Traté de encontrar el recuerdo más significativo de mi madre, pero no pude. Es imposible resumir todo lo que ella ha hecho por mí –y sigue haciendo– en una sola imagen. Quizás lo más apropiado sea decir que ella siempre está ahí para mí, como siempre lo estuvo desde que tengo memoria.
Recuerdo que siempre la veía conversando con las otras madres mientras yo tomaba clases de karate, durante la tarde, en mis años de primaria. Recuerdo también que siempre se encontraba ahí cuando me enfermaba, cuando cumplía años o cuando simplemente quería llorar. Ella nunca estuvo ausente.
Sin embargo, nunca supe de la fuerza de su tenacidad sino hasta hace unos años cuando, no sé por qué, conversamos sobre las clases de karate que tomaba en las noches, lejos de mi casa, cuando la academia que funcionaba en mi colegio tuvo que cerrar.
Teníamos que transportarnos en la línea 9, unos microbuses de color blanco y negro que nos llevaban por la avenida Arequipa hasta un distrito que entonces me resultaba desconocido: Miraflores.
La academia quedaba en el sótano de un edificio que ahora no sabría reconocer. Ahí nos recibía un hombre ya entrado en años que fumaba sin parar. Él era también el que mensualmente cobraba los pagos a la academia. Yo entraba y mi mamá se quedaba afuera; dos horas después terminaba la clase, me cambiaba y salía a la recepción. Nunca falló, mi mamá siempre se encontraba ahí para hacer el viaje de retorno.
Llegábamos de vuelta a la casa a las 10 de la noche aproximadamente y teníamos que caminar unas cuadras desde el lugar en el que bajábamos del micro.
En ocasiones íbamos apretujados y ella sonreía cuando yo alzaba la vista para sentirme mejor. “Ya vamos a llegar”, me decía. Y aunque sabía que estábamos lejos, me sentía mejor.
Luego de avanzar algunos grados en el karate y cambiar el color de mi cinturón –llegué a verde con dos rayas rojas– también dejé esta academia, aunque entonces por motivos propios que no recuerdo. Quizás fue la flojera.
Cuando en una ocasión visité a mi madre en su departamento conversamos sobre estos tiempos y le pregunté a dónde iba luego de dejarme en la clase. “No me iba, me quedaba sentada ahí, esperándote”, me respondió.
– “¿Dos horas?”
– “Sí, dos horas”
Por muchos años pensé que ella salía a recorrer esas lindas calles que pocas veces podíamos visitar, que se daba un respiro de las cosas que tenía que hacer en la casa o que simplemente hacía “algo” además de quedarse sentada en una silla; pero no, ella se quedaba ahí, pendiente de mí.
Luego de saber esto recién reflexioné sobre lo que hacía cada día que me acompañaba a mis clases, y me di cuenta de todo el tiempo y energía que esta maravillosa mujer me ha regalado simplemente porque sí, porque soy su hijo, porque me quiere.
Y siento que cualquier esfuerzo que haga para reconocer ese amor es diminuto, siento que cualquier cosa que pueda hacer por ella es polvo en el viento en comparación a lo que ella me ha dado.
Sinceramente, doy gracias por la madre que tengo y espero que cada persona de este mundo haya recibido al menos algo del amor que mi mamá me ha regalado durante toda mi vida.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario