Dicen que la Semana Santa es un momento de reflexión, una semana para meditar sobre la cristiandad. Más allá de la forma en que muchas personas viven su fe –algo que, con el tiempo, he aprendido a respetar– prefiero tomarme en serio estas palabras y meditar. Por ello, me puse a pensar en lo que sabemos de Jesús, en aquello que con sus palabras y acciones nos mostró que no toleraba.
Creo que Jesús no toleraba a tres tipos de personas: A aquellos que habían convertido en comercio la fe, a aquellos que vivían hipócritamente la fe y a aquellos que dañaban a los niños.
De los primeros queda claro que enfurecían a Jesús, de hecho, los arrojó del templo de manera violenta –sí, Jesús fue violento con ellos. Creo que estas personas subsisten en la actualidad.
De los segundos podemos inferir su intolerancia a partir de sus palabras. “Sepulcros blancos” los llamó. Aquellas personas que vivían hipócritamente su fe al dar una apariencia inmaculada por fuera, aunque por dentro se encontraban podridos. Estas personas también subsisten en la actualidad.
El último grupo tiene incluso una fuerte advertencia de parte de Jesús: Más les valiera amarrarse una piedra de molino al cuello, y arrojarse al mar. Imagínate, Jesús amenazando, advirtiendo que no se tolerará ese comportamiento. De estas personas aún tenemos noticias.
Jesús estuvo al lado del odiado cobrador de impuestos y de la prostituta, y curó al siervo del militar romano –cuya fe lo dejó sorprendido.
Han pasado más de dos mil años desde que mostró con sus actos y con sus palabras sus gustos y disgustos, pero en ocasiones creo que la gente sigue prefiriendo creer que no fue claro en su mensaje. Que sólo pide que la gente sea ‘buena’ en Semana Santa y Navidad.
sábado, 19 de abril de 2014
domingo, 6 de abril de 2014
Poesía en la noche
Cuando llegamos, Delfina Paredes estaba declamando. Mi novia me había convencido de ir al Parque Salazar en Miraflores a ver el Día de las Palabras, una reunión en la que cualquiera, libremente, podía salir al estrado a declamar algún poema de Vallejo.
Los organizadores habían habilitado un pequeño escenario sobre el cual las personas tomaban el micrófono y podía leer o recitar de memoria los poemas. Delfina Paredes, conocidísima actriz, estaba leyendo un poema con la maestría que le daban sus años de actuación en el teatro. Por un momento, me sentí intimidado pues nunca había leído un poema en público, es más, sólo las actuaciones en las que salía disfrazado en el colegio contaban como experiencia ante una audiencia desconocida.
Gracias a Dios, sólo iba en calidad de acompañante, recordé; era Liliana la que deseaba leer alguno de los poemas del gran vate. Respiré aliviado.
Nos sentamos a un lado y a lo lejos vimos a Karen, antigua amiga de mis épocas de trabajo en la revista, y ex compañera de trabajo de Liliana. Ella formaba parte del grupo organizador del Ministerio de Cultura y, como la vimos en medio de tantas personas, nos limitamos al saludo a la distancia. Cuando estuviera menos ocupada nos acercaríamos.
En las afueras del ambiente un mimo invitaba, cartel en mano, a que los transeúntes ingresen a oír los poemas o, si se animaban, a recitar alguno de ellos. En una banca, al lado del ‘escenario’ un Vallejo-estatua viva se sentaba completamente dorado para darle un toque más poético a la velada.
Nos sentamos a uno de los lados luego de ver que la primera fila de asientos mostraban cartelitos que decían “reservado”. Por ello estaban vacíos. Las filas siguientes estaban medio llenas, con personas que se encontraban sentadas al inicio de cada fila, haciendo difícil el acceso al medio del lugar.
Al estar sentados a un lado veíamos que un poco más adelante se encontraba un grupo de personas con papeles en sus manos, leyendo, haciendo gestos como si declamaran ante el público. Nos dimos cuenta que era la cola para aquellos que iban a declamar algún poema. Las personas llegaban y se les proporcionaba un papel con la poesía vallejiana que iba a leer. Otros, al parecer, llevaban sus propios libros, mientras que los más jóvenes tenían en la mano sus smartphones. Vallejo también se encontraba en sus pantallas.
De ese grupo una de las chicas se nos acercó. “¿No quieren pasar a recitar un poema?”, nos preguntó. “No aún no, vamos a ver”, le respondimos.
Los participantes seguían pasando y cada vez que alguien de renombre subía lo presentaban primero. Los otros se presentaban solos. Algunos sólo decían su nombre, otros agradecían la oportunidad y lanzaban una especie de discurso. Gracias a Dios, nadie fue demasiado extenso con los previos.
Así pasó un autor que no conocía, e incluso un espontáneo que recitó de memoria –y con absoluta vehemencia– un poema que él mismo eligió.
Cuando llegó el turno de Fernando Ampuero me decidí a subir.
Me acerqué a Karen y ella me alcanzó un poema. Practiqué la lectura y luego de otro autor tocó mi turno.
No miré al público. Esperé que acomodaran el micrófono a mi altura –el autor era más alto que yo– y empecé a leer el poema. Colocaba uno de mis dedos para señalar la línea en la que me quedaba y así poder levantar la cabeza y ver al público, luego volvía donde me indicaba disimuladamente mi índice. Las palabras complejas –era un poema de Vallejo, recuerden– fluían y no me trababa con los acentos, me sentía bien. Levantaba la mirada y volvía al texto. Y así hasta que se acabaron las palabras. Sentí los aplausos y me sentí bien de haber aceptado la propuesta de Liliana.
Nunca antes había leído poesía al aire libre, frente a un grupo de desconocidos, junto a mi delgada.
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| Delfina Paredes |
Gracias a Dios, sólo iba en calidad de acompañante, recordé; era Liliana la que deseaba leer alguno de los poemas del gran vate. Respiré aliviado.
Nos sentamos a un lado y a lo lejos vimos a Karen, antigua amiga de mis épocas de trabajo en la revista, y ex compañera de trabajo de Liliana. Ella formaba parte del grupo organizador del Ministerio de Cultura y, como la vimos en medio de tantas personas, nos limitamos al saludo a la distancia. Cuando estuviera menos ocupada nos acercaríamos.
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| Estatua viva de Vallejo |
Nos sentamos a uno de los lados luego de ver que la primera fila de asientos mostraban cartelitos que decían “reservado”. Por ello estaban vacíos. Las filas siguientes estaban medio llenas, con personas que se encontraban sentadas al inicio de cada fila, haciendo difícil el acceso al medio del lugar.
Al estar sentados a un lado veíamos que un poco más adelante se encontraba un grupo de personas con papeles en sus manos, leyendo, haciendo gestos como si declamaran ante el público. Nos dimos cuenta que era la cola para aquellos que iban a declamar algún poema. Las personas llegaban y se les proporcionaba un papel con la poesía vallejiana que iba a leer. Otros, al parecer, llevaban sus propios libros, mientras que los más jóvenes tenían en la mano sus smartphones. Vallejo también se encontraba en sus pantallas.
De ese grupo una de las chicas se nos acercó. “¿No quieren pasar a recitar un poema?”, nos preguntó. “No aún no, vamos a ver”, le respondimos.
Los participantes seguían pasando y cada vez que alguien de renombre subía lo presentaban primero. Los otros se presentaban solos. Algunos sólo decían su nombre, otros agradecían la oportunidad y lanzaban una especie de discurso. Gracias a Dios, nadie fue demasiado extenso con los previos.
Así pasó un autor que no conocía, e incluso un espontáneo que recitó de memoria –y con absoluta vehemencia– un poema que él mismo eligió.
Cuando llegó el turno de Fernando Ampuero me decidí a subir.
Me acerqué a Karen y ella me alcanzó un poema. Practiqué la lectura y luego de otro autor tocó mi turno.
No miré al público. Esperé que acomodaran el micrófono a mi altura –el autor era más alto que yo– y empecé a leer el poema. Colocaba uno de mis dedos para señalar la línea en la que me quedaba y así poder levantar la cabeza y ver al público, luego volvía donde me indicaba disimuladamente mi índice. Las palabras complejas –era un poema de Vallejo, recuerden– fluían y no me trababa con los acentos, me sentía bien. Levantaba la mirada y volvía al texto. Y así hasta que se acabaron las palabras. Sentí los aplausos y me sentí bien de haber aceptado la propuesta de Liliana.
Nunca antes había leído poesía al aire libre, frente a un grupo de desconocidos, junto a mi delgada.
viernes, 14 de marzo de 2014
Cinco veces presidente
A los 18 años el registrador de la municipalidad me preguntó “¿grado de instrucción?” y yo, todo pavo, le respondí “superior”, orgullosamente, al inscribirme en el registro electoral. En esos tiempos no existía el DNI así que uno debía solicitar una Libreta Electoral ya que ese era nuestro documento de identificación.
El funcionario me pidió luego mi carnet universitario para confirmar mi respuesta, y yo saqué lentamente de mi billetera el cartoncito de color rosado que demostraba mi pertenencia al club.
En ese momento no me di cuenta pero acababa de cometer un error. Mi honestidad –y un poco de vanidad– jugó en mi contra en esos momentos pues para las siguientes cinco elecciones fui seleccionado como miembro de mesa. Presidente de mesa, para ser exacto.
Aunque a muchos no les agrada la idea de dedicar todo un día al proceso electoral, puedo decir que ser presidente de mesa tuvo sus aspectos positivos. No todo fue malo, como se podría pensar. Por supuesto, uno ‘pierde’ todo el día –todo un domingo– pero también gana conocimientos sobre los mecanismos de la democracia peruana. Además, los domingos que pasé sentado en una mesita junto a dos extraños y una pila de formularios por llenar fueron días de curiosas anécdotas que valen la pena recordar.
La que siempre viene a mi mente fue la de un experimento que me permití realizar para comprobar cuál era el compromiso de los ‘personeros’ hacia su agrupación política. Como presidente de mesa era mi obligación recibir a los personeros, pedirles la carta de identificación de su grupo y, al final de la votación, darles una copia del acta de votación; con los resultados, obviamente.
Como sospechaba que la mayoría de estas personas iban a la votación por hacerle el favor o congraciarse con alguien decidí comprobar si al menos sabían a qué agrupación estaban representando.
Cuando llegaba uno de estos personajes le pedía su carta de presentación y luego les preguntaba “¿a qué agrupación representas?” La mayoría me respondía “ahí en la carta dice”. Y yo les insistía “sí, pero quiero que tú me digas a qué partido representas”. “No me acuerdo”, me respondían avergonzados varios de ellos. El secretario y el tercer miembro de mesa sonreían y recuerdo que alguno incluso me dijo en voz baja “que malo que eres”.
Quizás era malo, pero ciertamente me sentía mal que la política del país estuviera en manos de personas que evidentemente no les interesaba el tema, que estaban ahí, como dije antes, por cumplir con un favor.
Luego de ese encuentro poco amistoso la relación mejoraba. Aquellos personeros que llegaban desde el inicio del día de votación se quedaban todo el día junto a nosotros y, como era de esperar, conversábamos durante los tiempos muertos del proceso electoral.
Algunos eran personeros ante más de una mesa, así que circulaban entre sus distintos puntos de supervisión. Otros se quedaban en una sola mesa y con ellos se podía conversar durante todo el proceso. Por supuesto, también asistían aquellos que simplemente se sentaban a un lado, con la mirada como perdida, a esperar que pasen las horas para recibir el acta de la votación.
Con estas personas recuerdo haber conversado de muchos temas durante muchas horas, especialmente en los momentos posteriores al almuerzo, los cuales, tradicionalmente, eran los de menor tránsito por la mesa. Además, en esos tiempos no había celulares o dispositivos portátiles similares, así que uno no podía escapar del aburrimiento mirando una pantallita. Antes del Facebook y el Twitter no te quedaba otra que conversar con quienes tenías al lado.
Adicionalmente, si el gobierno decretaba la ampliación del horario de votación –para que nadie dejara de cumplir con su deber electoral– no quedaba otra que seguir esperando a que pasen las horas y seguir conversando de algo, de cualquier cosa.
Así pasaron cinco procesos electorales en los que me hice muy conocido –no creo haber llegado a amigo– de los otros miembros de mesa y de los votantes de mi grupo. “¿Es presidente de nuevo?”. “Si pues”, les contestaba.
Luego de esas cinco ocasiones ya no me volvieron a llamar. Otros tomaron mi lugar y, al principio, seguían recordándome cuando me acercaba a ellos para votar.
Las personas que reconocía en la fila de votación, con los años, dejaron de venir y aparecieron otras. Con el tiempo dejamos de ser esa ‘promoción’ de jovencitos que crecíamos por igual en cada votación; la mesa se comenzó a poblar de personas que no correspondían a nuestro rango de edad, que no eran los originales compañeros de fila que conocimos, y con ello se comenzó a perder la sensación de comunidad que tuvimos los primeros años.
Esas cinco primeras elecciones representaron para mí un inicio poco convencional de mi vida electoral. A pesar de ello, y aunque suene raro, me gustó dirigir la mesa, creo que lo volvería hacer.
El funcionario me pidió luego mi carnet universitario para confirmar mi respuesta, y yo saqué lentamente de mi billetera el cartoncito de color rosado que demostraba mi pertenencia al club.
En ese momento no me di cuenta pero acababa de cometer un error. Mi honestidad –y un poco de vanidad– jugó en mi contra en esos momentos pues para las siguientes cinco elecciones fui seleccionado como miembro de mesa. Presidente de mesa, para ser exacto.
Aunque a muchos no les agrada la idea de dedicar todo un día al proceso electoral, puedo decir que ser presidente de mesa tuvo sus aspectos positivos. No todo fue malo, como se podría pensar. Por supuesto, uno ‘pierde’ todo el día –todo un domingo– pero también gana conocimientos sobre los mecanismos de la democracia peruana. Además, los domingos que pasé sentado en una mesita junto a dos extraños y una pila de formularios por llenar fueron días de curiosas anécdotas que valen la pena recordar.
La que siempre viene a mi mente fue la de un experimento que me permití realizar para comprobar cuál era el compromiso de los ‘personeros’ hacia su agrupación política. Como presidente de mesa era mi obligación recibir a los personeros, pedirles la carta de identificación de su grupo y, al final de la votación, darles una copia del acta de votación; con los resultados, obviamente.
Como sospechaba que la mayoría de estas personas iban a la votación por hacerle el favor o congraciarse con alguien decidí comprobar si al menos sabían a qué agrupación estaban representando.
Cuando llegaba uno de estos personajes le pedía su carta de presentación y luego les preguntaba “¿a qué agrupación representas?” La mayoría me respondía “ahí en la carta dice”. Y yo les insistía “sí, pero quiero que tú me digas a qué partido representas”. “No me acuerdo”, me respondían avergonzados varios de ellos. El secretario y el tercer miembro de mesa sonreían y recuerdo que alguno incluso me dijo en voz baja “que malo que eres”.
Quizás era malo, pero ciertamente me sentía mal que la política del país estuviera en manos de personas que evidentemente no les interesaba el tema, que estaban ahí, como dije antes, por cumplir con un favor.
Luego de ese encuentro poco amistoso la relación mejoraba. Aquellos personeros que llegaban desde el inicio del día de votación se quedaban todo el día junto a nosotros y, como era de esperar, conversábamos durante los tiempos muertos del proceso electoral.
Algunos eran personeros ante más de una mesa, así que circulaban entre sus distintos puntos de supervisión. Otros se quedaban en una sola mesa y con ellos se podía conversar durante todo el proceso. Por supuesto, también asistían aquellos que simplemente se sentaban a un lado, con la mirada como perdida, a esperar que pasen las horas para recibir el acta de la votación.
Con estas personas recuerdo haber conversado de muchos temas durante muchas horas, especialmente en los momentos posteriores al almuerzo, los cuales, tradicionalmente, eran los de menor tránsito por la mesa. Además, en esos tiempos no había celulares o dispositivos portátiles similares, así que uno no podía escapar del aburrimiento mirando una pantallita. Antes del Facebook y el Twitter no te quedaba otra que conversar con quienes tenías al lado.
Adicionalmente, si el gobierno decretaba la ampliación del horario de votación –para que nadie dejara de cumplir con su deber electoral– no quedaba otra que seguir esperando a que pasen las horas y seguir conversando de algo, de cualquier cosa.
Así pasaron cinco procesos electorales en los que me hice muy conocido –no creo haber llegado a amigo– de los otros miembros de mesa y de los votantes de mi grupo. “¿Es presidente de nuevo?”. “Si pues”, les contestaba.
Luego de esas cinco ocasiones ya no me volvieron a llamar. Otros tomaron mi lugar y, al principio, seguían recordándome cuando me acercaba a ellos para votar.
Las personas que reconocía en la fila de votación, con los años, dejaron de venir y aparecieron otras. Con el tiempo dejamos de ser esa ‘promoción’ de jovencitos que crecíamos por igual en cada votación; la mesa se comenzó a poblar de personas que no correspondían a nuestro rango de edad, que no eran los originales compañeros de fila que conocimos, y con ello se comenzó a perder la sensación de comunidad que tuvimos los primeros años.
Esas cinco primeras elecciones representaron para mí un inicio poco convencional de mi vida electoral. A pesar de ello, y aunque suene raro, me gustó dirigir la mesa, creo que lo volvería hacer.
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