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domingo, 5 de julio de 2009

Alicia y Michael por la Venezuela

Volviendo de comprar algunos artículos en el supermercado, paso de noche a lo largo de la Av. Venezuela junto con mi delgada y lo que vemos es una repetición casi al infinito de videos de Alicia Delgado y Michael Jackson.

Conciertos, reportajes, entrevistas, parece que los grandes mayoristas de la piratería han aprovechado el timing y han inundado el mercado con videos de los artistas fallecidos. ¿Por qué será que apreciamos a las personas cuando mueren? Hace mucho que no escuchaba una canción de Jacko en las radios, y hoy escuché "Thriller" incluso como fondo de mis compras en el Plaza Vea. La verdad a Alicia Delgado no la había escuchado mucho, y ahora escribo este post con uno de sus huaynos de fondo, cortesía de CPN.

Ha sido una semana marcada por los detalles escabrosos de la muerte de estas dos personas y parece que aún tenemos para largo. Parece que no nos basta saber que Michael murió por el abuso de medicamentos, sino que nos empecinamos en averiguar qué combinación de fármacos le fue fatal. Ahora sabemos cuánto pesaba al morir y hasta el hecho de que ya estaba atacado por la calvicie.

De Alicia sabemos el número exacto de puñaladas y las dimensiones del cuchillo con el que se la apuñaló. Determinamos que tuvo relaciones íntimas poco antes de su muerte y que probablemente estuvo envuelta en un triángulo amoroso con personas de su círculo íntimo.

Nos fascinamos con los detalles y calificamos como muy peligrosas las relaciones lesbianas cuando estas terminan, en un asolapado acto de homofobia.

Ha sido una semana en que noticieros y diarios, e incluso el Twitter, estuvieron lleno de estas noticias. Ojalá no tengamos que soportar otra semana así.

Felizmente ya no estoy solo. Mi delgada ha vuelto y con ella incluso la semana más pesada se soporta mejor. Al final de nuestra caminata vemos un poco de televisión, un poco de Discovery, para desconectarnos de la actualidad.

jueves, 2 de octubre de 2008

Adios al Metro Norte


No pense que iba a durar tanto, ni que su fin se iba a producir por un fallo judicial. Pensé que las personas no iban a entrar a comprar su víveres ahí, pudiendo hacerlo en sus mercados más económicos. Pensé que el Cono Norte –ahora Lima Norte– no se encontraba preparado para recibir a un supermercado, menos aún uno de dimensiones colosales. Pero me equivoqué.

El Metro de Panamericana Norte o Metro de Los Olivos prosperó cuando muchos de nosotros creíamos que quebraría al poco tiempo, víctima de una anemia financiera por falta de compradores. Era el primer establecimiento de la Lima moderna que se animaba a ingresar a un sector considerado de bajos ingresos y hasta marginal. Todas nuestras percepciones se equivocaron.

Hay que admitirlo, menospreciamos el desarrollo de esa Lima que no veíamos simplemente por el hecho de no vivir ahí. Los hermanos Wong nos mostraron que esos limeños –«de primera generación», como diría Chirinos Soto– también se encontraban hábidos de servicios de calidad, de locales grandes y arreglados, de variedad de ofertas en los productos que adquirían y que no sólo se encontraban urgidos de encontrar el precio más barato.

Ciertamente, los buscadores de precio barato son una población considerable de Lima Norte pero no es la única como más tarde nos terminó de convencer el Megaplaza. Frente al Metro poco a poco fueron apareciendo otros negocios, el primero de ellos fue un McDonald’s que también sorprendió por su éxito. Y luego más negocios aparecieron reunidos en torno a un minicentro comercial llamado Royal Plaza que esgrimía un Cineplanet y un patio de comidas como atractivo principal. Unos años despues y unas cuadras más allá nació el Megaplaza, obra sustentada en la investigación de Rolando Arellano que nos dice que hay otra Lima. El resto ya es historia conocida.

¿Alguna vez entraron a ese Metro? Probablemente, no. Era enorme, sólo ir de un extremo al otro hacía que te cansaras. La gran cantidad de público hacía también que la experiencia de compras fuera algo incómoda pero impresionante. Si deseabas algo de tranquilidad tenía una zona de comidas interna grande como todo lo que ahí se encontraba, y en el exterior los kioscos de bocaditos chinos, picarones, helados y demás aumentaban la oferta. Y todo rodeado de luces. De grandes luces que le daban vida a esa zona que antes era oscura.

Pase por ahí hace unos días. La oscuridad ha vuelto. Ya no hay taxis, compradores, espectáculos en el estacionamiento ni esa sensación de feria que el Metro le imprimía a la esquina de Yzaguirre con Panamericana, o simplemente «el Metro», lugar de reunión y referencia inequívoca del transporte público.

Lástima que algo que durante años creció hasta convertirse en un experimento exitoso haya encontrado su muerte en un escritorio.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Estrellas fugaces


«La fama puede ser como el perfume», dicen; «el que la tiene, no la siente». Sin embargo, estoy seguro que muchos buscan sentir esos llamados «15 minutos de fama», incluso en el atiborrado estacionamiento de un supermercado.

Eso fue lo que hayamos, mi delgada y yo, cuando fuimos a uno de los tantos Metro que ahora hay en Lima. Luego de comer los bocadillos chinos –que, en realidad, fue el motivo por el que fuimos al supermercado– nos percatamos que cerca de las exhibiciones de los animales de granja y a un lado del «Gusanito» había un grupo de gente reunida frente a una pantalla gigante escuchando cantar a un aficionado. En la pantalla las letras de la canción cambiaban de color sobre un fondo de imágenes de mares, bosques, familias, y similares. Era el karaoke que otras veces habíamos visto, pero algo nos parecía diferente.

Cuando hubo terminado la música el cantante dio paso a un animador que pidió aplausos para el hombre que había cantado medianamente bien una canción de esas que uno puede escuchar en radio «La Inolvidable». Pero luego presentó a la siguiente «concursante», una chica que prometía cantar una canción de Juan Gabriel. Sí, era un concurso de karaoke en pleno patio de estacionamiento, y la verdad, no nos habíamos fijado, la chica no vestía la ropa cotidiana que uno esperaría en una compradora de supermercado sino un vestido negro con adornos brillantes que la destacaban como cantante. Cantante de karaoke, pero artista al fin y al cabo.

Otra decena de concursantes se encontraban a un lado del escenario que, a diferencia de ocasiones anteriores, habían montado para el karaoke. No era mucho, un tabladillo adornado con telas y un pequeño reflector que le daba un toque especial al lugar. Los demás concursantes también se encontraban ataviados con ropa singular, como corresponde a un artista.

No lo hizo mal la chica. Canto esa que dice soy honesta con él y contigo; a él lo quiero y a ti te he olvidado… es conocidísima la canción pero no recuerdo el nombre.

Estaba a punto de ser mordaz y sarcástico en mis comentarios con Liliana, pero al verlos esforzándose y, sobre todo, pasándola bien me di cuenta que sería injusto menospreciar ese pequeño concurso y al grupo que participaba. Ciertamente, su fama no pasará del reducido número de gente que los veía en esos momentos, o de la foto que sus parientes y amigos les tomaban al cantar; pero se sentían bien, se les notaba.

También se notaba que, como todo artista, se alimentaban del aplauso de ese grupito de personas que los escuchaba cantar. Y creo que esa es una buena forma de pasar un sábado por la noche: comiendo bocaditos chinos y siendo (un poco) famoso en el estacionamiento de un supermercado.