A los 18 años el registrador de la municipalidad me preguntó “¿grado de instrucción?” y yo, todo pavo, le respondí “superior”, orgullosamente, al inscribirme en el registro electoral. En esos tiempos no existía el DNI así que uno debía solicitar una Libreta Electoral ya que ese era nuestro documento de identificación.
El funcionario me pidió luego mi carnet universitario para confirmar mi respuesta, y yo saqué lentamente de mi billetera el cartoncito de color rosado que demostraba mi pertenencia al club.
En ese momento no me di cuenta pero acababa de cometer un error. Mi honestidad –y un poco de vanidad– jugó en mi contra en esos momentos pues para las siguientes cinco elecciones fui seleccionado como miembro de mesa. Presidente de mesa, para ser exacto.
Aunque a muchos no les agrada la idea de dedicar todo un día al proceso electoral, puedo decir que ser presidente de mesa tuvo sus aspectos positivos. No todo fue malo, como se podría pensar. Por supuesto, uno ‘pierde’ todo el día –todo un domingo– pero también gana conocimientos sobre los mecanismos de la democracia peruana. Además, los domingos que pasé sentado en una mesita junto a dos extraños y una pila de formularios por llenar fueron días de curiosas anécdotas que valen la pena recordar.
La que siempre viene a mi mente fue la de un experimento que me permití realizar para comprobar cuál era el compromiso de los ‘personeros’ hacia su agrupación política. Como presidente de mesa era mi obligación recibir a los personeros, pedirles la carta de identificación de su grupo y, al final de la votación, darles una copia del acta de votación; con los resultados, obviamente.
Como sospechaba que la mayoría de estas personas iban a la votación por hacerle el favor o congraciarse con alguien decidí comprobar si al menos sabían a qué agrupación estaban representando.
Cuando llegaba uno de estos personajes le pedía su carta de presentación y luego les preguntaba “¿a qué agrupación representas?” La mayoría me respondía “ahí en la carta dice”. Y yo les insistía “sí, pero quiero que tú me digas a qué partido representas”. “No me acuerdo”, me respondían avergonzados varios de ellos. El secretario y el tercer miembro de mesa sonreían y recuerdo que alguno incluso me dijo en voz baja “que malo que eres”.
Quizás era malo, pero ciertamente me sentía mal que la política del país estuviera en manos de personas que evidentemente no les interesaba el tema, que estaban ahí, como dije antes, por cumplir con un favor.
Luego de ese encuentro poco amistoso la relación mejoraba. Aquellos personeros que llegaban desde el inicio del día de votación se quedaban todo el día junto a nosotros y, como era de esperar, conversábamos durante los tiempos muertos del proceso electoral.
Algunos eran personeros ante más de una mesa, así que circulaban entre sus distintos puntos de supervisión. Otros se quedaban en una sola mesa y con ellos se podía conversar durante todo el proceso. Por supuesto, también asistían aquellos que simplemente se sentaban a un lado, con la mirada como perdida, a esperar que pasen las horas para recibir el acta de la votación.
Con estas personas recuerdo haber conversado de muchos temas durante muchas horas, especialmente en los momentos posteriores al almuerzo, los cuales, tradicionalmente, eran los de menor tránsito por la mesa. Además, en esos tiempos no había celulares o dispositivos portátiles similares, así que uno no podía escapar del aburrimiento mirando una pantallita. Antes del Facebook y el Twitter no te quedaba otra que conversar con quienes tenías al lado.
Adicionalmente, si el gobierno decretaba la ampliación del horario de votación –para que nadie dejara de cumplir con su deber electoral– no quedaba otra que seguir esperando a que pasen las horas y seguir conversando de algo, de cualquier cosa.
Así pasaron cinco procesos electorales en los que me hice muy conocido –no creo haber llegado a amigo– de los otros miembros de mesa y de los votantes de mi grupo. “¿Es presidente de nuevo?”. “Si pues”, les contestaba.
Luego de esas cinco ocasiones ya no me volvieron a llamar. Otros tomaron mi lugar y, al principio, seguían recordándome cuando me acercaba a ellos para votar.
Las personas que reconocía en la fila de votación, con los años, dejaron de venir y aparecieron otras. Con el tiempo dejamos de ser esa ‘promoción’ de jovencitos que crecíamos por igual en cada votación; la mesa se comenzó a poblar de personas que no correspondían a nuestro rango de edad, que no eran los originales compañeros de fila que conocimos, y con ello se comenzó a perder la sensación de comunidad que tuvimos los primeros años.
Esas cinco primeras elecciones representaron para mí un inicio poco convencional de mi vida electoral. A pesar de ello, y aunque suene raro, me gustó dirigir la mesa, creo que lo volvería hacer.
viernes, 14 de marzo de 2014
miércoles, 5 de marzo de 2014
Mi profe Jeffrey Klaiber
Recuerdo que el profesor alzaba con sus manos un pesado libro y nos mostraba la foto de una mujer anciana. La foto, en blanco y negro, se notaba antigua y casera, como aquellas que se toman posando durante un tiempo prolongado delante del fotógrafo.
"Esta es la mamá de Lenin", nos dijo el profesor. "Sí tenía", agregó, y todo el salón lanzó una sonora carcajada durante la clase de Historia Universal III. Yo había tomado el curso por la necesidad de contar con los créditos necesarios para pasar a facultad pero también por las ganas de pasar mis mañanas escuchando algo interesante. Al menos eso esperaba.
Y el profe Klaiber no me decepcionó. Si recuerdo vívidamente al profesor levantando la foto del libro para que todos la viéramos era porque sus clases eran entretenidas y fascinantes al mismo tiempo. Con él lo que pudo haber sido un simple curso para pasar a facultad se convirtió en las tres horas de la semana que más disfrutaba en la universidad.
Ahora que sé que el profe-padre Klaiber ya no se encuentra entre nosotros no me queda sino recordarlo con sus anteojos grandes, sus libros marcados con papelitos y su dejo gringo que tanto lo caracterizaba. Jeffrey Klaiber fue un maestro como hay pocos, de aquellos que uno recuerda siempre.
"Esta es la mamá de Lenin", nos dijo el profesor. "Sí tenía", agregó, y todo el salón lanzó una sonora carcajada durante la clase de Historia Universal III. Yo había tomado el curso por la necesidad de contar con los créditos necesarios para pasar a facultad pero también por las ganas de pasar mis mañanas escuchando algo interesante. Al menos eso esperaba.
Y el profe Klaiber no me decepcionó. Si recuerdo vívidamente al profesor levantando la foto del libro para que todos la viéramos era porque sus clases eran entretenidas y fascinantes al mismo tiempo. Con él lo que pudo haber sido un simple curso para pasar a facultad se convirtió en las tres horas de la semana que más disfrutaba en la universidad.
Ahora que sé que el profe-padre Klaiber ya no se encuentra entre nosotros no me queda sino recordarlo con sus anteojos grandes, sus libros marcados con papelitos y su dejo gringo que tanto lo caracterizaba. Jeffrey Klaiber fue un maestro como hay pocos, de aquellos que uno recuerda siempre.
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