Debo confesar que lo que más me atrajo de la película, en un inicio, fue el calibre de los actores que iban a actuar en ella. Morgan Freeman, Robert de Niro, Michael Douglas y Kevin Kline difícilmente creo que acepten actuar en una película con una mala historia, así que eso me animó a verla; además, presentí que tendría algo de The Hangover, y no me equivoqué. Aunque, felizmente, la juerga no es lo que vas a recordar de esta película.
Los gringos tienen la rara particularidad de insertar una pequeña historia interesante incluso en películas de las cuales no tienes mayores expectativas. Ingresé a la sala del cine con el objetivo de entretenerme un rato viendo divertirse a estas glorias del cine pero al final me quedó en el recuerdo una simpática historia de lealtad (a lo largo de 60 años) y de amor al final de la vida.
Cuatro hombres que se conocen prácticamente desde niños llegan a la tercera edad de distintas maneras. Uno se encuentra felizmente casado, otro es ya un abuelo que ha pasado por un infarto cerebral, el tercero es un reciente viudo amargado y el cuarto es un solterón viejo pero adinerado que ha encontrado una chica de base tres con la que desea casarse.
La trama de la película se basa en la reunión de estos cuatro amigos en Las Vegas para celebrar la despedida de soltero del ricachón del grupo. Hasta ahí parece una película estilo The Hangover pero con 40 años más. La trama se pone interesante cuando se descubre el motivo por el que el viudo del grupo no deseaba ir a la celebración y cuando aparece una mujer que se interpondrá, nuevamente, en la amistad entre dos de los amigos.
Es una buena película que nos habla de la amistad a lo largo de los años y de la lealtad que ésta conlleva. Claro, todo se encuentra amenizado con ocurrencias por parte de los ‘ancianos’ y la presencia del juerguístico Stefan Gordy (o sea, RedFoo) de LMFAO –y si no te suena el nombre mira este video– y Curtis Jackson (o sea, 50 Cent) a quien ‘chotean’ de la despedida de soltero.
Sí, la volvería a ver.
viernes, 10 de enero de 2014
miércoles, 8 de enero de 2014
Un extraño sueño
Estaba en el antiguo departamento en el que vivía con mis padres. Me encontraba en la sala y escuché que alguien tocaba a la puerta, me asomé por la ventana y vi que eran mis dos abuelos. Les abrí la puerta y ellos entraron con total normalidad. Mi madre huyó hacia su habitación llena de miedo pues mis abuelos habían muerto ya hace algunos años.
Mi abuela, ya dentro de la sala, me dijo “no te preocupes, vinimos porque tu abuelo quería saludarte”. No me sentí asustado a pesar de ver a mis dos abuelos fallecidos y la naturalidad con la que se comportaban me dio tranquilidad.
Entré al cuarto donde se encontraba mi mamá y la tranquilicé. Le dije que los abuelos habían venido porque querían saludarnos, sólo eso. Cuando salí nuevamente a la sala encontré a mi hermano, y él me repitió lo mismo. “Los abuelos han venido porque querían saludarte”, me dijo, sonriente.
Me sentí bien, tranquilo, en paz.
Me acerqué a los abuelos y mi abuela me dijo señalando con la mirada a mi abuelo. “Quiere saludarte”. Y vi que mi abuelo –que no había dicho nada– extendió los brazos y me hizo un gesto como indicándome que le abrazara.
Lo abracé y no sentí miedo, simplemente me desperté.
Mi abuela, ya dentro de la sala, me dijo “no te preocupes, vinimos porque tu abuelo quería saludarte”. No me sentí asustado a pesar de ver a mis dos abuelos fallecidos y la naturalidad con la que se comportaban me dio tranquilidad.
Entré al cuarto donde se encontraba mi mamá y la tranquilicé. Le dije que los abuelos habían venido porque querían saludarnos, sólo eso. Cuando salí nuevamente a la sala encontré a mi hermano, y él me repitió lo mismo. “Los abuelos han venido porque querían saludarte”, me dijo, sonriente.
Me sentí bien, tranquilo, en paz.
Me acerqué a los abuelos y mi abuela me dijo señalando con la mirada a mi abuelo. “Quiere saludarte”. Y vi que mi abuelo –que no había dicho nada– extendió los brazos y me hizo un gesto como indicándome que le abrazara.
Lo abracé y no sentí miedo, simplemente me desperté.
lunes, 6 de enero de 2014
Las intenciones de Año Nuevo
Los cambios de año traen consigo una serie de actividades que se consideran ‘obligatorias’. Salir, ir de fiesta, trasnochar, en fin, hacer de esa noche del 31 de diciembre algo inolvidable es una obligación que nos hemos impuesto socialmente. Pero junto con estas actividades ‘divertidas’ también nos hemos impuesto el análisis de lo que hemos hecho con nuestras vidas durante el año que pasó y lo que planeamos hacer con ellas en el año que llega.
Pero, no siempre tenemos planes.
De hecho, me considero parte del grupo que no se plantea metas todos los años, quizás sólo lo hago en aquellos en los que considero que es necesario realizar un cambio importante, pero no en todos. Un grupo de años los he pasado simplemente con el ánimo de que sea mejor que el anterior. Recordé esto recientemente cuando, durante una reunión con unos amigos, alguien lanzó la pregunta.
Había acordado que por Fin de Año me reuniría con unos viejos amigos de la universidad a comer una parrillada. El vino, el bistec, los anticuchos y las morcillas estaban a medio comer cuando uno de ellos soltó la cuestión: “¿Y qué planean para el próximo año?”
Todo fue silencio durante un instante. Todos esperábamos a que fuese otro el que comenzara con sus deseos para el 2014. Pero nada. Se escuchaban las conversaciones de las otras mesas cuando el que se encontraba a la izquierda del que preguntó dijo “Cambiar de compañía, creo que me dejan demasiado trabajo”. Y nada más.
Como siguiendo el orden de un reloj el que se encontraba a su izquierda fue el siguiente: “Nada, seguir nomás”. El siguiente era yo y como en realidad no tenía algo que decir repetí casi robóticamente la frase que acababa de escuchar. “Igual, nada, seguir nomás”.
El que lanzó la pregunta nos dijo que planeaba terminar su tesis de doctorado, y quizás también comprar un departamento o un automóvil. Además, hace poco había cambiado de trabajo hacia una posición con mayor paga y más ventajas que el anterior.
“Vaya, bien por ti”, pensé, aunque creo que no se lo dije. Y comenzamos a hablar sobre el nuevo trabajo de mi amigo y las ventajas que le ofrecía frente a su trabajo anterior, que era también bueno, creo yo.
El caso es que, por un momento, me sentí incómodo con mi falta de movimiento laboral, pero luego recordé los logros que me había comentado mi jefa con respecto a nuestro trabajo. Entonces me sentí mejor.
No terminamos la parrillada pues era enorme y la verdad creo que no demostramos ser buenos carnívoros. Conversamos, tomamos vino, bromeamos y, finalmente, nos fuimos a nuestras casas con la promesa de volver a vernos, pronto.
Aún sigo buscando las fotos en las que nuestras incursiones no se daban en un buen restaurante de parrillas sino en un pequeño bar frente a la universidad. Tengo que encontrarlas, se las prometí.
Pero también me ha quedado la duda de si no debería plantearme alguna meta específica que complemente el simple objetivo de “estar mejor que el año pasado”. Quizás también deba escribirla.
Pero, no siempre tenemos planes.
De hecho, me considero parte del grupo que no se plantea metas todos los años, quizás sólo lo hago en aquellos en los que considero que es necesario realizar un cambio importante, pero no en todos. Un grupo de años los he pasado simplemente con el ánimo de que sea mejor que el anterior. Recordé esto recientemente cuando, durante una reunión con unos amigos, alguien lanzó la pregunta.
Había acordado que por Fin de Año me reuniría con unos viejos amigos de la universidad a comer una parrillada. El vino, el bistec, los anticuchos y las morcillas estaban a medio comer cuando uno de ellos soltó la cuestión: “¿Y qué planean para el próximo año?”
Todo fue silencio durante un instante. Todos esperábamos a que fuese otro el que comenzara con sus deseos para el 2014. Pero nada. Se escuchaban las conversaciones de las otras mesas cuando el que se encontraba a la izquierda del que preguntó dijo “Cambiar de compañía, creo que me dejan demasiado trabajo”. Y nada más.
Como siguiendo el orden de un reloj el que se encontraba a su izquierda fue el siguiente: “Nada, seguir nomás”. El siguiente era yo y como en realidad no tenía algo que decir repetí casi robóticamente la frase que acababa de escuchar. “Igual, nada, seguir nomás”.
El que lanzó la pregunta nos dijo que planeaba terminar su tesis de doctorado, y quizás también comprar un departamento o un automóvil. Además, hace poco había cambiado de trabajo hacia una posición con mayor paga y más ventajas que el anterior.
“Vaya, bien por ti”, pensé, aunque creo que no se lo dije. Y comenzamos a hablar sobre el nuevo trabajo de mi amigo y las ventajas que le ofrecía frente a su trabajo anterior, que era también bueno, creo yo.
El caso es que, por un momento, me sentí incómodo con mi falta de movimiento laboral, pero luego recordé los logros que me había comentado mi jefa con respecto a nuestro trabajo. Entonces me sentí mejor.
No terminamos la parrillada pues era enorme y la verdad creo que no demostramos ser buenos carnívoros. Conversamos, tomamos vino, bromeamos y, finalmente, nos fuimos a nuestras casas con la promesa de volver a vernos, pronto.
Aún sigo buscando las fotos en las que nuestras incursiones no se daban en un buen restaurante de parrillas sino en un pequeño bar frente a la universidad. Tengo que encontrarlas, se las prometí.
Pero también me ha quedado la duda de si no debería plantearme alguna meta específica que complemente el simple objetivo de “estar mejor que el año pasado”. Quizás también deba escribirla.
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