Cuando vi pasar la procesión frente a mi casa no me atreví a salir. Había mucha gente, era de noche y a los pocos años que tenía entonces sólo me quedó observar por la ventana. Cristo se veía agonizante, adolorido y los rostros de mis vecinos –de mis vecinas, especialmente– denotaban algo de tristeza. Creo que no entendía la devoción o al menos no sabía cómo encontrarla en esos rostros tristes.
No entendía tampoco porque habían matado a Jesús. Después de todo, no hizo nada malo, de acuerdo a todas las películas que había visto entonces. Jesús era el héroe que ofrendaba su vida por nosotros, pero yo no entendía porqué. Si hubiese muerto sacando del fuego a alguien, o hubiese cambiado su vida a cambio de que los romanos no mataran a los judíos lo hubiese entendido más fácilmente. Pero nadie me explicó.
Sólo cuando crecí y –hay que decir la verdad– me lo explicaron unos amigos evangélicos, comprendí el algo intrincado mecanismo que hacía que su muerte nos salvara. Entonces lo comprendí, y también entendí porqué no me habían explicado nada de chico: no lo hubiera entendido.
Pero no sé si todos lo entienden, y no sé tampoco si es necesario que todos tengan un entendimiento teológico de lo que Jesús hizo. Yo lo necesitaba, pero mi mamá, por ejemplo, no. Ella simplemente cree y siento que en realidad ese es el mejor tipo de fe, quizás sea el único.
“Yo te creo si tú me dices algo”, me dice con sencillez mi mamá cuando conversamos sobre ‘religión’. Sí, quizás ella me crea todo lo que le digo pero estoy seguro que lo que yo pueda demostrarle no le movería ni un milímetro su fe.
Creo que debe ser bueno tener fe. Sobre todo en Dios.
viernes, 29 de marzo de 2013
martes, 26 de marzo de 2013
La leva
Recuerdo que me encontraba en un autobús rumbo a Huacho por la carretera Panamericana para una reunión. Iba con unos amigos de la universidad cuando repentinamente sentimos que el bus se había detenido, luego de unos instantes unos soldados ingresaron al bus y mirando a los rostros me escogieron a mí y a otro chico. “Bajen”, nos dijeron.
El que daba las órdenes aparentemente era un sargento, o algo así, y sin esperar ninguna respuesta se bajó del bus esperando que lo siguiéramos. Cuando bajé me acerqué a uno de los soldados, el que más ‘cara de buena gente’ tenía y le pregunté qué podía hacer. “¿Tienes un documento o algo de que hayas hecho servicio?”, me preguntó. “Sí”, le dije, y volví a subir al bus para buscar en mi maleta mi libreta militar.
En Lima ‘algo’ me dijo que sería mejor llevarla ‘por si acaso’ y por ello la tenía conmigo cuando nos detuvieron. Bajé con mi libreta de la Marina en la que decía “Reserva Disponible” –había ingresado a la PUCP, así que por ello me exoneraron– y se la mostré al sargento.
“¿Eres de la Marina?”. “Si”, le contesté. Supongo que el sargento meditó que si levaba para el Ejército a alguien que ya era de la Marina podría tener problemas, así que me dejó ir.
Luego volteó hacia el otro chico que se veía asustado y le preguntó si tenía papeles. “No, tengo 17, recién me voy a inscribir”, le dijo. “Te vienes con nosotros”, le dijo el sargento, y se lo llevaron a un camión portatropas que estaba estacionado a un lado de la carretera.
Quería ayudar al otro chico pero no sabía cómo, así que lo único que se me ocurrió fue subir de nuevo al bus y buscar un lapicero y un papel para pedirle al chico un teléfono al cual llamar apenas y llegue a Huacho. Suponía que alguien lo estaría esperando y que al saber que lo había levado el Ejército al menos sabría dónde buscarlo.
Pero cuando bajé el camión ya se había ido.
No creo en el servicio militar obligatorio sino en uno voluntario. Un servicio que atraiga a los chicos por las prestaciones y ventajas que pueda obtener, y no atemorice por los abusos que puedan sufrir los conscriptos.
El que daba las órdenes aparentemente era un sargento, o algo así, y sin esperar ninguna respuesta se bajó del bus esperando que lo siguiéramos. Cuando bajé me acerqué a uno de los soldados, el que más ‘cara de buena gente’ tenía y le pregunté qué podía hacer. “¿Tienes un documento o algo de que hayas hecho servicio?”, me preguntó. “Sí”, le dije, y volví a subir al bus para buscar en mi maleta mi libreta militar.
En Lima ‘algo’ me dijo que sería mejor llevarla ‘por si acaso’ y por ello la tenía conmigo cuando nos detuvieron. Bajé con mi libreta de la Marina en la que decía “Reserva Disponible” –había ingresado a la PUCP, así que por ello me exoneraron– y se la mostré al sargento.
“¿Eres de la Marina?”. “Si”, le contesté. Supongo que el sargento meditó que si levaba para el Ejército a alguien que ya era de la Marina podría tener problemas, así que me dejó ir.
Luego volteó hacia el otro chico que se veía asustado y le preguntó si tenía papeles. “No, tengo 17, recién me voy a inscribir”, le dijo. “Te vienes con nosotros”, le dijo el sargento, y se lo llevaron a un camión portatropas que estaba estacionado a un lado de la carretera.
Quería ayudar al otro chico pero no sabía cómo, así que lo único que se me ocurrió fue subir de nuevo al bus y buscar un lapicero y un papel para pedirle al chico un teléfono al cual llamar apenas y llegue a Huacho. Suponía que alguien lo estaría esperando y que al saber que lo había levado el Ejército al menos sabría dónde buscarlo.
Pero cuando bajé el camión ya se había ido.
No creo en el servicio militar obligatorio sino en uno voluntario. Un servicio que atraiga a los chicos por las prestaciones y ventajas que pueda obtener, y no atemorice por los abusos que puedan sufrir los conscriptos.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)