar casi el 60% de su tiempo a la crónica del atropellado, del muerto en un asalto, o del famoso encontrado ebrio en la calle.
Me es igualmente incomprensible el motivo por el que los realities buscan hacer que algún famoso baile, o quede encerrado en una casa llena de cámaras esperando a que se desnude o suelte una palabrota contra otro famoso.
Aunque quizás la respuesta es muy sencilla: es lo que le gusta a la gente.
Realmente, ¿es eso lo que nos gusta?
Recuerdo a una persona que me decía que no le agradaba para nada “Trampolín a la Fama”, allá en los años 80; sin embargo, no se perdía ningún sábado en la noche la emisión del programa.
Me pregunto cuántos de nosotros hacemos lo mismo. Cuántos de nosotros criticamos pero seguimos consumiendo ese tipo de contenido.
Creo que debemos ser consistentes con lo que predicamos. Si no nos gusta –por considerarlo inapropiado– debemos dejar de consumir estos contenidos, a menos, claro, que nuestro discurso sea tan solo un montón de palabras para quedar bien con el círculo de amigos.
A diferencia de los años 80 –cuando había solo tres canales y unos pocos diarios– ahora tenemos una enorme cantidad de posibilidades de contenido. Ahora tengo la posibilidad de consumir sólo aquello que me interesa –y en verdad son tantas las cosas que me han dejado de interesar en la televisión y en los diarios locales.
Esta decisión, por ejemplo, me hizo desistir de ver la mayor parte de los programas de los fines de semana porque ya sabía que la noticia sería nuevamente Ciro.
Ciro fue una constante que me hizo ver que el amor de un padre puede mover montañas pero, lamentablemente, también fue una oportunidad para ver hasta donde se podía llegar con tal de vender más noticias.
Espero que ahora que ya fue enterrado Ciro descanse en paz, y que su familia retome su vida. Todos debemos hacerlo.
Algo similar le ha ocurrido a la prensa peruana. Ella nos ha prometido regalarnos cantidades generosas de estos fluidos corporales a través de sus realities, de sus noticieros y de sus portadas en los quioscos; el caso de Ciro Castillo no ha sido sino el pico más elevado en el cumplimiento de esta promesa.
Este estado de las cosas, sin embargo, no se logró sólo a partir del esfuerzo de los medios; nosotros colaboramos aceptando una complicidad que se hizo tangible en el incremento de los tirajes y los ratings. Fuimos nosotros los que consumimos con gran entusiasmo cada espacio que nos detallara –en medio de los mensajes de los anunciantes– el infortunio de este hombre.
¿Qué fue primero? ¿Este tipo de noticias o nuestro deseo de verlas?
Con seguridad soy de aquellos que no comprenden cómo los medios y las personas se han involucrado en esta relación ‘simbiótica’ de morbo-información. Tampoco entiendo por qué los noticieros de una hora de duración pueden llegar a dedicar casi el 60% de su tiempo a la crónica del atropellado, del muerto en un asalto, o del famoso encontrado ebrio en la calle.
Me es igualmente incomprensible el motivo por el que los realities buscan hacer que algún famoso baile, o quede encerrado en una casa llena de cámaras esperando a que se desnude o suelte una palabrota contra otro famoso.
Aunque quizás la respuesta es muy sencilla: es lo que le gusta a la gente.
Realmente, ¿es eso lo que nos gusta?
Recuerdo a una persona que me decía que no le agradaba para nada “Trampolín a la Fama”, allá en los años 80; sin embargo, no se perdía ningún sábado en la noche la emisión del programa.
Me pregunto cuántos de nosotros hacemos lo mismo. Cuántos de nosotros criticamos pero seguimos consumiendo ese tipo de contenido.
Creo que debemos ser consistentes con lo que predicamos. Si no nos gusta –por considerarlo inapropiado– debemos dejar de consumir estos contenidos, a menos, claro, que nuestro discurso sea tan solo un montón de palabras para quedar bien con el círculo de amigos.
A diferencia de los años 80 –cuando había solo tres canales y unos pocos diarios– ahora tenemos una enorme cantidad de posibilidades de contenido. Ahora tengo la posibilidad de consumir sólo aquello que me interesa –y en verdad son tantas las cosas que me han dejado de interesar en la televisión y en los diarios locales.
Esta decisión, por ejemplo, me hizo desistir de ver la mayor parte de los programas de los fines de semana porque ya sabía que la noticia sería nuevamente Ciro.
Ciro fue una constante que me hizo ver que el amor de un padre puede mover montañas pero, lamentablemente, también fue una oportunidad para ver hasta donde se podía llegar con tal de vender más noticias.
Espero que ahora que ya fue enterrado Ciro descanse en paz, y que su familia retome su vida. Todos debemos hacerlo.
viernes, 29 de julio de 2011
Feliz 28 de Julio
Llegaron las Fiestas Patrias, y con ellas todo el espectáculo que implica, además, un cambio de mando. Alan se fue, entra Ollanta. Alan no quiso pasar por el Congreso, dizque para evitar el bochorno que le podrían haber hecho los nuevos parlamentarios; mientras que Ollanta inaugura un nuevo estilo presidencial al casi no despegarse para nada de su primera dama, Nadine.
Sinceramente, me dio roche. ¿Es que no se puede 'lavar los trapitos sucios en casa'? ¿Era necesaria esa provocación sabiendo cómo iban a reaccionar Marta Chávez y compañía frente a los invitados? Creo que se pudo haber tenido un mejor momento para realizar ese tipo de actos.
Pero bueno, ya se hizo y creo que hay que seguir adelante, y no detenernos en esos argumentos, también innecesarios, que señalan la invalidez de la juremantación de Humala. ¡Ya hay que parar esto!
Ya pasado todo este tumulto, creo que hay que dejarnos de mirar hacia dentro y observar lo que está pasando a nivel internacional.
Estados Unidos se encuentra en la disyuntiva de ampliar su capacidad de endeudamiento. Hasta hoy el Congreso de ese país, específicamente los republicanos, no habían dado el pase a una iniciativa para poder ampliar esta capacidad. ¿Qué es importante en todo esto? Que sin ese dinero extra Estados Unidos no podría cumplir con el pago de sus Bonos del Tesoro, es decir, de los documentos más seguros del mundo. La otra opción es que Estados Unidos diga que no puede pagar, o sea, default.
¿Estados Unidos default? Si pues, eso es lo que está pasando afuera y si eso sucede la economía mundial ingresaría a un escenario que nadie se imaginó, con la mayor potencia del mundo incapaz de pagar su deuda y con la otra mayor potencia del mundo, o sea, China, incapaz de cobrar el dinero que le ha prestado a Estados Unidos. ¿Problemático, no?
Ya algo adelantó el presidente de Colombia luego de la reunión de Unasur, y economistas como Eduardo Morón y Bruno Seminario también han dicho algo al respecto. Hay que cuidarnos de una próxima recesión gringa y mundial.
Comienza el trabajo en serio.
Foto: Congreso de la República del Perú.
lunes, 25 de julio de 2011
Un desconocido llamado José
Encontramos un hombre tirado en la calle. Liliana y yo habíamos salido a buscar un restaurante para cenar cuando en la cuadra siguiente a la nuestra vimos que alguien yacía sobre la pista. A su lado se encontraban sus anteojos y un poco más allá una bolsa con panes. Evidentemente se había caído.
Le preguntamos qué le había pasado, y comenzó a balbucear algo. Le entendí que la casa que teníamos al frente era la suya y que deseaba que le alcanzáramos sus anteojos. Se los alcancé y se los puse ya que él no atinaba a hacerlo. Al acercarme me di cuenta que el hombre había bebido, y que evidentemente su lamentable estado se debía a los efectos del alcohol.
Ya para ese momento había logrado sentarse sobre la pista y una vecina -que salió al vernos junto a él- nos ayudó a ponerlo de pie. El vigilante de la cuadra también se acercó y nos dijo que hace unos momentos lo había dejado sentado en la vereda frente a su casa, sus llaves habían desaparecido y por ello no podía ingresar. Sólo le quedaba esperar a que una chica a la que le alquilaba una parte de su casa llegara para abrile la puerta.
El hombre me dijo que se llamaba José, al igual que yo, y que era funcionario de un ministerio. Al palpar sus bolsillos para buscar sus llaves no las encontramos pero sí hayamos pastillas contra la depresión. Me asusté un poco al pensar que podrían hacerle daño en combinación con el alcohol que le llenaba entonces el aliento.
Pero el vigilante nos dijo que no nos preocupáramos, que era habitual que el señor José llegara embriagado y buscara discutir con las personas. Pero no discutió con nosotros. Simplemente me apretó la mano -que sentía muy fría- y nos agradeció que nos hubiéramos acercado a ayudarle. Quería entrar a su casa.
«No puede señor, tiene que esperar a que alguien llegue con la llave», le dije. Siguió balbuceando, diciendo que quería entrar a su casa, que esa -señalando la pared verde limón frente a nosotros- era su hogar, pero que no había nadie ahí. Ningún familiar, ninguna esposa, o hijos que lo asistieran.
Estaba vestido con saco y corbata pero el polvo que lo cubría le infería un aspecto de desamparo. Su pronunciada calvicie, su bigote y sus anteojos me hicieron recordar la vieja imagen que tenía de uno de mis profesores de colegio. Quizás por eso me conmovio aún más su situación.
«Déjelo señor, ahí nomás», me dijo el vigilante. Su vecina ya se había retirado a su casa. Lo dejamos ahí, junto a su puerta, esperando que el vigilante lo cuidara en esa fria noche de invierno limeño.
En ese momento me dio miedo la soledad.
Le preguntamos qué le había pasado, y comenzó a balbucear algo. Le entendí que la casa que teníamos al frente era la suya y que deseaba que le alcanzáramos sus anteojos. Se los alcancé y se los puse ya que él no atinaba a hacerlo. Al acercarme me di cuenta que el hombre había bebido, y que evidentemente su lamentable estado se debía a los efectos del alcohol.
Ya para ese momento había logrado sentarse sobre la pista y una vecina -que salió al vernos junto a él- nos ayudó a ponerlo de pie. El vigilante de la cuadra también se acercó y nos dijo que hace unos momentos lo había dejado sentado en la vereda frente a su casa, sus llaves habían desaparecido y por ello no podía ingresar. Sólo le quedaba esperar a que una chica a la que le alquilaba una parte de su casa llegara para abrile la puerta.
El hombre me dijo que se llamaba José, al igual que yo, y que era funcionario de un ministerio. Al palpar sus bolsillos para buscar sus llaves no las encontramos pero sí hayamos pastillas contra la depresión. Me asusté un poco al pensar que podrían hacerle daño en combinación con el alcohol que le llenaba entonces el aliento.
Pero el vigilante nos dijo que no nos preocupáramos, que era habitual que el señor José llegara embriagado y buscara discutir con las personas. Pero no discutió con nosotros. Simplemente me apretó la mano -que sentía muy fría- y nos agradeció que nos hubiéramos acercado a ayudarle. Quería entrar a su casa.
«No puede señor, tiene que esperar a que alguien llegue con la llave», le dije. Siguió balbuceando, diciendo que quería entrar a su casa, que esa -señalando la pared verde limón frente a nosotros- era su hogar, pero que no había nadie ahí. Ningún familiar, ninguna esposa, o hijos que lo asistieran.
Estaba vestido con saco y corbata pero el polvo que lo cubría le infería un aspecto de desamparo. Su pronunciada calvicie, su bigote y sus anteojos me hicieron recordar la vieja imagen que tenía de uno de mis profesores de colegio. Quizás por eso me conmovio aún más su situación.
«Déjelo señor, ahí nomás», me dijo el vigilante. Su vecina ya se había retirado a su casa. Lo dejamos ahí, junto a su puerta, esperando que el vigilante lo cuidara en esa fria noche de invierno limeño.
En ese momento me dio miedo la soledad.
domingo, 12 de diciembre de 2010
El mal desarrollo
Recuerdo que muchas veces conversando con alguien siempre le decía que, a diferencia de Estados Unidos, aquí podíamos entrar a comer tranquilamente una hamburguesa a un Bembos sin el temor a que un desquiciado entrara al local con un arma y nos mate. Eso sólo ocurría en las películas o solo lo veíamos en los noticieros gringos. Lamentablemente, ese tipo de 'desarrollo' también ha llegado a nuestro país.
El viernes 3 de diciembre fue un día cinematográfico. Un demente armado con una pistola y dos bombas tomó el Banco Continental de Gamarra y movilizó a una cantidad increíble de policías vestidos a la usanza de la SWAT (Special Weapons And Tactics) estadounidense. La noticia la escuché por primera vez en un taxi y al enterarme de que se trataba de un hombre sólo rápidamente caí en la cuenta de que se trataba de un loco. ¿Cómo una sola persona va a asaltar un banco? Ya en la casa me enteré que el objetivo nunca fue el asalto sino la toma de rehenes y la petición de demandas sin sentido.
El tipo estaba loco. Y ciertamente no es novedad que haya locos en el país -después de todo, gracias a la decidia de las autoridades, podemos ver a muchos de ellos deambulando por las calles- sino que uno de ellos haya tomado un banco, esté armado (con licencia) y amenace con hacer estallar dos bombas. Lo peor de todo, como en película hollywoodense, es que tenía instrucción militar y, por tanto, sabía manejar los dispositivos que había llevado consigo.
Un loco con instrucción militar y armado, ¿no les recuerdan varias películas? Además, la forma en que se vistió Ruiz Wilfredo Ninasqui se parece bastante a los secuestradores de películas como -salvando las distancias- Inside Man, que quizás haya visto.
Hasta ahora nos sentíamos seguros porque los locos y los pandilleros no tenían un acceso tan sencillo como el que tienes sus pares gringos a armas de fuego. Pero parece que eso está cambiando. Pandilleros con pistolas y locos con bombas son ahora también parte de las páginas policiales de los diarios de cincuenta céntimos.
¿Qué se puede inferir? Que se tiene que hacer algo por la salud mental de nuestro país, creo que es un sector poco atendido que en el futuro puede generar más de estos incidentes. Que las instituciones armadas tienen que hacer un control más efectivo de su personal y que la Discamec (que otorga las licencias para portar armas) tiene que ser mas cuidadosa de a quienes otorga los permisos.
Más dinero en el país no es suficiente. Tener mas plata en los bolsillos no nos va a hacer una sociedad más desarrollada sino tan solo mas consumista. Y creo que uno de los indicios de este fenómeno es que la Navidad, la conmemoración del nacimiento de Jesús por parte de los cristianos, está perdiendo su caracter espiritual y se está transformando en una euforia por el shopping.
Este es un mal camino de desarrollo, y creo que debemos enderezarnos antes de convertirnos en una sociedad que tiene una mano llena de dinero y la otra mostrando una pistola. No quisiera que el Perú tenga los vicios de la superpotencia del norte, solo sus bondades. Si es que se puede.
El viernes 3 de diciembre fue un día cinematográfico. Un demente armado con una pistola y dos bombas tomó el Banco Continental de Gamarra y movilizó a una cantidad increíble de policías vestidos a la usanza de la SWAT (Special Weapons And Tactics) estadounidense. La noticia la escuché por primera vez en un taxi y al enterarme de que se trataba de un hombre sólo rápidamente caí en la cuenta de que se trataba de un loco. ¿Cómo una sola persona va a asaltar un banco? Ya en la casa me enteré que el objetivo nunca fue el asalto sino la toma de rehenes y la petición de demandas sin sentido.
El tipo estaba loco. Y ciertamente no es novedad que haya locos en el país -después de todo, gracias a la decidia de las autoridades, podemos ver a muchos de ellos deambulando por las calles- sino que uno de ellos haya tomado un banco, esté armado (con licencia) y amenace con hacer estallar dos bombas. Lo peor de todo, como en película hollywoodense, es que tenía instrucción militar y, por tanto, sabía manejar los dispositivos que había llevado consigo.
Un loco con instrucción militar y armado, ¿no les recuerdan varias películas? Además, la forma en que se vistió Ruiz Wilfredo Ninasqui se parece bastante a los secuestradores de películas como -salvando las distancias- Inside Man, que quizás haya visto.
Hasta ahora nos sentíamos seguros porque los locos y los pandilleros no tenían un acceso tan sencillo como el que tienes sus pares gringos a armas de fuego. Pero parece que eso está cambiando. Pandilleros con pistolas y locos con bombas son ahora también parte de las páginas policiales de los diarios de cincuenta céntimos.
¿Qué se puede inferir? Que se tiene que hacer algo por la salud mental de nuestro país, creo que es un sector poco atendido que en el futuro puede generar más de estos incidentes. Que las instituciones armadas tienen que hacer un control más efectivo de su personal y que la Discamec (que otorga las licencias para portar armas) tiene que ser mas cuidadosa de a quienes otorga los permisos.
Más dinero en el país no es suficiente. Tener mas plata en los bolsillos no nos va a hacer una sociedad más desarrollada sino tan solo mas consumista. Y creo que uno de los indicios de este fenómeno es que la Navidad, la conmemoración del nacimiento de Jesús por parte de los cristianos, está perdiendo su caracter espiritual y se está transformando en una euforia por el shopping.
Este es un mal camino de desarrollo, y creo que debemos enderezarnos antes de convertirnos en una sociedad que tiene una mano llena de dinero y la otra mostrando una pistola. No quisiera que el Perú tenga los vicios de la superpotencia del norte, solo sus bondades. Si es que se puede.
domingo, 12 de septiembre de 2010
Recuerdos del 11 de setiembre
Es increible que hayan pasado ya tantos años, pero el recuerdo se mantiene. El 11 de setiembre es una de esas historias que nunca acabarán porque no nos cansaremos de recordar la tragedia que vimos en directo. Así somos las personas, recordamos los momentos traumáticos con mayor facilidad que aquellos ratos en los que fuimos felices.
Lo peor de todo es que la tragedia tuvo consecuencias fatales. No solo murieron esas tres mil personas que desafortunadamente se encontraban en esas torres aquella mañana sino que el ataque sirvió de excusa para que George Bush decidiera atacar un país que no se encontraba directamente involucrado en el tema. Fue el inicio de una época caracterizada por la Patriot Act en la que Estados Unidos retrocedió a las peores épocas del Macartismo del siglo pasado, en donde los estadounidenses llegaron a temer a su propio gobierno. Fue el momento de inicio para que muchos hombres y mujeres fueran, de nuevo, a morir lejos de su país con la excusa de combatir el terrorismo internacional y liberar a una nación de un sanguinario dictador, Saddam Hussein (que fue puesto ahí en primer lugar por Estados Unidos).
Los 'gringos' finalmente se han retirado de Irak, luego de tratar de asegurar que el país recorriera el camino de la democracia, y que sus compañías petroleras se instalaran en esa parte del mundo. Osama Bin Laden no ha sido capturado, y son muchos los soldados que dejaron su vida creyendo firmemente que luchaban por su país, o quizás no.
Lean a Bob Woodward y su "Bush en Guerra" para que tengan luces sobre lo que se puede hacer cuando uno cree tener todo el poder del mundo, y la bendición de Dios. Vean tambien la película de Michael Moore, "Fahrenheit 9/11" para entender el otro lado de la historia. Y vean la escena final de la película "Munich" de Steven Spielberg para entender que la violencia no resuelve las cosas.
Lo peor de todo es que la tragedia tuvo consecuencias fatales. No solo murieron esas tres mil personas que desafortunadamente se encontraban en esas torres aquella mañana sino que el ataque sirvió de excusa para que George Bush decidiera atacar un país que no se encontraba directamente involucrado en el tema. Fue el inicio de una época caracterizada por la Patriot Act en la que Estados Unidos retrocedió a las peores épocas del Macartismo del siglo pasado, en donde los estadounidenses llegaron a temer a su propio gobierno. Fue el momento de inicio para que muchos hombres y mujeres fueran, de nuevo, a morir lejos de su país con la excusa de combatir el terrorismo internacional y liberar a una nación de un sanguinario dictador, Saddam Hussein (que fue puesto ahí en primer lugar por Estados Unidos).
Los 'gringos' finalmente se han retirado de Irak, luego de tratar de asegurar que el país recorriera el camino de la democracia, y que sus compañías petroleras se instalaran en esa parte del mundo. Osama Bin Laden no ha sido capturado, y son muchos los soldados que dejaron su vida creyendo firmemente que luchaban por su país, o quizás no.
Lean a Bob Woodward y su "Bush en Guerra" para que tengan luces sobre lo que se puede hacer cuando uno cree tener todo el poder del mundo, y la bendición de Dios. Vean tambien la película de Michael Moore, "Fahrenheit 9/11" para entender el otro lado de la historia. Y vean la escena final de la película "Munich" de Steven Spielberg para entender que la violencia no resuelve las cosas.
sábado, 14 de agosto de 2010
No es tristeza, es reflexión
No nos quisieron dar pena sino alegría. Los niños de la Teletón de este año aparecieron ahora en un spot comercial en el que usando los musculosos brazos del Capitán América ocultaban un par de muletas, o superponiendo un disfraz de escarabajo o submarino tapaban su silla de ruedas. Cambiaron así la expresión que naturalmente nos brotaría en el rostro por una sonrisa o quizás por una expresión de sorpresa. Luego una lluvia de aparente confeti nos revelería que el objetivo del esfuerzo era recordarnos que hoy era la Teletón.
Es un buen comercial, pero ello no nos debe hacer olvidar que detrás de él se encuentra una institución que todo los días tiene que lidiar con la tristeza. A la clínica San Juan de Dios acuden padres de familia que no cuentan con el dinero necesario para llevar a sus hijos a una clínica privada, y que solo se pueden dar el 'lujo' de gastar unos cuantos soles en la cura de sus niños.
¿Cuántos soles? Seis nuevos soles (2.11 dólares) por sesión. El precio de una entrada a un cine popular, de un sandwich en un local de precios medios, de seis pasajes en una combi; en general, una 'nada' en comparación con las cifras que mucha gente suele gastar en frivolidades.
Ya en plena Teletón Laura Borlini entrevistó a la madre de uno de los niños que aparecen en las imágenes del comercial, un chico que nació con daño cerebral, y al que tendría que llevar cuatro veces a la semana a la clínica para estimular su cura. En total tendría que gastar 24 soles a la semana en sesiones o un poco menos de 100 soles al mes para seguir con su tratamiento, y sin embargo, aquella pobre mujer dijo que durante seis meses interrumpió el tratamiento porque no tenía el dinero.
¿Te sientes triste ahora? No es cuestión de sentirse triste sino de reflexionar sobre la calidad de vida que deseamos como sociedad. La solidaridad no debe perderse como una de nuestras virtudes, el despegue económico no solo debe servirnos para estar mejor sino también para ayudar a los otros.
Confieso que no he hecho lo suficiente yo mismo, pero me alegra que estos momentos me hagan reflexionar en cuanto a mi participación en actividades solidarias. No debe ser solo la emoción del momento, sino parte de nuestra forma de vida. Y creo que todos los que lean estas líneas sabrán como ayudar a quien lo necesita desde sus respectivas actividades. No solo es cuestión de dinero, también lo es de nuestro tiempo, nuestras habilidades y de las personas a quienes podemos acudir.
Mañana ya no será la Teletón, pero estoy seguro que hay mucha gente en muchos lugares a los que podemos seguir ayudando todos los días del año, todos los años.
Es un buen comercial, pero ello no nos debe hacer olvidar que detrás de él se encuentra una institución que todo los días tiene que lidiar con la tristeza. A la clínica San Juan de Dios acuden padres de familia que no cuentan con el dinero necesario para llevar a sus hijos a una clínica privada, y que solo se pueden dar el 'lujo' de gastar unos cuantos soles en la cura de sus niños.
¿Cuántos soles? Seis nuevos soles (2.11 dólares) por sesión. El precio de una entrada a un cine popular, de un sandwich en un local de precios medios, de seis pasajes en una combi; en general, una 'nada' en comparación con las cifras que mucha gente suele gastar en frivolidades.
Ya en plena Teletón Laura Borlini entrevistó a la madre de uno de los niños que aparecen en las imágenes del comercial, un chico que nació con daño cerebral, y al que tendría que llevar cuatro veces a la semana a la clínica para estimular su cura. En total tendría que gastar 24 soles a la semana en sesiones o un poco menos de 100 soles al mes para seguir con su tratamiento, y sin embargo, aquella pobre mujer dijo que durante seis meses interrumpió el tratamiento porque no tenía el dinero.
¿Te sientes triste ahora? No es cuestión de sentirse triste sino de reflexionar sobre la calidad de vida que deseamos como sociedad. La solidaridad no debe perderse como una de nuestras virtudes, el despegue económico no solo debe servirnos para estar mejor sino también para ayudar a los otros.
Confieso que no he hecho lo suficiente yo mismo, pero me alegra que estos momentos me hagan reflexionar en cuanto a mi participación en actividades solidarias. No debe ser solo la emoción del momento, sino parte de nuestra forma de vida. Y creo que todos los que lean estas líneas sabrán como ayudar a quien lo necesita desde sus respectivas actividades. No solo es cuestión de dinero, también lo es de nuestro tiempo, nuestras habilidades y de las personas a quienes podemos acudir.
Mañana ya no será la Teletón, pero estoy seguro que hay mucha gente en muchos lugares a los que podemos seguir ayudando todos los días del año, todos los años.
miércoles, 2 de junio de 2010
Hace un año
Quizás suene muy trillado decirlo, pero ¡qué rápido que pasa el tiempo! El pasado jueves fue la fecha oficial del primer aniversario de CIO Perú y realmente me ha sorprendido que ya haya transcurrido un año desde que comenzó esta aventura periodística.
Ha sido todo un cambio. De escribir en una revista mensual pasé a un portal que se refresca diariamente y que lanza un boletín semanal en el que debo incluir algo así como un 'informe central'. Lo que hacía antes en un mes ahora casi lo debo hacer semanalmente, ha sido todo un reto y me ha servido para aprender a manejar mejor mi tiempo. Es más trabajo pero los rigores que impone la nueva periodicidad del medio no me ha afectado como pensaba. Quizás es porque disfruto de la ventaja del teletrabajo y me puedo alejar de los espantosos congestionamientos de las horas pico.
Recuerdo que antes debía soportar casi toda la longitud de la Av. Javier Prado para llegar a la revista en La Molina. Una vez a la ida, y otra a la vuelta. Y ello sin tomar en cuenta que casi todas las comisiones eran hacia San Isidro o Miraflores. Lo peor se produjo cuando Lima se encontraba en plena reconstrucción para el ALC-UE y luego para el APEC. ¿Recuerdan?
Gracias a Dios, esos días ya han quedado atrás. No solo por la culminación de algunas obras sino porque el teletrabajo me permite obviar, en muchos casos, el problema del tránsito.
A pesar de ello, en ocasiones, extraño esos largos recorridos. Alguna vez me animé a visitar a los chicos de la revista, y me volví a sentar en mi sitio y conversar con mis amigos como si aún laborara ahí. Fueron momentos que me hicieron sentir bien, pues en verdad la revista representó una parte importante de mi vida laboral, y los amigos que ahí hice una parte apreciada de mi vida personal.
Aún los veo, pero en sus casas. Ya no podré regresar a esa que fue la última oficina de la revista en la que yo trabajé. Mis amigos me han dicho que se han mudado a otro local. Ya no sería lo mismo, ya no podría volver a sentarme en "mi" sitio.
Con la revista pasé por tres mudanzas, siempre cargando con mis cosas, con mi PC, con mis papeluchos que sólo yo entendía. Algunas fueron más complicadas que otras, pero siempre nos llamaba la atención el saber cómo era el nuevo local, dónde nos tocaría colocar nuestro escritorio.
Todo eso se fue.
Ahora mi escritorio es mi casa. Me reúno con mi jefa para coordinar los contenidos y escribir los artículos. Ya hace un año de ello y siento como que recién comenzáramos, como si el tiempo no hubiera pasado desde la primera semana que nos reunimos y decidimos los temas.
Las reuniones son agradables, con una tasa de café de por medio y charlando además de cómo nos fue en nuestras vidas no profesionales.
He conocido más personas, más empresas y más formas de contar una historia. El entorno ha cambiado y también los amigos pero no me siento tan apartado como pensé que estaría cuando acepté teletrabajar. El Facebook y el Twitter me han servido para ello. Incluso he conocido extraordinarias personas a través de este medio, y no solo virtualmente sino en forma 'presencial', como se diría ahora.
Veo menos televisión y leo más blogs. Realizo entrevistas por el Skype y asisto a 'conferencias web', me nutro de lo que otros 'postean' y espero que otros hagan lo propio con mis contenidos.
Mi vida ha cambiado, pero no de la forma en que temí que pudiera pasar. Mi primer año ha sido maravilloso y por ello agradezco a todos los que han ayudado a que así sea.
Ha sido todo un cambio. De escribir en una revista mensual pasé a un portal que se refresca diariamente y que lanza un boletín semanal en el que debo incluir algo así como un 'informe central'. Lo que hacía antes en un mes ahora casi lo debo hacer semanalmente, ha sido todo un reto y me ha servido para aprender a manejar mejor mi tiempo. Es más trabajo pero los rigores que impone la nueva periodicidad del medio no me ha afectado como pensaba. Quizás es porque disfruto de la ventaja del teletrabajo y me puedo alejar de los espantosos congestionamientos de las horas pico.
Recuerdo que antes debía soportar casi toda la longitud de la Av. Javier Prado para llegar a la revista en La Molina. Una vez a la ida, y otra a la vuelta. Y ello sin tomar en cuenta que casi todas las comisiones eran hacia San Isidro o Miraflores. Lo peor se produjo cuando Lima se encontraba en plena reconstrucción para el ALC-UE y luego para el APEC. ¿Recuerdan?
Gracias a Dios, esos días ya han quedado atrás. No solo por la culminación de algunas obras sino porque el teletrabajo me permite obviar, en muchos casos, el problema del tránsito.
A pesar de ello, en ocasiones, extraño esos largos recorridos. Alguna vez me animé a visitar a los chicos de la revista, y me volví a sentar en mi sitio y conversar con mis amigos como si aún laborara ahí. Fueron momentos que me hicieron sentir bien, pues en verdad la revista representó una parte importante de mi vida laboral, y los amigos que ahí hice una parte apreciada de mi vida personal.
Aún los veo, pero en sus casas. Ya no podré regresar a esa que fue la última oficina de la revista en la que yo trabajé. Mis amigos me han dicho que se han mudado a otro local. Ya no sería lo mismo, ya no podría volver a sentarme en "mi" sitio.
Con la revista pasé por tres mudanzas, siempre cargando con mis cosas, con mi PC, con mis papeluchos que sólo yo entendía. Algunas fueron más complicadas que otras, pero siempre nos llamaba la atención el saber cómo era el nuevo local, dónde nos tocaría colocar nuestro escritorio.
Todo eso se fue.
Ahora mi escritorio es mi casa. Me reúno con mi jefa para coordinar los contenidos y escribir los artículos. Ya hace un año de ello y siento como que recién comenzáramos, como si el tiempo no hubiera pasado desde la primera semana que nos reunimos y decidimos los temas.
Las reuniones son agradables, con una tasa de café de por medio y charlando además de cómo nos fue en nuestras vidas no profesionales.
He conocido más personas, más empresas y más formas de contar una historia. El entorno ha cambiado y también los amigos pero no me siento tan apartado como pensé que estaría cuando acepté teletrabajar. El Facebook y el Twitter me han servido para ello. Incluso he conocido extraordinarias personas a través de este medio, y no solo virtualmente sino en forma 'presencial', como se diría ahora.
Veo menos televisión y leo más blogs. Realizo entrevistas por el Skype y asisto a 'conferencias web', me nutro de lo que otros 'postean' y espero que otros hagan lo propio con mis contenidos.
Mi vida ha cambiado, pero no de la forma en que temí que pudiera pasar. Mi primer año ha sido maravilloso y por ello agradezco a todos los que han ayudado a que así sea.
lunes, 26 de abril de 2010
Una buena semana
La semana anterior fue de bastante trabajo. Básicamente porque era la semana del evento de CIO, pero también porque se juntaron reuniones y comisiones como en ninguna otra ocasión.
Lo extraño del caso es que no me siento tan cansado como esperaba. Ya va a ser prácticamente un año desde que partí de la revista y creo que ya me he acostumbrado completamente al nuevo ritmo de trabajo. Realmente no me lo esperaba.
La revista era mensual y ello me daba un par de semanas para preparar los artículos. El portal en cambio es diario en sus noticias y semanal en sus artículos por lo que en teoría hago cuatro veces más cosas que las que hacía cuando me encontraba en la revista. Debería estar cuatro veces más cansado pero no es así.
Creo que mucho tiene que ver el hecho de que trabajo desde la casa y así me ahorro el diario trajín de ir por toda la Javier Prado hasta la oficina, de ida y de vuelta. El tráfico ha empeordado en Lima y estoy seguro que de haberme quedado en la revista tendría ya cientos de horas acumuladas como pérdida de tiempo por el tráfico.
Pero también creo que mi 'no cansancio' se debe a que necesitaba un cambio. Más de una década en cualquier trabajo ahora parece una eternidad, aunque para nuestros abuelos eso era lo más normal del mundo. Recuerdo que cuando celebrábamos un aniversario de la Universidad vimos como a un grupo de trabajadores les realizaban un pequeño homenaje por sus 35 años de servicios a la institución. ¿Dentro de 30 años me harán algo así?, pensé.
No estaré ahí para averiguarlo. Salí con cinco años en esa institución y 12 acumulados en la revista, creo que fueron suficientes.
Realmente no sé si es conveniente o no quedarse mucho tiempo en un trabajo. Creo que mientras uno se sienta bien con lo que hace puede quedarse pues es también una forma de ser mejor. Esos trabajadores con 35 años de labor son un extremo, mientras que los que cambian prácticamente cada año de trabajo son el otro. En el medio hay espacio para todos.
No sé cuánto me quedaron en CIO, ni tampoco me pongo a pensar en ello. Es un medio joven que va a seguir creciendo, recién se acerca a su primer año y siempre es más emocionante ver los primeros pasos de una criatura. Seguro me quedaré hasta que camine bien, hasta que corra y gane todas las carreras en las que se involucre; de hecho, ya lo está haciendo.
Me quedaré ahí hasta que sienta que ya no puedo aportar más (o que alguien me lo diga). Pero por lo pronto ello parece algo muy lejano. Me siento bien aquí, muy bien.
Lo extraño del caso es que no me siento tan cansado como esperaba. Ya va a ser prácticamente un año desde que partí de la revista y creo que ya me he acostumbrado completamente al nuevo ritmo de trabajo. Realmente no me lo esperaba.
La revista era mensual y ello me daba un par de semanas para preparar los artículos. El portal en cambio es diario en sus noticias y semanal en sus artículos por lo que en teoría hago cuatro veces más cosas que las que hacía cuando me encontraba en la revista. Debería estar cuatro veces más cansado pero no es así.
Creo que mucho tiene que ver el hecho de que trabajo desde la casa y así me ahorro el diario trajín de ir por toda la Javier Prado hasta la oficina, de ida y de vuelta. El tráfico ha empeordado en Lima y estoy seguro que de haberme quedado en la revista tendría ya cientos de horas acumuladas como pérdida de tiempo por el tráfico.
Pero también creo que mi 'no cansancio' se debe a que necesitaba un cambio. Más de una década en cualquier trabajo ahora parece una eternidad, aunque para nuestros abuelos eso era lo más normal del mundo. Recuerdo que cuando celebrábamos un aniversario de la Universidad vimos como a un grupo de trabajadores les realizaban un pequeño homenaje por sus 35 años de servicios a la institución. ¿Dentro de 30 años me harán algo así?, pensé.
No estaré ahí para averiguarlo. Salí con cinco años en esa institución y 12 acumulados en la revista, creo que fueron suficientes.
Realmente no sé si es conveniente o no quedarse mucho tiempo en un trabajo. Creo que mientras uno se sienta bien con lo que hace puede quedarse pues es también una forma de ser mejor. Esos trabajadores con 35 años de labor son un extremo, mientras que los que cambian prácticamente cada año de trabajo son el otro. En el medio hay espacio para todos.
No sé cuánto me quedaron en CIO, ni tampoco me pongo a pensar en ello. Es un medio joven que va a seguir creciendo, recién se acerca a su primer año y siempre es más emocionante ver los primeros pasos de una criatura. Seguro me quedaré hasta que camine bien, hasta que corra y gane todas las carreras en las que se involucre; de hecho, ya lo está haciendo.
Me quedaré ahí hasta que sienta que ya no puedo aportar más (o que alguien me lo diga). Pero por lo pronto ello parece algo muy lejano. Me siento bien aquí, muy bien.
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