domingo, 20 de septiembre de 2015

Los secretos de Elvira

Este libro es uno de los 12 que me propuse leer este año, pero ya estamos en setiembre y solo he podido concluir la lectura de este único título. La pila de libros comprados y “por leer” se sigue haciendo grande quizás debido a la lentitud con la que estoy desarrollando la lectura de Breve historia de los libros prohibidos de Werner Fuld –y no es que sea una mala lectura, aunque sí algo densa– pero esa es otra historia que luego trataré.

Los secretos de Elvira es una obra del periodista Hugo Coya que nos muestra la vida de una mujer que hasta hace poco desconocía por completo, pero que fácilmente creo que podría ingresar en la lista de peruanos ilustres, o quizás no.

Ese “quizás no” lo incluí porque de nuestros notables siempre esperamos, además del gran aporte que realizaron al país o al mundo, una biografía impecable. Nuestros héroes casi siempre son personas con una vida prácticamente intachable, o al menos eso es lo que nos cuentan las historias oficiales.

Elvira es todo lo contrario. Su desenfrenada –o libérrima– vida la hizo transitar por todos aquellos lugares comunes que asignamos a las personas superficiales y despreocupadas por el prójimo. Elvira era adicta al juego, la bebida y a la vida nocturna de las ciudades donde vivió; y si a eso le agregamos su bisexualidad o lesbianismo (algo que en los años 40 del siglo pasado era, literalmente, un delito), nos encontramos con una personalidad que en la época era considerada muy díscola y a la que pocos podrían atribuir algún acto trascendental para la historia.

Y, sin embargo, lo hizo.

Precisamente por su estilo de vida fue reclutada por el servicio secreto británico para atraer a los agentes de inteligencia nazis y servir como doble agente durante la Segunda Guerra Mundial.

Su nacionalidad peruana (es decir, ciudadana de un país neutral) y la familiaridad con la que se desenvolvía en la alta sociedad del Reino Unido –de la que conocía sus vicios– fueron también factores que ayudaron a que su atractivo como agente le ayudara a cumplir con su misión.

Elvira corrió muchos peligros y puso su vida en riesgo al ofrecer información falsa a los nazis para desviar su atención durante el Día D, el día en que los aliados desembarcaron en Francia y comenzó el fin del régimen nazi.

Y fue precisamente el carácter oculto de su trabajo el que hizo que no se conociera su aporte en la guerra. Sólo después de que se desclasificaron sus expedientes es que recién se supo de ella y de lo que hizo.

Hugo Coya se enteró de esta historia, años después, y escribió este libro que nos narra la extraordinaria historia de esta peruana.

Les recomiendo su lectura.

domingo, 10 de mayo de 2015

La que siempre está ahí

Traté de encontrar el recuerdo más significativo de mi madre, pero no pude. Es imposible resumir todo lo que ella ha hecho por mí –y sigue haciendo– en una sola imagen. Quizás lo más apropiado sea decir que ella siempre está ahí para mí, como siempre lo estuvo desde que tengo memoria.

Recuerdo que siempre la veía conversando con las otras madres mientras yo tomaba clases de karate, durante la tarde, en mis años de primaria. Recuerdo también que siempre se encontraba ahí cuando me enfermaba, cuando cumplía años o cuando simplemente quería llorar. Ella nunca estuvo ausente.

Sin embargo, nunca supe de la fuerza de su tenacidad sino hasta hace unos años cuando, no sé por qué, conversamos sobre las clases de karate que tomaba en las noches, lejos de mi casa, cuando la academia que funcionaba en mi colegio tuvo que cerrar.

Teníamos que transportarnos en la línea 9, unos microbuses de color blanco y negro que nos llevaban por la avenida Arequipa hasta un distrito que entonces me resultaba desconocido: Miraflores.

La academia quedaba en el sótano de un edificio que ahora no sabría reconocer. Ahí nos recibía un hombre ya entrado en años que fumaba sin parar. Él era también el que mensualmente cobraba los pagos a la academia. Yo entraba y mi mamá se quedaba afuera; dos horas después terminaba la clase, me cambiaba y salía a la recepción. Nunca falló, mi mamá siempre se encontraba ahí para hacer el viaje de retorno.

Llegábamos de vuelta a la casa a las 10 de la noche aproximadamente y teníamos que caminar unas cuadras desde el lugar en el que bajábamos del micro.

En ocasiones íbamos apretujados y ella sonreía cuando yo alzaba la vista para sentirme mejor. “Ya vamos a llegar”, me decía. Y aunque sabía que estábamos lejos, me sentía mejor.

Luego de avanzar algunos grados en el karate y cambiar el color de mi cinturón –llegué a verde con dos rayas rojas– también dejé esta academia, aunque entonces por motivos propios que no recuerdo. Quizás fue la flojera.

Cuando en una ocasión visité a mi madre en su departamento conversamos sobre estos tiempos y le pregunté a dónde iba luego de dejarme en la clase. “No me iba, me quedaba sentada ahí, esperándote”, me respondió.

– “¿Dos horas?”
– “Sí, dos horas”

Por muchos años pensé que ella salía a recorrer esas lindas calles que pocas veces podíamos visitar, que se daba un respiro de las cosas que tenía que hacer en la casa o que simplemente hacía “algo” además de quedarse sentada en una silla; pero no, ella se quedaba ahí, pendiente de mí.

Luego de saber esto recién reflexioné sobre lo que hacía cada día que me acompañaba a mis clases, y me di cuenta de todo el tiempo y energía que esta maravillosa mujer me ha regalado simplemente porque sí, porque soy su hijo, porque me quiere.

Y siento que cualquier esfuerzo que haga para reconocer ese amor es diminuto, siento que cualquier cosa que pueda hacer por ella es polvo en el viento en comparación a lo que ella me ha dado.

Sinceramente, doy gracias por la madre que tengo y espero que cada persona de este mundo haya recibido al menos algo del amor que mi mamá me ha regalado durante toda mi vida.

domingo, 17 de agosto de 2014

El odio tiene que terminar: The railway man

Hace unos días detecté entre la marea de salas dedicadas a las Tortugas Ninja y películas similares un título que me llamó la atención por ser el único drama que presentaban los cines entre tanto blockbuster. La película era The railway man, traducida como Un pasado imborrable en el Perú, aunque en IMDb la llaman Un largo viaje.

La presencia de Colin Firth y Nicole Kidman como actores principales me convenció que eso era lo que quería ver, y fui al cine con mi delgada y una amiga común. De hecho, consultamos las salas y la única a la que podíamos llegar a tiempo era la del Cineplanet del nuevo centro comercial de la Av. Salaverry.

Felizmente, llegamos a tiempo aunque tuvimos un rato incómodo pues no nos percatamos que en esas nuevas salas los asientos se encuentran numerados. Cuando llegaron los legítimos dueños de las butacas tuvimos que desalojar, y nos fuimos hasta abajo. Pero igual se veía bien y estábamos los tres juntos. Eso era lo que importaba.

La película trata la historia de un soldado del ejército británico (Firth) que es capturado por los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. Luego de terminada la guerra vuelve a casa y conoce a la que sería luego su esposa (Kidman). Ella descubre que hay algo mal en su esposo y decide descubrir qué es; para ello conversa con el amigo que Lomax –así se llama el personaje– tuvo durante la guerra y descubre que lo que le pasó como prisionero de guerra de los japoneses fue lo que le marcó profundamente.

No quiero contarles lo que pasa pero si puedo decirles que Lomax viaja a encontrarse con el que fue su carcelero durante la guerra y lo que sucede es dramático e impresionante a la vez.

El título que puse se debe al mensaje que deja la película y que podría pasar por otra película ‘ejemplarizadora’ si no fuera porque al final descubrimos que todo lo que nos cuentan en realidad ocurrió. Lomax no solo es un personaje sino una persona que pasó por situaciones muy perturbadoras pero que pudo superarlas con una grandeza de alma digna de un mahatma.

Creo que fueron pocas las personas que pudieron permanecer sin emocionarse. Basta decir que al finalizar la película las personas se quedaron sentadas en sus butacas, como si esperaran a que terminaran de pasar los créditos finales. En realidad, creo que buscaban reestablecer su ánimo o, quizás, secarse las lágrimas. Y no exagero.

La película es de 2013 pero recién en este año la han exhibido en el país. Ya no se encuentra en cartelera pero si tienen oportunidad de alquilarla o comprarla háganlo 'a ojos cerrados' pues es una muestra que las personas pueden hacer cosas maravillosas con su vida, como terminar con el odio.