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| Delfina Paredes |
Gracias a Dios, sólo iba en calidad de acompañante, recordé; era Liliana la que deseaba leer alguno de los poemas del gran vate. Respiré aliviado.
Nos sentamos a un lado y a lo lejos vimos a Karen, antigua amiga de mis épocas de trabajo en la revista, y ex compañera de trabajo de Liliana. Ella formaba parte del grupo organizador del Ministerio de Cultura y, como la vimos en medio de tantas personas, nos limitamos al saludo a la distancia. Cuando estuviera menos ocupada nos acercaríamos.
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| Estatua viva de Vallejo |
Nos sentamos a uno de los lados luego de ver que la primera fila de asientos mostraban cartelitos que decían “reservado”. Por ello estaban vacíos. Las filas siguientes estaban medio llenas, con personas que se encontraban sentadas al inicio de cada fila, haciendo difícil el acceso al medio del lugar.
Al estar sentados a un lado veíamos que un poco más adelante se encontraba un grupo de personas con papeles en sus manos, leyendo, haciendo gestos como si declamaran ante el público. Nos dimos cuenta que era la cola para aquellos que iban a declamar algún poema. Las personas llegaban y se les proporcionaba un papel con la poesía vallejiana que iba a leer. Otros, al parecer, llevaban sus propios libros, mientras que los más jóvenes tenían en la mano sus smartphones. Vallejo también se encontraba en sus pantallas.
De ese grupo una de las chicas se nos acercó. “¿No quieren pasar a recitar un poema?”, nos preguntó. “No aún no, vamos a ver”, le respondimos.
Los participantes seguían pasando y cada vez que alguien de renombre subía lo presentaban primero. Los otros se presentaban solos. Algunos sólo decían su nombre, otros agradecían la oportunidad y lanzaban una especie de discurso. Gracias a Dios, nadie fue demasiado extenso con los previos.
Así pasó un autor que no conocía, e incluso un espontáneo que recitó de memoria –y con absoluta vehemencia– un poema que él mismo eligió.
Cuando llegó el turno de Fernando Ampuero me decidí a subir.
Me acerqué a Karen y ella me alcanzó un poema. Practiqué la lectura y luego de otro autor tocó mi turno.
No miré al público. Esperé que acomodaran el micrófono a mi altura –el autor era más alto que yo– y empecé a leer el poema. Colocaba uno de mis dedos para señalar la línea en la que me quedaba y así poder levantar la cabeza y ver al público, luego volvía donde me indicaba disimuladamente mi índice. Las palabras complejas –era un poema de Vallejo, recuerden– fluían y no me trababa con los acentos, me sentía bien. Levantaba la mirada y volvía al texto. Y así hasta que se acabaron las palabras. Sentí los aplausos y me sentí bien de haber aceptado la propuesta de Liliana.
Nunca antes había leído poesía al aire libre, frente a un grupo de desconocidos, junto a mi delgada.


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