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domingo, 6 de abril de 2014

Poesía en la noche

Cuando llegamos, Delfina Paredes estaba declamando. Mi novia me había convencido de ir al Parque Salazar en Miraflores a ver el Día de las Palabras, una reunión en la que cualquiera, libremente, podía salir al estrado a declamar algún poema de Vallejo.

Delfina Paredes
Los organizadores habían habilitado un pequeño escenario sobre el cual las personas tomaban el micrófono y podía leer o recitar de memoria los poemas. Delfina Paredes, conocidísima actriz, estaba leyendo un poema con la maestría que le daban sus años de actuación en el teatro. Por un momento, me sentí intimidado pues nunca había leído un poema en público, es más, sólo las actuaciones en las que salía disfrazado en el colegio contaban como experiencia ante una audiencia desconocida.

Gracias a Dios, sólo iba en calidad de acompañante, recordé; era Liliana la que deseaba leer alguno de los poemas del gran vate. Respiré aliviado.

Nos sentamos a un lado y a lo lejos vimos a Karen, antigua amiga de mis épocas de trabajo en la revista, y ex compañera de trabajo de Liliana. Ella formaba parte del grupo organizador del Ministerio de Cultura y, como la vimos en medio de tantas personas, nos limitamos al saludo a la distancia. Cuando estuviera menos ocupada nos acercaríamos.

Estatua viva de Vallejo
En las afueras del ambiente un mimo invitaba, cartel en mano, a que los transeúntes ingresen a oír los poemas o, si se animaban, a recitar alguno de ellos. En una banca, al lado del ‘escenario’ un Vallejo-estatua viva se sentaba completamente dorado para darle un toque más poético a la velada.

Nos sentamos a uno de los lados luego de ver que la primera fila de asientos mostraban cartelitos que decían “reservado”. Por ello estaban vacíos. Las filas siguientes estaban medio llenas, con personas que se encontraban sentadas al inicio de cada fila, haciendo difícil el acceso al medio del lugar.

Al estar sentados a un lado veíamos que un poco más adelante se encontraba un grupo de personas con papeles en sus manos, leyendo, haciendo gestos como si declamaran ante el público. Nos dimos cuenta que era la cola para aquellos que iban a declamar algún poema. Las personas llegaban y se les proporcionaba un papel con la poesía vallejiana que iba a leer. Otros, al parecer, llevaban sus propios libros, mientras que los más jóvenes tenían en la mano sus smartphones. Vallejo también se encontraba en sus pantallas.

De ese grupo una de las chicas se nos acercó. “¿No quieren pasar a recitar un poema?”, nos preguntó. “No aún no, vamos a ver”, le respondimos.

Los participantes seguían pasando y cada vez que alguien de renombre subía lo presentaban primero. Los otros se presentaban solos. Algunos sólo decían su nombre, otros agradecían la oportunidad y lanzaban una especie de discurso. Gracias a Dios, nadie fue demasiado extenso con los previos.

Así pasó un autor que no conocía, e incluso un espontáneo que recitó de memoria –y con absoluta vehemencia– un poema que él mismo eligió.

Cuando llegó el turno de Fernando Ampuero me decidí a subir.

Me acerqué a Karen y ella me alcanzó un poema. Practiqué la lectura y luego de otro autor tocó mi turno.


No miré al público. Esperé que acomodaran el micrófono a mi altura –el autor era más alto que yo– y empecé a leer el poema. Colocaba uno de mis dedos para señalar la línea en la que me quedaba y así poder levantar la cabeza y ver al público, luego volvía donde me indicaba disimuladamente mi índice. Las palabras complejas –era un poema de Vallejo, recuerden– fluían y no me trababa con los acentos, me sentía bien. Levantaba la mirada y volvía al texto. Y así hasta que se acabaron las palabras. Sentí los aplausos y me sentí bien de haber aceptado la propuesta de Liliana.

Nunca antes había leído poesía al aire libre, frente a un grupo de desconocidos, junto a mi delgada.

miércoles, 8 de enero de 2014

Un extraño sueño

Estaba en el antiguo departamento en el que vivía con mis padres. Me encontraba en la sala y escuché que alguien tocaba a la puerta, me asomé por la ventana y vi que eran mis dos abuelos. Les abrí la puerta y ellos entraron con total normalidad. Mi madre huyó hacia su habitación llena de miedo pues mis abuelos habían muerto ya hace algunos años.

Mi abuela, ya dentro de la sala, me dijo “no te preocupes, vinimos porque tu abuelo quería saludarte”. No me sentí asustado a pesar de ver a mis dos abuelos fallecidos y la naturalidad con la que se comportaban me dio tranquilidad.

Entré al cuarto donde se encontraba mi mamá y la tranquilicé. Le dije que los abuelos habían venido porque querían saludarnos, sólo eso. Cuando salí nuevamente a la sala encontré a mi hermano, y él me repitió lo mismo. “Los abuelos han venido porque querían saludarte”, me dijo, sonriente.

Me sentí bien, tranquilo, en paz.

Me acerqué a los abuelos y mi abuela me dijo señalando con la mirada a mi abuelo. “Quiere saludarte”. Y vi que mi abuelo –que no había dicho nada– extendió los brazos y me hizo un gesto como indicándome que le abrazara.

Lo abracé y no sentí miedo, simplemente me desperté.

lunes, 19 de julio de 2010

El último de la base 3

Y pasó otro cumpleaños. No fue particularmente espectacular pero diría que fue el más 'social' que he tenido hasta el momento. Antes, recuerdo, me encontraba atento al correo electrónico porque era por esa vía que recibía la mayor parte de los saludos. Ahora ya no. El pasado jueves los amigos me saludaron a través del Facebook, mayoritariamente.

Otros escogieron un toque más personal llamando a mi celular, e incluso una de mis amigas me llamó exactamente a la medianoche del miércoles, como adivinando que me encontraba despierto a esas horas. A esa misma hora otra amiga me envió un correo electrónico, confiando en la velocidad de entrega del Gmail; y, por su puesto, Liliana me abrazó también a esa hora.

Fue sensacional, me sentí triplemente feliz porque recibí al mismo tiempo, y por tres vías distintas, el cariño de dos amigas y del amor de mi vida. Comencé así un nuevo año de mi existencia, el último de la base 3.

jueves, 1 de abril de 2010

Hora y media

Si el miércoles anterior a Semana Santa tuvieron la imperiosa necesidad de pasar por un banco seguro van a concordar conmigo.

Debido a esas cosas del destino y la economía tuve que pasar por una de las instituciones financieras más grandes de este país, de la cual no soy ‘cliente’. Ello en buena cuenta significaba que me esparaba una larga espera ya que sin duda el dichoso ‘sistema’ de tickets le iba a dar preferencia a los clientes del banco, y de entre éstos a los que tienen más dinero en él.

Eso fue lo que sucedió. El sistema en mención me catalogó como ‘nada’ (letra B) y me hizo esperar una hora y media mientras veía que los clientes VIP y los clientes comunes del banco pasaban frente a mí. El banco, además, tenía dos ventanillas asignadas para atender a los clientes ancianos, mujeres embarazadas o con niños, o personas discapacitadas.



En sus pantallas, mientras esperaba que el sistema anunciara mi número, puede ver una y mil veces como se hace un lomo saltado, las ventajas de ser cliente del banco y los gags de “Just for Laughs” y otras cosas más que seguro tienen toda la buena intención de relajarte, pero no lo lograban.

A mi lado una señora se exasperó y se fue casi maldiciendo al banco, simplemente no aguantó más. Otro ‘no cliente’ interceptó a una de las ‘colaboradoras’ de la institución que se limitó a decirle que “es el sistema, señor”, mientras que una mujer ‘no cliente’ con toda la frescura, o desesperación, del mundo invadió la ventanilla para discapacitados y se hizo atender.

Creo que el sistema esta concebido para dar un servicio diferenciado a los clientes. Sin embargo, también creo que una persona, sea cliente o no, no debería esperar más de media hora para pasar por una ventanilla, y creo además que ello fácilmente se puede establecer como una política del banco, y del ‘sistema’. Dar un mejor servicio a los VIP no debería implicar fastidiarle la tarde a los ‘no clientes’.

Aunque me pregunto: “Si realizo operaciones en ese banco, ¿no soy tambien un cliente?”

PD: El de la foto no soy yo... se nota, ¿no?

lunes, 29 de junio de 2009

Semana de Locos

Ha sido una semana particularmente difícil la que terminó ayer. Comenzó prácticamente con las primeras noticias de los homenajes que se le estaban preparando a Alberto Andrade para cuando llegaran sus restos. Los criollos se preparaban para darle jarana, como lo había pedido, cuando el jueves en la tarde, en un taxi, me entero que habían asesinado a Alicia Delgado.

Poco conocedor de ese medio, seguro puse cara de «¿quien es?» al taxista que me había contado la primicia. «Es la que estaba de pareja de Abencia Meza», me dijo, como para terminar de darme cuenta quién era el personaje.

«Que tal semana», pensé. Junto con Farrah Fawcett, Andrade y Delgado constituían el trio de personalidades que la tradición señala que se va al mas allá en fechas cercanas. Sin embargo, la tarde nos preparaba a todos una sorpresa. Horas después escuchaba en RPP que Michael Jackson había muerto. «Ahora sí que se completó la semana». Creo que nunca había pasado por algo similar, al menos no con tanto componente local.

Pero el fin de semana nos trajo más malas noticias. En un hecho verdaderamente tonto, por decir lo menos, un grupo de políticos hondureños, apoyados por las Fuerzas Armadas, sacaron a Manuel Zelaya, presidente de Honduras, de su casa en ropa de dormir y lo deportaron a Costa Rica, generando uno de esos golpes de Estado que pensábamos que habíamos superado en la región. Chavista a todas luces, deseaba realizar cambios a la constitución que le hubieran dado la oportunidad de volver a la presidencia; al menos eso afirman sus adversarios.

Salvo el caso de Andrade y Farrah Fawcett, quedan aún por resolver las verdaderas circunstancias de la muerte de Jackson, el asesinato cruel de Delgado y el problema político que se ha generado en Honduras.

Realmente, ha sido una semana de locos.

viernes, 4 de agosto de 2006

Conjuntivitis

Algun chistoso me puso un tarrito.
El pasado 15 de julio fue el primer cumpleaños que la pase enfermo. La conjuntivitis me tuvo loco por dos semanas y para colmo de males cayó justo encima de mi onomástico. El resultado fue un sábado en el que me la pasé escuchando el televisor (no lo podía ver obviamente) y tratando de adivinar que cosa me ponían delante para comer.

Por primera vez me di cuenta que tan importante es ver la comida para disfrutarla. Tan solo los cuidados de mi familia, el avance de la medicina y la buena voluntad de los amigos me hicieron pasar sin mayores apuros mi corto tiempo de ceguera. Algunos enajenados aprovecharon la situación para tomarme fotos indignas (que muestro como prueba) en la que dan a entender que mi enfermedad y los anteojos oscuros que llevaba puestos (y un tarrito que pusieron a mis pies) me hacían ver como esos invidentes que limosnean por el centro de Lima.

Felizmente ya todo pasó. Me tuve que desaparecer un par de semanas de los amigos y de la diversión –que en mi caso es ir al cine, nomás– pero voy a retomar mi vida cotidiana. Ya cerramos la edición y viene el fin de semana. Ya les contaré como me fue en mis Fiestas Patrias, pero les puedo ir adelantando que la pasé bien, con mi delgada en Huaraz…