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viernes, 14 de marzo de 2014

Cinco veces presidente

A los 18 años el registrador de la municipalidad me preguntó “¿grado de instrucción?” y yo, todo pavo, le respondí “superior”, orgullosamente, al inscribirme en el registro electoral. En esos tiempos no existía el DNI así que uno debía solicitar una Libreta Electoral ya que ese era nuestro documento de identificación.

El funcionario me pidió luego mi carnet universitario para confirmar mi respuesta, y yo saqué lentamente de mi billetera el cartoncito de color rosado que demostraba mi pertenencia al club.

En ese momento no me di cuenta pero acababa de cometer un error. Mi honestidad –y un poco de vanidad– jugó en mi contra en esos momentos pues para las siguientes cinco elecciones fui seleccionado como miembro de mesa. Presidente de mesa, para ser exacto.

Aunque a muchos no les agrada la idea de dedicar todo un día al proceso electoral, puedo decir que ser presidente de mesa tuvo sus aspectos positivos. No todo fue malo, como se podría pensar. Por supuesto, uno ‘pierde’ todo el día –todo un domingo– pero también gana conocimientos sobre los mecanismos de la democracia peruana. Además, los domingos que pasé sentado en una mesita junto a dos extraños y una pila de formularios por llenar fueron días de curiosas anécdotas que valen la pena recordar.

La que siempre viene a mi mente fue la de un experimento que me permití realizar para comprobar cuál era el compromiso de los ‘personeros’ hacia su agrupación política. Como presidente de mesa era mi obligación recibir a los personeros, pedirles la carta de identificación de su grupo y, al final de la votación, darles una copia del acta de votación; con los resultados, obviamente.

Como sospechaba que la mayoría de estas personas iban a la votación por hacerle el favor o congraciarse con alguien decidí comprobar si al menos sabían a qué agrupación estaban representando.

Cuando llegaba uno de estos personajes le pedía su carta de presentación y luego les preguntaba “¿a qué agrupación representas?” La mayoría me respondía “ahí en la carta dice”. Y yo les insistía “sí, pero quiero que tú me digas a qué partido representas”. “No me acuerdo”, me respondían avergonzados varios de ellos. El secretario y el tercer miembro de mesa sonreían y recuerdo que alguno incluso me dijo en voz baja “que malo que eres”.

Quizás era malo, pero ciertamente me sentía mal que la política del país estuviera en manos de personas que evidentemente no les interesaba el tema, que estaban ahí, como dije antes, por cumplir con un favor.

Luego de ese encuentro poco amistoso la relación mejoraba. Aquellos personeros que llegaban desde el inicio del día de votación se quedaban todo el día junto a nosotros y, como era de esperar, conversábamos durante los tiempos muertos del proceso electoral.

Algunos eran personeros ante más de una mesa, así que circulaban entre sus distintos puntos de supervisión. Otros se quedaban en una sola mesa y con ellos se podía conversar durante todo el proceso. Por supuesto, también asistían aquellos que simplemente se sentaban a un lado, con la mirada como perdida, a esperar que pasen las horas para recibir el acta de la votación.

Con estas personas recuerdo haber conversado de muchos temas durante muchas horas, especialmente en los momentos posteriores al almuerzo, los cuales, tradicionalmente, eran los de menor tránsito por la mesa. Además, en esos tiempos no había celulares o dispositivos portátiles similares, así que uno no podía escapar del aburrimiento mirando una pantallita. Antes del Facebook y el Twitter no te quedaba otra que conversar con quienes tenías al lado.

Adicionalmente, si el gobierno decretaba la ampliación del horario de votación –para que nadie dejara de cumplir con su deber electoral– no quedaba otra que seguir esperando a que pasen las horas y seguir conversando de algo, de cualquier cosa.

Así pasaron cinco procesos electorales en los que me hice muy conocido –no creo haber llegado a amigo– de los otros miembros de mesa y de los votantes de mi grupo. “¿Es presidente de nuevo?”. “Si pues”, les contestaba.

Luego de esas cinco ocasiones ya no me volvieron a llamar. Otros tomaron mi lugar y, al principio, seguían recordándome cuando me acercaba a ellos para votar.

Las personas que reconocía en la fila de votación, con los años, dejaron de venir y aparecieron otras. Con el tiempo dejamos de ser esa ‘promoción’ de jovencitos que crecíamos por igual en cada votación; la mesa se comenzó a poblar de personas que no correspondían a nuestro rango de edad, que no eran los originales compañeros de fila que conocimos, y con ello se comenzó a perder la sensación de comunidad que tuvimos los primeros años.

Esas cinco primeras elecciones representaron para mí un inicio poco convencional de mi vida electoral. A pesar de ello, y aunque suene raro, me gustó dirigir la mesa, creo que lo volvería hacer.

lunes, 25 de julio de 2011

Un desconocido llamado José

Encontramos un hombre tirado en la calle. Liliana y yo habíamos salido a buscar un restaurante para cenar cuando en la cuadra siguiente a la nuestra vimos que alguien yacía sobre la pista. A su lado se encontraban sus anteojos y un poco más allá una bolsa con panes. Evidentemente se había caído.

Le preguntamos qué le había pasado, y comenzó a balbucear algo. Le entendí que la casa que teníamos al frente era la suya y que deseaba que le alcanzáramos sus anteojos. Se los alcancé y se los puse ya que él no atinaba a hacerlo. Al acercarme me di cuenta que el hombre había bebido, y que evidentemente su lamentable estado se debía a los efectos del alcohol.

Ya para ese momento había logrado sentarse sobre la pista y una vecina -que salió al vernos junto a él-  nos ayudó a ponerlo de pie. El vigilante de la cuadra también se acercó y nos dijo que hace unos momentos lo había dejado sentado en la vereda frente a su casa, sus llaves habían desaparecido y por ello no podía ingresar. Sólo le quedaba esperar a que una chica a la que le alquilaba una parte de su casa llegara para abrile la puerta.

El hombre me dijo que se llamaba José, al igual que yo, y que era funcionario de un ministerio. Al palpar sus bolsillos para buscar sus llaves no las encontramos pero sí hayamos pastillas contra la depresión. Me asusté un poco al pensar que podrían hacerle daño en combinación con el alcohol que le llenaba entonces el aliento.

Pero el vigilante nos dijo que no nos preocupáramos, que era habitual que el señor José llegara embriagado y buscara discutir con las personas. Pero no discutió con nosotros. Simplemente me apretó la mano -que sentía muy fría- y nos agradeció que nos hubiéramos acercado a ayudarle. Quería entrar a su casa.

«No puede señor, tiene que esperar a que alguien llegue con la llave», le dije. Siguió balbuceando, diciendo que quería entrar a su casa, que esa -señalando la pared verde limón frente a nosotros- era su hogar, pero que no había nadie ahí. Ningún familiar, ninguna esposa, o hijos que lo asistieran.

Estaba vestido con saco y corbata pero el polvo que lo cubría le infería un aspecto de desamparo. Su pronunciada calvicie, su bigote y sus anteojos me hicieron recordar la vieja imagen que tenía de uno de mis profesores de colegio. Quizás por eso me conmovio aún más su situación.

«Déjelo señor, ahí nomás», me dijo el vigilante. Su vecina ya se había retirado a su casa. Lo dejamos ahí, junto a su puerta, esperando que el vigilante lo cuidara en esa fria noche de invierno limeño.

En ese momento me dio miedo la soledad.