sábado, 10 de octubre de 2015

El momento más triste de Scrubs

Al navegar por YouTube uno puede encontrar pedacitos de aquellas series que –sin exagerar– han llegado a formar parte de nuestra vida. Uno de esos pedacitos fue el que encontré bajo el título de Scrubs – Saddest moment ever (Scrubs – El momento más triste).

Aquellos que han visto la serie saben que Scrubs es una de esas raras producciones televisivas que han sabido mezclar magistralmente el drama con la comedia disparatada. Scrubs trata de la vida de unos jóvenes que –como en otras series sobre médicos– comienzan su vida profesional como practicantes (interns) en un hospital y terminan la serie como los doctores principales de sus especialidades; pero todo en medio de un ambiente de mucho humor y momentos disparatados que nos hacen recordar a películas como ¿Y dónde está el piloto? Sí, de ese tipo de humor se encuentra llena la serie.

El personaje principal es Jonathan Dorian (JD), un joven pero talentoso profesional que junto con su colega Christopher Turk (Turk) se desarrolla como médico bajo la tutela de un severísimo pero recto doctor Perry Cox.

Y es precisamente sobre estos dos personajes, JD y Cox, que se desarrolla el momento más triste de la serie.



El momento es particularmente bello porque integra un elemento que sería injusto describir como “disparatado”; prefiero referirme a él como un momento “real maravilloso”. En él podemos ver al doctor Cox conversando con su cuñado –interpretado por el conocido Brendan Fraser– en un campo lleno de árboles. Ellos hablan sobre algo que “ocurrió mal” pero que no revelan. El personaje de Fraser también le pide a Cox que “se perdone” por ello, algo a lo que Cox accede a duras penas, mostrando su conformidad simplemente con un gesto de falso desdén, muy típico en él.

En escenas anteriores del capítulo se puede ver que el cuñado de Cox fue a verlo porque se sentía mal. Luego de unos exámenes se descubrió que tenía leucemia. Y luego desapareció.

Ese contexto nos puede decir algo del tema al que se referían, pero no nos dice nada de lo que verdaderamente está ocurriendo en la escena.

Luego de que Cox termina aceptando el pedido de su cuñado entra JD en el encuadre y le pregunta a qué se refiere con lo de las fotos. Y luego vemos que ambos están solos y que, en realidad, ese campo lleno de árboles corresponde al de un cementerio.

La conversación de Cox con su cuñado (muerto) fue solo una ilusión.

Los comentarios en el video nos explican que eso se puede deber a que Cox no acepta la muerte de su cuñado, y que probablemente él no pudo salvarlo de la muerte.

Algunos podrán decir que la ilusión es un técnica de relato muy común, sobre todo en una serie como Scrubs; sin embargo, creo que el impacto logrado no se debe a la técnica en sí sino a la forma de usarla. La música que se escucha de fondo (Winter de Joshua Radin) le otorga al ambiente una tristeza acorde con el momento, y cada uno de los gestos de Cox (el gran actor John McGinley) reflejan su emoción, un dolor que se te queda impregnado con su llanto reprimido al final de la escena.

No recuerdo cómo lo hice pero llegué a esta escena en YouTube y pensé “sí, en realidad es el momento más triste que le puedo recordar a Scrubs”. Para ser sincero, es uno de los momentos más tristes que le puedo recordar a una serie de televisión, incluyendo las dramáticas.

Los libros y las películas siempre han sido, para mí, fuente de contenido de calidad, pero dado el desarrollo de las series para televisión creo que ahora debemos también incluir a la “caja boba” en esta categoría.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Los secretos de Elvira

Este libro es uno de los 12 que me propuse leer este año, pero ya estamos en setiembre y solo he podido concluir la lectura de este único título. La pila de libros comprados y “por leer” se sigue haciendo grande quizás debido a la lentitud con la que estoy desarrollando la lectura de Breve historia de los libros prohibidos de Werner Fuld –y no es que sea una mala lectura, aunque sí algo densa– pero esa es otra historia que luego trataré.

Los secretos de Elvira es una obra del periodista Hugo Coya que nos muestra la vida de una mujer que hasta hace poco desconocía por completo, pero que fácilmente creo que podría ingresar en la lista de peruanos ilustres, o quizás no.

Ese “quizás no” lo incluí porque de nuestros notables siempre esperamos, además del gran aporte que realizaron al país o al mundo, una biografía impecable. Nuestros héroes casi siempre son personas con una vida prácticamente intachable, o al menos eso es lo que nos cuentan las historias oficiales.

Elvira es todo lo contrario. Su desenfrenada –o libérrima– vida la hizo transitar por todos aquellos lugares comunes que asignamos a las personas superficiales y despreocupadas por el prójimo. Elvira era adicta al juego, la bebida y a la vida nocturna de las ciudades donde vivió; y si a eso le agregamos su bisexualidad o lesbianismo (algo que en los años 40 del siglo pasado era, literalmente, un delito), nos encontramos con una personalidad que en la época era considerada muy díscola y a la que pocos podrían atribuir algún acto trascendental para la historia.

Y, sin embargo, lo hizo.

Precisamente por su estilo de vida fue reclutada por el servicio secreto británico para atraer a los agentes de inteligencia nazis y servir como doble agente durante la Segunda Guerra Mundial.

Su nacionalidad peruana (es decir, ciudadana de un país neutral) y la familiaridad con la que se desenvolvía en la alta sociedad del Reino Unido –de la que conocía sus vicios– fueron también factores que ayudaron a que su atractivo como agente le ayudara a cumplir con su misión.

Elvira corrió muchos peligros y puso su vida en riesgo al ofrecer información falsa a los nazis para desviar su atención durante el Día D, el día en que los aliados desembarcaron en Francia y comenzó el fin del régimen nazi.

Y fue precisamente el carácter oculto de su trabajo el que hizo que no se conociera su aporte en la guerra. Sólo después de que se desclasificaron sus expedientes es que recién se supo de ella y de lo que hizo.

Hugo Coya se enteró de esta historia, años después, y escribió este libro que nos narra la extraordinaria historia de esta peruana.

Les recomiendo su lectura.

domingo, 10 de mayo de 2015

La que siempre está ahí

Traté de encontrar el recuerdo más significativo de mi madre, pero no pude. Es imposible resumir todo lo que ella ha hecho por mí –y sigue haciendo– en una sola imagen. Quizás lo más apropiado sea decir que ella siempre está ahí para mí, como siempre lo estuvo desde que tengo memoria.

Recuerdo que siempre la veía conversando con las otras madres mientras yo tomaba clases de karate, durante la tarde, en mis años de primaria. Recuerdo también que siempre se encontraba ahí cuando me enfermaba, cuando cumplía años o cuando simplemente quería llorar. Ella nunca estuvo ausente.

Sin embargo, nunca supe de la fuerza de su tenacidad sino hasta hace unos años cuando, no sé por qué, conversamos sobre las clases de karate que tomaba en las noches, lejos de mi casa, cuando la academia que funcionaba en mi colegio tuvo que cerrar.

Teníamos que transportarnos en la línea 9, unos microbuses de color blanco y negro que nos llevaban por la avenida Arequipa hasta un distrito que entonces me resultaba desconocido: Miraflores.

La academia quedaba en el sótano de un edificio que ahora no sabría reconocer. Ahí nos recibía un hombre ya entrado en años que fumaba sin parar. Él era también el que mensualmente cobraba los pagos a la academia. Yo entraba y mi mamá se quedaba afuera; dos horas después terminaba la clase, me cambiaba y salía a la recepción. Nunca falló, mi mamá siempre se encontraba ahí para hacer el viaje de retorno.

Llegábamos de vuelta a la casa a las 10 de la noche aproximadamente y teníamos que caminar unas cuadras desde el lugar en el que bajábamos del micro.

En ocasiones íbamos apretujados y ella sonreía cuando yo alzaba la vista para sentirme mejor. “Ya vamos a llegar”, me decía. Y aunque sabía que estábamos lejos, me sentía mejor.

Luego de avanzar algunos grados en el karate y cambiar el color de mi cinturón –llegué a verde con dos rayas rojas– también dejé esta academia, aunque entonces por motivos propios que no recuerdo. Quizás fue la flojera.

Cuando en una ocasión visité a mi madre en su departamento conversamos sobre estos tiempos y le pregunté a dónde iba luego de dejarme en la clase. “No me iba, me quedaba sentada ahí, esperándote”, me respondió.

– “¿Dos horas?”
– “Sí, dos horas”

Por muchos años pensé que ella salía a recorrer esas lindas calles que pocas veces podíamos visitar, que se daba un respiro de las cosas que tenía que hacer en la casa o que simplemente hacía “algo” además de quedarse sentada en una silla; pero no, ella se quedaba ahí, pendiente de mí.

Luego de saber esto recién reflexioné sobre lo que hacía cada día que me acompañaba a mis clases, y me di cuenta de todo el tiempo y energía que esta maravillosa mujer me ha regalado simplemente porque sí, porque soy su hijo, porque me quiere.

Y siento que cualquier esfuerzo que haga para reconocer ese amor es diminuto, siento que cualquier cosa que pueda hacer por ella es polvo en el viento en comparación a lo que ella me ha dado.

Sinceramente, doy gracias por la madre que tengo y espero que cada persona de este mundo haya recibido al menos algo del amor que mi mamá me ha regalado durante toda mi vida.

domingo, 17 de agosto de 2014

El odio tiene que terminar: The railway man

Hace unos días detecté entre la marea de salas dedicadas a las Tortugas Ninja y películas similares un título que me llamó la atención por ser el único drama que presentaban los cines entre tanto blockbuster. La película era The railway man, traducida como Un pasado imborrable en el Perú, aunque en IMDb la llaman Un largo viaje.

La presencia de Colin Firth y Nicole Kidman como actores principales me convenció que eso era lo que quería ver, y fui al cine con mi delgada y una amiga común. De hecho, consultamos las salas y la única a la que podíamos llegar a tiempo era la del Cineplanet del nuevo centro comercial de la Av. Salaverry.

Felizmente, llegamos a tiempo aunque tuvimos un rato incómodo pues no nos percatamos que en esas nuevas salas los asientos se encuentran numerados. Cuando llegaron los legítimos dueños de las butacas tuvimos que desalojar, y nos fuimos hasta abajo. Pero igual se veía bien y estábamos los tres juntos. Eso era lo que importaba.

La película trata la historia de un soldado del ejército británico (Firth) que es capturado por los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. Luego de terminada la guerra vuelve a casa y conoce a la que sería luego su esposa (Kidman). Ella descubre que hay algo mal en su esposo y decide descubrir qué es; para ello conversa con el amigo que Lomax –así se llama el personaje– tuvo durante la guerra y descubre que lo que le pasó como prisionero de guerra de los japoneses fue lo que le marcó profundamente.

No quiero contarles lo que pasa pero si puedo decirles que Lomax viaja a encontrarse con el que fue su carcelero durante la guerra y lo que sucede es dramático e impresionante a la vez.

El título que puse se debe al mensaje que deja la película y que podría pasar por otra película ‘ejemplarizadora’ si no fuera porque al final descubrimos que todo lo que nos cuentan en realidad ocurrió. Lomax no solo es un personaje sino una persona que pasó por situaciones muy perturbadoras pero que pudo superarlas con una grandeza de alma digna de un mahatma.

Creo que fueron pocas las personas que pudieron permanecer sin emocionarse. Basta decir que al finalizar la película las personas se quedaron sentadas en sus butacas, como si esperaran a que terminaran de pasar los créditos finales. En realidad, creo que buscaban reestablecer su ánimo o, quizás, secarse las lágrimas. Y no exagero.

La película es de 2013 pero recién en este año la han exhibido en el país. Ya no se encuentra en cartelera pero si tienen oportunidad de alquilarla o comprarla háganlo 'a ojos cerrados' pues es una muestra que las personas pueden hacer cosas maravillosas con su vida, como terminar con el odio.


viernes, 13 de junio de 2014

Cinco años en el nuevo trabajo

Es difícil creer que ya haya pasado media década. Aún recuerdo con claridad la ocasión en la que me propusieron cambiar de trabajo y yo acepté.

Era una cena de fin de año organizada por una compañía de impresoras. Había recibido la invitación días antes pero la hora a la que se había programado el agasajo no me agradaba, era durante la noche. En general, no me agrada aceptar invitaciones luego de las seis de la tarde pues considero que ese momento debo dedicarlo a la familia, a descansar, a la casa; todas las horas precedentes las puedo dedicar al trabajo pero me gusta disfrutar la noche desde el sofá de mi casa, viendo el contenido que otros han producido, dejando de hacer el mío. Cuando se puede.

Pero esa noche no se pudo. Mi jefe me había ‘convencido’ de la importancia de asistir a la cena, así que no puede evitar ir.

No recuerdo si en esos tiempos el tráfico ya era infernal en Lima. Simplemente llegué y me alisté para compartir un buen momento con los amigos, después de todo, en una cena de fin de año eso es lo que se espera. Rara vez se dedican estas reuniones al lanzamiento de un producto nuevo, frecuentemente nos reciben para darnos un breve resumen de lo que fue el año para la empresa que nos invita, pero nada más.

Así que con esa idea llegué al lugar.

Llegué al hotel y subí a la sala de reuniones donde se estaban reuniendo los invitados. Por obra del azar me senté junto a Franca, mi actual jefa. No fue nada planeado, simplemente llegué y el que se encontraba a su lado era uno de los pocos espacios disponibles, y quizás en ese momento juzgué que era el más cómodo.

Aunque sí debo confesar que había un antecedente.

Probablemente, un año antes ya sentía que debía ‘cambiar de ambiente’, por decirlo de alguna manera. Y dado que me había especializado en noticias tecnológicas creí que una buena opción era intentar pasar a una revista de ese tipo. Franca, entonces se encontraba trabajando como editora de una revista tecnológica y por ello le pregunté si podía pasar a su equipo.

Le escribí un correo electrónico y ella prontamente me respondió que acababa de contratar a alguien para un puesto que había quedado libre en la revista. ¡Lástima!

Pasaron los meses y me volví a encontrar con Franca, en la cena de fin de año de la que hablaba al inicio. Ella ya no trabajaba en la revista de la que fue editora.

Me senté a su lado y recuerdo que en algún momento de la reunión se inclinó hacia mí para preguntarme discretamente “¿Aún quieres trabajar conmigo?”. “Por supuesto”, le dije.

En ese momento no lo sabía pero Franca ya tenía avanzado el desarrollo de un portal de noticias sobre tecnologías de la información. Terminada la cena acordamos que luego me daría más detalles.

En una reunión posterior, en un café cerca de su casa, me mostró el portal y terminé de convencerme que era el momento de dejar la revista en la que había trabajado durante 12 años.

Era arriesgado. Era sólo un portal en Internet y, como todo medio, debía poder sustentarse en base a la publicidad; sin embargo, en esos tiempos la publicidad en Internet no era de las más abundantes.

Algunos amigos me lo dijeron y lo reiteraron en algunas conversaciones, era riesgoso. Pero igual me animó saber que Franca estaba detrás del proyecto y que, como siempre, todo lo tenía planeado. Confié en ella.

No me defraudó. Cinco años después el portal se encuentra muy bien posicionado y las empresas se han dado cuenta de la potencia de la publicidad en línea. CIO Perú es ahora mi nuevo hogar laboral aunque, claro, ya no debería decir ‘nuevo’ puesto que desde el 26 de mayo ya han pasado cinco años.

Pero es verdad, se han pasado ‘volando’.

sábado, 19 de abril de 2014

Jesús fue intolerante

Dicen que la Semana Santa es un momento de reflexión, una semana para meditar sobre la cristiandad. Más allá de la forma en que muchas personas viven su fe –algo que, con el tiempo, he aprendido a respetar– prefiero tomarme en serio estas palabras y meditar. Por ello, me puse a pensar en lo que sabemos de Jesús, en aquello que con sus palabras y acciones nos mostró que no toleraba.

Creo que Jesús no toleraba a tres tipos de personas: A aquellos que habían convertido en comercio la fe, a aquellos que vivían hipócritamente la fe y a aquellos que dañaban a los niños.

De los primeros queda claro que enfurecían a Jesús, de hecho, los arrojó del templo de manera violenta –sí, Jesús fue violento con ellos. Creo que estas personas subsisten en la actualidad.

De los segundos podemos inferir su intolerancia a partir de sus palabras. “Sepulcros blancos” los llamó. Aquellas personas que vivían hipócritamente su fe al dar una apariencia inmaculada por fuera, aunque por dentro se encontraban podridos. Estas personas también subsisten en la actualidad.

El último grupo tiene incluso una fuerte advertencia de parte de Jesús: Más les valiera amarrarse una piedra de molino al cuello, y arrojarse al mar. Imagínate, Jesús amenazando, advirtiendo que no se tolerará ese comportamiento. De estas personas aún tenemos noticias.

Jesús estuvo al lado del odiado cobrador de impuestos y de la prostituta, y curó al siervo del militar romano –cuya fe lo dejó sorprendido.

Han pasado más de dos mil años desde que mostró con sus actos y con sus palabras sus gustos y disgustos, pero en ocasiones creo que la gente sigue prefiriendo creer que no fue claro en su mensaje. Que sólo pide que la gente sea ‘buena’ en Semana Santa y Navidad.

domingo, 6 de abril de 2014

Poesía en la noche

Cuando llegamos, Delfina Paredes estaba declamando. Mi novia me había convencido de ir al Parque Salazar en Miraflores a ver el Día de las Palabras, una reunión en la que cualquiera, libremente, podía salir al estrado a declamar algún poema de Vallejo.

Delfina Paredes
Los organizadores habían habilitado un pequeño escenario sobre el cual las personas tomaban el micrófono y podía leer o recitar de memoria los poemas. Delfina Paredes, conocidísima actriz, estaba leyendo un poema con la maestría que le daban sus años de actuación en el teatro. Por un momento, me sentí intimidado pues nunca había leído un poema en público, es más, sólo las actuaciones en las que salía disfrazado en el colegio contaban como experiencia ante una audiencia desconocida.

Gracias a Dios, sólo iba en calidad de acompañante, recordé; era Liliana la que deseaba leer alguno de los poemas del gran vate. Respiré aliviado.

Nos sentamos a un lado y a lo lejos vimos a Karen, antigua amiga de mis épocas de trabajo en la revista, y ex compañera de trabajo de Liliana. Ella formaba parte del grupo organizador del Ministerio de Cultura y, como la vimos en medio de tantas personas, nos limitamos al saludo a la distancia. Cuando estuviera menos ocupada nos acercaríamos.

Estatua viva de Vallejo
En las afueras del ambiente un mimo invitaba, cartel en mano, a que los transeúntes ingresen a oír los poemas o, si se animaban, a recitar alguno de ellos. En una banca, al lado del ‘escenario’ un Vallejo-estatua viva se sentaba completamente dorado para darle un toque más poético a la velada.

Nos sentamos a uno de los lados luego de ver que la primera fila de asientos mostraban cartelitos que decían “reservado”. Por ello estaban vacíos. Las filas siguientes estaban medio llenas, con personas que se encontraban sentadas al inicio de cada fila, haciendo difícil el acceso al medio del lugar.

Al estar sentados a un lado veíamos que un poco más adelante se encontraba un grupo de personas con papeles en sus manos, leyendo, haciendo gestos como si declamaran ante el público. Nos dimos cuenta que era la cola para aquellos que iban a declamar algún poema. Las personas llegaban y se les proporcionaba un papel con la poesía vallejiana que iba a leer. Otros, al parecer, llevaban sus propios libros, mientras que los más jóvenes tenían en la mano sus smartphones. Vallejo también se encontraba en sus pantallas.

De ese grupo una de las chicas se nos acercó. “¿No quieren pasar a recitar un poema?”, nos preguntó. “No aún no, vamos a ver”, le respondimos.

Los participantes seguían pasando y cada vez que alguien de renombre subía lo presentaban primero. Los otros se presentaban solos. Algunos sólo decían su nombre, otros agradecían la oportunidad y lanzaban una especie de discurso. Gracias a Dios, nadie fue demasiado extenso con los previos.

Así pasó un autor que no conocía, e incluso un espontáneo que recitó de memoria –y con absoluta vehemencia– un poema que él mismo eligió.

Cuando llegó el turno de Fernando Ampuero me decidí a subir.

Me acerqué a Karen y ella me alcanzó un poema. Practiqué la lectura y luego de otro autor tocó mi turno.


No miré al público. Esperé que acomodaran el micrófono a mi altura –el autor era más alto que yo– y empecé a leer el poema. Colocaba uno de mis dedos para señalar la línea en la que me quedaba y así poder levantar la cabeza y ver al público, luego volvía donde me indicaba disimuladamente mi índice. Las palabras complejas –era un poema de Vallejo, recuerden– fluían y no me trababa con los acentos, me sentía bien. Levantaba la mirada y volvía al texto. Y así hasta que se acabaron las palabras. Sentí los aplausos y me sentí bien de haber aceptado la propuesta de Liliana.

Nunca antes había leído poesía al aire libre, frente a un grupo de desconocidos, junto a mi delgada.

viernes, 14 de marzo de 2014

Cinco veces presidente

A los 18 años el registrador de la municipalidad me preguntó “¿grado de instrucción?” y yo, todo pavo, le respondí “superior”, orgullosamente, al inscribirme en el registro electoral. En esos tiempos no existía el DNI así que uno debía solicitar una Libreta Electoral ya que ese era nuestro documento de identificación.

El funcionario me pidió luego mi carnet universitario para confirmar mi respuesta, y yo saqué lentamente de mi billetera el cartoncito de color rosado que demostraba mi pertenencia al club.

En ese momento no me di cuenta pero acababa de cometer un error. Mi honestidad –y un poco de vanidad– jugó en mi contra en esos momentos pues para las siguientes cinco elecciones fui seleccionado como miembro de mesa. Presidente de mesa, para ser exacto.

Aunque a muchos no les agrada la idea de dedicar todo un día al proceso electoral, puedo decir que ser presidente de mesa tuvo sus aspectos positivos. No todo fue malo, como se podría pensar. Por supuesto, uno ‘pierde’ todo el día –todo un domingo– pero también gana conocimientos sobre los mecanismos de la democracia peruana. Además, los domingos que pasé sentado en una mesita junto a dos extraños y una pila de formularios por llenar fueron días de curiosas anécdotas que valen la pena recordar.

La que siempre viene a mi mente fue la de un experimento que me permití realizar para comprobar cuál era el compromiso de los ‘personeros’ hacia su agrupación política. Como presidente de mesa era mi obligación recibir a los personeros, pedirles la carta de identificación de su grupo y, al final de la votación, darles una copia del acta de votación; con los resultados, obviamente.

Como sospechaba que la mayoría de estas personas iban a la votación por hacerle el favor o congraciarse con alguien decidí comprobar si al menos sabían a qué agrupación estaban representando.

Cuando llegaba uno de estos personajes le pedía su carta de presentación y luego les preguntaba “¿a qué agrupación representas?” La mayoría me respondía “ahí en la carta dice”. Y yo les insistía “sí, pero quiero que tú me digas a qué partido representas”. “No me acuerdo”, me respondían avergonzados varios de ellos. El secretario y el tercer miembro de mesa sonreían y recuerdo que alguno incluso me dijo en voz baja “que malo que eres”.

Quizás era malo, pero ciertamente me sentía mal que la política del país estuviera en manos de personas que evidentemente no les interesaba el tema, que estaban ahí, como dije antes, por cumplir con un favor.

Luego de ese encuentro poco amistoso la relación mejoraba. Aquellos personeros que llegaban desde el inicio del día de votación se quedaban todo el día junto a nosotros y, como era de esperar, conversábamos durante los tiempos muertos del proceso electoral.

Algunos eran personeros ante más de una mesa, así que circulaban entre sus distintos puntos de supervisión. Otros se quedaban en una sola mesa y con ellos se podía conversar durante todo el proceso. Por supuesto, también asistían aquellos que simplemente se sentaban a un lado, con la mirada como perdida, a esperar que pasen las horas para recibir el acta de la votación.

Con estas personas recuerdo haber conversado de muchos temas durante muchas horas, especialmente en los momentos posteriores al almuerzo, los cuales, tradicionalmente, eran los de menor tránsito por la mesa. Además, en esos tiempos no había celulares o dispositivos portátiles similares, así que uno no podía escapar del aburrimiento mirando una pantallita. Antes del Facebook y el Twitter no te quedaba otra que conversar con quienes tenías al lado.

Adicionalmente, si el gobierno decretaba la ampliación del horario de votación –para que nadie dejara de cumplir con su deber electoral– no quedaba otra que seguir esperando a que pasen las horas y seguir conversando de algo, de cualquier cosa.

Así pasaron cinco procesos electorales en los que me hice muy conocido –no creo haber llegado a amigo– de los otros miembros de mesa y de los votantes de mi grupo. “¿Es presidente de nuevo?”. “Si pues”, les contestaba.

Luego de esas cinco ocasiones ya no me volvieron a llamar. Otros tomaron mi lugar y, al principio, seguían recordándome cuando me acercaba a ellos para votar.

Las personas que reconocía en la fila de votación, con los años, dejaron de venir y aparecieron otras. Con el tiempo dejamos de ser esa ‘promoción’ de jovencitos que crecíamos por igual en cada votación; la mesa se comenzó a poblar de personas que no correspondían a nuestro rango de edad, que no eran los originales compañeros de fila que conocimos, y con ello se comenzó a perder la sensación de comunidad que tuvimos los primeros años.

Esas cinco primeras elecciones representaron para mí un inicio poco convencional de mi vida electoral. A pesar de ello, y aunque suene raro, me gustó dirigir la mesa, creo que lo volvería hacer.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Mi profe Jeffrey Klaiber

Recuerdo que el profesor alzaba con sus manos un pesado libro y nos mostraba la foto de una mujer anciana. La foto, en blanco y negro, se notaba antigua y casera, como aquellas que se toman posando durante un tiempo prolongado delante del fotógrafo.

"Esta es la mamá de Lenin", nos dijo el profesor. "Sí tenía", agregó, y todo el salón lanzó una sonora carcajada durante la clase de Historia Universal III. Yo había tomado el curso por la necesidad de contar con los créditos necesarios para pasar a facultad pero también por las ganas de pasar mis mañanas escuchando algo interesante. Al menos eso esperaba.

Y el profe Klaiber no me decepcionó. Si recuerdo vívidamente al profesor levantando la foto del libro para que todos la viéramos era porque sus clases eran entretenidas y fascinantes al mismo tiempo. Con él lo que pudo haber sido un simple curso para pasar a facultad se convirtió en las tres horas de la semana que más disfrutaba en la universidad.

Ahora que sé que el profe-padre Klaiber ya no se encuentra entre nosotros no me queda sino recordarlo con sus anteojos grandes, sus libros marcados con papelitos y su dejo gringo que tanto lo caracterizaba. Jeffrey Klaiber fue un maestro como hay pocos, de aquellos que uno recuerda siempre.

jueves, 27 de febrero de 2014

Horrendos y fascinantes

La falta de tiempo –y quizás algo de flojera– me ha apartado de los eventos a los que solía ir durante las noches. Luego de terminada la jornada laboral sentía necesario descansar, quedarme en la casa y navegar por Internet hasta que el sueño me venciera. Sin embargo, cuando a mi correo llegó la invitación a la presentación de un nuevo libro de José Donayre –como encargado de la selección y el prólogo– no pude sino armarme de fuerzas para salir del sillón y visitar a un antiguo amigo, y conocer su nueva obra.

“Horrendos y Fascinantes: Antología de cuentos peruanos sobre monstruos” se presentó en la Casa de la Literatura el pasado miércoles 19 durante el Cuarto Congreso de Literatura Fantástica; la presentación y comentarios estuvieron a cargo de Elton Honores y, por supuesto, de Pepe Donayre.

Como es de rigor, Honores comenzó su presentación destacando el trabajo de Donayre de quien dijo que “tuvo el buen gusto de no incluirse”. Una frase que generó varias sonrisas, incluyendo la mía, por supuesto.

Luego de destacar algunos de los cuentos, Honores comenzó a analizar el concepto de monstruo que se maneja en la antología.

En esta obra lo monstruoso es lo anormal, aquello que es distinto al estándar social. Por ello, dentro de esta concepción, podemos encontrar que el monstruo puede ser un hacker o un asesino en serie; personajes que no caen dentro del ámbito fantástico sino dentro del ‘realismo’. De igual forma, estos personajes no se encuentran en los extramuros de la civilización –donde esperaríamos que se oculten los monstruos– sino que forman parte de nuestros círculos sociales.

“El monstruo es, en suma, una metáfora de nosotros mismos, lo que encontramos en nuestro reverso”, dijo Honores.

Por supuesto, esto no impide que dentro de los relatos que componen la antología se haya elegido monstruos que caen dentro de la concepción tradicional que maneja la sociedad, es decir, monstruos fantásticos como Drácula, Frankenstein o el Hombre Lobo, e incluso los zombis, monstruos ‘más modernos’ que los anteriores.

Finalmente, Honores se arriesgó a lanzar otra característica que dedujo de la obra antológica: La mujer como agente del mal. En los cuentos se pueden encontrar relatos en los que el elemento que causa el terror es una mujer.

¡Vaya! ¿Qué habrá pasado por las mentes de las mujeres que se encontraban durante la presentación? No lo sabremos, pues ninguna de ellas reaccionó ante el argumento. Al menos no visiblemente.

Pepe Donayre, luego, tomó la palabra y ofreció algo de información sobre sus proyectos futuros. Dijo que la antología podía entenderse, en realidad, como el primer capítulo de un proyecto mayor. Tiene planeado lanzar posteriormente una antología de “cuentos ultraviolentos” –suena interesante–, otra sobre ciencia ficción y una cuarta sobre cuentos policiales, aunque esta última para el próximo año.

Pepe admitió también que “casi” se incluye en el libro –no sé si bromeaba– pero que decidió no hacerlo. Y también señaló que los cuentos que más trabajo le costó conseguir fueron precisamente aquellos de los monstruos clásicos, es decir, el del hombre lobo y el de la momia.

“Pero valió la pena, porque son dos cuentos realmente extraordinarios”, señaló.

Luego de terminada la presentación –y de las fotos– me acerqué junto a mi delgada a saludarlo y despedirme. La presentación había terminado y era el momento de ir a casa. Pero antes revisé el libro y mi delgada me lo compró.

La antología consta de 27 cuentos escritos por Juan Carlos Townsend, Alfredo Dammert, Gonzalo Málaga, José B. Adolph, Enrique Prochazka, John R. Ancka, Carlos Calderón Fajardo, Hans Rothgiesser, Víctor Miró Quesada, Carlos Carrillo, Salvador Luis, Daniel Salvo, Rocío Silva Santisteban, José Gabriel Ortega, Alejandro Neyra, Yuri Vásquez, Nilo Espinoza Haro, Alina Gadea, Fernando Iwasaki, Miguel Ángel Vallejo, Rodolfo Ybarra, José Güich, César Silva Santisteban, Víctor Coral, Lucho Zúñiga, Alfredo Castellanos y Jorge Casilla.

De izquierda a derecha: Daniel Salvo, Hans Rothgiesser, José Donayre, Alina Gadea, Alfredo Dammert y Jorge Casilla.

El prólogo (Todos los monstruos… El monstruo) es de José Donayre y comenzaré a leerlo –y espero disfrutarlo– pronto.

sábado, 1 de febrero de 2014

Cata de Whisky

No soy muy ferviente admirador de las bebidas alcohólicas, pero cuando terminó la presentación de la red social empresarial Yammer, de Microsoft, me animé a quedarme a una cata de whisky que se iba a realizar luego del evento. De la bebida, en realidad, no sabía nada por lo que también me animó la curiosidad más que el deseo de beber.

El Whisky, me enteré luego, requiere de tres años de añejamiento para ser considerado como tal. Además, es muy importante la declaración de edad que hacen las marcas de sus productos. Si una de estas bebidas no declara su edad uno debe suponer que tiene tres años de añejamiento, al menos. Por otro lado, cuando se hace la declaración de edad ésta indica la edad del whisky más joven que se utilizó en la mezcla para fabricar el producto.

Éstas y otras cosas fueron las que aprendí luego de unos momentos en la cata de whisky. Además, tuve la oportunidad de probar tres versiones del Chivas, de 12 y 18 años. Me gustó más el de 12.




Y a continuación ya de lleno en la cata.

jueves, 16 de enero de 2014

Villa Chicken: Una buena alternativa

Generalmente, cuando hablo de pollos a la brasa mi punto de referencia es el Pardo’s. Desde que lo conocí no me ha defraudado –aunque en ocasiones el incremento de sus precios me asustaba– en cuanto a sabor y atención; pero, evidentemente, no es la única pollería que merece ser visitada. Existen otras que uno va descubriendo y que se acercan a la calidad del Pardo’s y pueden constituirse en una buena alternativa cuando uno busca algo diferente.

Esa alternativa de la que hablo es el Villa Chicken.

La primera que visité fue la que se encuentra en la Av. La Mar, detrás del centro comercial Plaza San Miguel. Creo que caí en la pollería porque sencillamente me dio ganas de probar algo distinto y el local de Villa tenía una buena apariencia. Así que me animé a entrar.

La atención es acorde con el estándar, es decir, te recibe una anfitriona que luego te sitúa en una mesa de acuerdo a la cantidad de comensales. Luego un mozo se acerca a tomarte el pedido. El local es adecuado, tiene una buena apariencia y está bien situado.

Como siempre, pido un pollo a la plancha o lo más cercano a él que se encuentre en la carta. El plato que me trajeron pueden verlo en la foto.

Aparentemente, no es muy abundante pero la verdad es que sí es suficiente para una cena. La ensalada no es muy abundante que digamos pero sí tiene un buen sabor, además junto con el plato te traen un pequeño envase de vinagreta –que se puede ver a un lado del plato– que puedes echar sobre la ensalada para darle más sabor. La verdad es excesiva la cantidad de vinagreta para el tamaño de la ensalada, pero es preferible que sobre a que falte.

Las papas tienen un sabor agradable y el pollo también se encuentra bien servido, es suave y tiene un cierto sabor, no muy fuerte ni muy ligero, lo adecuado para un pollo a la plancha, a mi parecer.

También pedí una ensalada. En la carta no tienen ensaladas que uno pueda comer como un plato individual –como sí las tiene Pardo’s, por ejemplo– sino ensaladas para acompañar al pollo a la brasa. Sin embargo, pedí una ensalada preguntando al mozo si podría comerse como un plato individual. Me dijo que sí así que me trajo la ensalada que se puede ver en la foto.

También es agradable y se puede comer individualmente aunque va a quedar muy grande para una sola persona, por lo menos para el tipo de personas que pide sólo una ensalada para no comer mucho. Esta ensalada la pedí pensando en la Festiva de Pollo que es la que siempre pido en la otra pollería y, la verdad, puede ser un reemplazo exitoso de ese plato.

La experiencia fue agradable y sin duda volvería. Los precios son similares o un poco menores que el del Pardo’s y sí invitaría a los amigos a cenar ahí.


viernes, 10 de enero de 2014

Last Vegas: el último viaje a Las Vegas

Debo confesar que lo que más me atrajo de la película, en un inicio, fue el calibre de los actores que iban a actuar en ella. Morgan Freeman, Robert de Niro, Michael Douglas y Kevin Kline difícilmente creo que acepten actuar en una película con una mala historia, así que eso me animó a verla; además, presentí que tendría algo de The Hangover, y no me equivoqué. Aunque, felizmente, la juerga no es lo que vas a recordar de esta película.




Los gringos tienen la rara particularidad de insertar una pequeña historia interesante incluso en películas de las cuales no tienes mayores expectativas. Ingresé a la sala del cine con el objetivo de entretenerme un rato viendo divertirse a estas glorias del cine pero al final me quedó en el recuerdo una simpática historia de lealtad (a lo largo de 60 años) y de amor al final de la vida.

Cuatro hombres que se conocen prácticamente desde niños llegan a la tercera edad de distintas maneras. Uno se encuentra felizmente casado, otro es ya un abuelo que ha pasado por un infarto cerebral, el tercero es un reciente viudo amargado y el cuarto es un solterón viejo pero adinerado que ha encontrado una chica de base tres con la que desea casarse.

La trama de la película se basa en la reunión de estos cuatro amigos en Las Vegas para celebrar la despedida de soltero del ricachón del grupo. Hasta ahí parece una película estilo The Hangover pero con 40 años más. La trama se pone interesante cuando se descubre el motivo por el que el viudo del grupo no deseaba ir a la celebración y cuando aparece una mujer que se interpondrá, nuevamente, en la amistad entre dos de los amigos.

Es una buena película que nos habla de la amistad a lo largo de los años y de la lealtad que ésta conlleva. Claro, todo se encuentra amenizado con ocurrencias por parte de los ‘ancianos’ y la presencia del juerguístico Stefan Gordy (o sea, RedFoo) de LMFAO –y si no te suena el nombre mira este video– y Curtis Jackson (o sea, 50 Cent) a quien ‘chotean’ de la despedida de soltero.

Sí, la volvería a ver.

miércoles, 8 de enero de 2014

Un extraño sueño

Estaba en el antiguo departamento en el que vivía con mis padres. Me encontraba en la sala y escuché que alguien tocaba a la puerta, me asomé por la ventana y vi que eran mis dos abuelos. Les abrí la puerta y ellos entraron con total normalidad. Mi madre huyó hacia su habitación llena de miedo pues mis abuelos habían muerto ya hace algunos años.

Mi abuela, ya dentro de la sala, me dijo “no te preocupes, vinimos porque tu abuelo quería saludarte”. No me sentí asustado a pesar de ver a mis dos abuelos fallecidos y la naturalidad con la que se comportaban me dio tranquilidad.

Entré al cuarto donde se encontraba mi mamá y la tranquilicé. Le dije que los abuelos habían venido porque querían saludarnos, sólo eso. Cuando salí nuevamente a la sala encontré a mi hermano, y él me repitió lo mismo. “Los abuelos han venido porque querían saludarte”, me dijo, sonriente.

Me sentí bien, tranquilo, en paz.

Me acerqué a los abuelos y mi abuela me dijo señalando con la mirada a mi abuelo. “Quiere saludarte”. Y vi que mi abuelo –que no había dicho nada– extendió los brazos y me hizo un gesto como indicándome que le abrazara.

Lo abracé y no sentí miedo, simplemente me desperté.

lunes, 6 de enero de 2014

Las intenciones de Año Nuevo

Los cambios de año traen consigo una serie de actividades que se consideran ‘obligatorias’. Salir, ir de fiesta, trasnochar, en fin, hacer de esa noche del 31 de diciembre algo inolvidable es una obligación que nos hemos impuesto socialmente. Pero junto con estas actividades ‘divertidas’ también nos hemos impuesto el análisis de lo que hemos hecho con nuestras vidas durante el año que pasó y lo que planeamos hacer con ellas en el año que llega.

Pero, no siempre tenemos planes.

De hecho, me considero parte del grupo que no se plantea metas todos los años, quizás sólo lo hago en aquellos en los que considero que es necesario realizar un cambio importante, pero no en todos. Un grupo de años los he pasado simplemente con el ánimo de que sea mejor que el anterior. Recordé esto recientemente cuando, durante una reunión con unos amigos, alguien lanzó la pregunta.


Había acordado que por Fin de Año me reuniría con unos viejos amigos de la universidad a comer una parrillada. El vino, el bistec, los anticuchos y las morcillas estaban a medio comer cuando uno de ellos soltó la cuestión: “¿Y qué planean para el próximo año?”

Todo fue silencio durante un instante. Todos esperábamos a que fuese otro el que comenzara con sus deseos para el 2014. Pero nada. Se escuchaban las conversaciones de las otras mesas cuando el que se encontraba a la izquierda del que preguntó dijo “Cambiar de compañía, creo que me dejan demasiado trabajo”. Y nada más.

Como siguiendo el orden de un reloj el que se encontraba a su izquierda fue el siguiente: “Nada, seguir nomás”. El siguiente era yo y como en realidad no tenía algo que decir repetí casi robóticamente la frase que acababa de escuchar. “Igual, nada, seguir nomás”.

El que lanzó la pregunta nos dijo que planeaba terminar su tesis de doctorado, y quizás también comprar un departamento o un automóvil. Además, hace poco había cambiado de trabajo hacia una posición con mayor paga y más ventajas que el anterior.

“Vaya, bien por ti”, pensé, aunque creo que no se lo dije. Y comenzamos a hablar sobre el nuevo trabajo de mi amigo y las ventajas que le ofrecía frente a su trabajo anterior, que era también bueno, creo yo.

El caso es que, por un momento, me sentí incómodo con mi falta de movimiento laboral, pero luego recordé los logros que me había comentado mi jefa con respecto a nuestro trabajo. Entonces me sentí mejor.

No terminamos la parrillada pues era enorme y la verdad creo que no demostramos ser buenos carnívoros. Conversamos, tomamos vino, bromeamos y, finalmente, nos fuimos a nuestras casas con la promesa de volver a vernos, pronto.

Aún sigo buscando las fotos en las que nuestras incursiones no se daban en un buen restaurante de parrillas sino en un pequeño bar frente a la universidad. Tengo que encontrarlas, se las prometí.

Pero también me ha quedado la duda de si no debería plantearme alguna meta específica que complemente el simple objetivo de “estar mejor que el año pasado”. Quizás también deba escribirla.

viernes, 9 de agosto de 2013

Scary Movie 5: Una alternativa a no ver nada

La primera vez que vi Scary Movie casi muero de la risa. Aunque se notaba que eran partes ensambladas de parodias de distintas películas de terror –aunque en esta entrega no todas son de ese género– se podía ver en ellas ‘algo’ de continuidad, un minúsculo hilo conductor que hacía un poco verosímil el título de película. Creo que ese atisbo de lógica casi se ha perdido en la quinta parte.

Debo confesar que no he visto todas las películas de las que se mofan en la entrega 5 pero algo similar me pasó con las anteriores; sin embargo, el resultado no es el mismo. Scary Movie 5 tiene un inicio alentador con dos ‘locos’ de Hollywood como lo son Charlie Sheen y Lindsay Lohan pero de ahí en adelante la película se centra en dos personajes y su familia y es ahí donde decae el interés.

No sé si será obra de la recurrencia de ver estas películas pero muchas de las bromas resultaron bastante predecibles. Quizás los momentos más altos de esta parte de la película fueron aquellos que se dieron en las secuencias con cámara rápida entre el padre de la familia y la señora latina que los ayuda con la casa.

Creo que una evidencia de que no es sólo mi percepción es que no oí las sonoras carcajadas que se dieron con la primera Scary Movie a pesar de que la sala del cine se encontraba llena de adolescentes de risa fácil. Simplemente, no fue lo mismo.

No sé si recomendarla, considero que sería una buena alternativa a quedarse fuera del cine sin hacer nada, pero nada más.


sábado, 6 de julio de 2013

Don Belisario: aceptablemente bueno

Luego de una fuerte campaña en el Facebook era difícil no conocer a Don Belisario, la cadena de pollos a la brasa que tiene como ícono a un pollo campechano. La verdad, al inicio sus posts me animaron a visitar alguno de sus locales pues las fotos de los platillos se veían bastante bien y la expectativa que generaba entre los futuros comensales iba en aumento. Pero luego, personas que conocía de manera personal o virtual comenzaron a postear los aspectos negativos de Don Belisario. Di marcha atrás en mis deseos de visitar la cadena.

Así transcurrieron algunas semanas; sin embargo, creí que lo más conveniente sería verificar por mí mismo si las percepciones que había leído eran certeras. Un conocido blogger, Renzo de El Vicio de Comer, había posteado un comentario negativo de su visita –el título de su post lo dice todo: “Yo le digo no a Don Belisario”– y un amigo, al que sí conozco en persona, me dijo que lo mejor que tenía el pollo de Don Belisario eran las papas. Estas opiniones iban a contrapelo de otras que podía encontrar en la página de Facebook de Don Belisario que sí eran positivas.

Tenía que ir.

Afortunadamente, debido al crecimiento de la cadena, se abrieron dos locales que me quedaban cerca a la casa. Uno es el que se encuentra en el pequeño triángulo conformado por la intersección de la Av. Universitaria, su auxiliar y la Avenida La Mar, cerca de la PUCP. Lo veía siempre que iba hacia Plaza San Miguel y pensaba “aquí es donde tengo que venir para verificar”.

Otro, más cercano aún, es el que abrieron más recientemente en la Av. Sucre, frente al Metro de Pueblo Libre. A este local lo veo siempre que vuelvo a mi casa, viniendo desde la Av. La Marina. De él pensé “Aquí sí vengo, de todas maneras”. Y lo hice.

Un día que mi delgada se animó a invitarme una cena le dije que quería ir al Don Belisario, y ella aceptó.

Con muchas expectativas en mi mente, ingresé al local de la Av. Sucre junto con mi delgada. Una anfitriona nos llevó a una mesa, tal y como sucede en Pardos Chicken. Las similitudes llegan hasta ahí. Ingresando un mozo muy atento –excesivamente atento, diría– se presenta y nos entrega las cartas.

Dado que no me gusta lidiar con los huesos, siempre pido una pechuga o el plato que más se le parezca. En la carta había una opción así que iba acompañada con ensalada y otro acompañamiento al escoger. No encontré papas fritas así que me animé a pedir unas papas horneadas con un poco de queso encima. Para probar.

Nótese la pobreza de la ensalada
Cuando me trajeron el plato comencé a notar las diferencias respecto al Pardos, mi referencia para hacer benchmark.

La porción de pollo era algo chica. Ciertamente, estaba bien condimentada y tenía un sabor agradable pero aun así creo que la del Pardos le gana por un par de puntos en tamaño y sabor. Las papas sí estuvieron muy buenas, y de hecho es lo que sacó cara por el plato; ahí recordé lo que me dijo mi amigo. Y bueno, la ensalada si fue lo que señalé en la encuesta que luego nos dieron como algo que debe cambiar. La ensalada era muy simple, demasiado, solo constaba de lechuga sin más sabor, un poco de tomate y un arito de cebolla, nada más.

Esta pobre presentación hace extrañar la palta, la zanahoria y todos los vegetales que uno puede encontrar en la ensalada que acompaña al pollo en el Pardos y en otras pollerías a las que he ido. La ensalada de Don Belisario es absolutamente prescindible. Claro que hay otras opciones de ensalada, pero la que acompaña al pollo es lamentable.

Quizás otro punto que se deba corregir es el exceso de cortesía del mesero. Uno espera un buen servicio pero tanta zalamería se siente artificial y fingida. Uno quiere que simplemente lo atiendan bien, nada más.

En general, creo que Don Belisario se encuentra, por lo menos en cuanto al plato que pedí, un par de puntos por debajo de Pardos, pero es una buena opción. Además, hay que decir que el precio con respecto al Pardos es algo menor, así que en alguna medida, si nos concentramos en el ‘valor’, diría que es acorde, EXCEPTO POR LA ENSALADA. La tienen que mejorar de todas maneras.

Creo que sí volvería, pero ya con las expectativas más reales con respecto a lo que uno puede esperar de la pollería. También lo haría para probar otros platillos pues puede que por ahí haya algo en lo que supere al benchmark que me he establecido.

Pero por ahora, eso no ha pasado.

sábado, 15 de junio de 2013

Viejo, mi querido (y habilidoso) viejo

Debo confesar que cuando me encontraba en el colegio era mi padre el que, en (varias) ocasiones, me ayudaba con el curso de “Formación Laboral”. Aquel curso –que no tenía relación alguna con su nombre– nos obligaba a desarrollar actividades tales como la construcción de un barquito de madera o el acabado de un cenicero de cerámica; actividades que, por supuesto, nunca más he tenido que repetir, menos aún dentro de mi campo laboral pues me gano la vida escribiendo en una computadora.

Pero, de todas maneras, tenía que aprobar ese curso, y mi padre me ayudó con ello.

No sé si alguno de mis sucesivos profesores del curso se habrá dado cuenta de que yo no tenía habilidad manual alguna. Mis torpes manos a duras penas podrían aprobar una de esas evaluaciones psicotécnicas en las que a uno le piden dibujar sobre una hoja de papel una persona, un ocaso o algún otro elemento para determinar nuestra lucidez. En realidad, creo que ni siquiera esos esbozos se encuentran hasta ahora dentro de lo que puedo lograr con mis capacidades.


Cuando me tocó construir el barquito de madera, sin dudarlo un segundo, le pedí el favor a mi padre. No recuerdo bien cuál fue el plazo que nos dieron pero sí que se lo indiqué a mi padre con la seguridad de que el barquito estaría terminado para la fecha pactada. No me preocupé más del tema.

El día de la presentación simplemente le pregunté a mi papá “¿y el barquito?”. Él y mi mamá se apresuraron a entregarme el barquito pero la expresión en sus rostros me indicaba que algo malo pasaba con la obra.

Me entregaron un barquito pintado de rojo, construido mediante la unión de varias maderitas que conformaban cada uno de sus lados. No había curvas, más bien el barquito tenía la forma de un retablo puesto de espaldas. Un pequeño mástil con unos diminutos trozos triangulares de tela pegada a él completaban la figura. Ciertamente, se veía como una obra realizada con no mucha destreza, quizás por la falta de tiempo.

Recuerdo que mi padre, sinceramente apenado, me dijo algo así como “disculpa, no me ha salido bien, no he tenido mucho tiempo”. “No te preocupes”, creo que le respondí. La verdad era justamente lo que alguien como yo podría haber construido.

También recuerdo perfectamente que en el colegio mi profesor, que se llamaba Marciano –no es broma–, cogió el barquito, lo miró, y escribió un 18 sobre él. Yo feliz. Al siguiente alumno de la lista no le fue bien, “tú no has hecho esto”, le dijo, observando un barquito que mostraba una manufactura superior, sus curvas eran tan logradas que ciertamente parecían el trabajo de un profesional, no el de mi compañero de clase.

Luego de tantos años, recuerdo con nitidez ese día pues fue una de las tantas ocasiones en las que mi padre me ayudó.

En realidad, él me sigue ayudando, es su forma de mostrarme su cariño, de decirme que me quiere. Obviamente, ya no se trata de barquitos de colegio sino de aquellas pequeñas tareas cotidianas en las que él considera –no sin razón– que si yo intervengo no van a quedar bien.

Cuando me mudé a mi departamento mi padre se presentó en la puerta con su taladro para hacer todos las perforaciones necesarias para cuadros y muebles. Sin embargo, no pudo hacer nada pues no tenía yo entonces nada qua colgar o pegar en las paredes. Cuando luego de mucho tiempo compré unos cuadros le pedí prestado su taladro para colgarlos yo mismo. A él no le gusta prestar sus herramientas, pero a mí me las dio con la confianza de que no se las estropearía –o me perforaría una mano. Eso me agradó.

Cuando era un niño de colegio fueron muchas las veces en las que él me indicó cómo hacer las cosas. Me pedía que lo acompañara cuando reparaba su auto o cuando cambiaba un caño o revisaba una conexión eléctrica. Yo sólo lo miraba y le alcanzaba las herramientas desganadamente porque nunca pensé que tendría que dedicar tiempo a esos asuntos ‘menudos’ de la vida. A pesar de ello algo aprendí.

Ahora ya con más de 40 años comprendo que todas esas cosas que me enseñó fueron simplemente la forma de prepararme para la vida. Mi educación, mis valores, mis creencias se las debo a él y a mi madre; y quizás yo no pueda hacer barquitos para mi hijo –cuando lo tenga– pero estoy seguro que mi papá me ayudará a enseñarle a hacer uno mejor que el mío.

lunes, 10 de junio de 2013

Los anticuchos de la felicidad

Ahora que la comida es un símbolo de peruanidad y que estamos dispuestos a invertir una parte de nuestras vidas en interminables filas con tal de saborear a los ‘consagrados’, recuerdo una época de mi vida en la que la comida era increíblemente deliciosa y monopólicamente mía; sin colas y sin esperas.

Ese paraíso gastronómico existía hace unos 30 años en la azotea de la casa de mi tía en Huánuco. Mi madre, mi tía, mis dos primas y yo nos reuníamos –durante mis vacaciones de colegio, en el verano– en ese escondido lugar para saborear durante horas una innumerable cantidad de anticuchos que habían sido elaborados ‘desde cero’ por mi madre y mi tía. La preparación de esos manjares tomaba todo un día –de hecho se tenía que comenzar el día anterior– pero el resultado fueron unas deliciosas tardes que han quedado en mi memoria como una marca de felicidad difícil de superar.

La casa era antigua, de quincha y adobe, aunque la mitad trasera era de cemento. En esa parte, sobre una pequeña cocina, se había acondicionado una pequeña azotea que servía para airear las ropas recién lavadas y ofrecer descanso a Perico, el simpático perro de mi tía.

La preparación de los anticuchos comenzaba con una visita al mercado central de Huánuco. Ahí se conseguían los corazones de res –dos, para dejar satisfechos a todos– y los palitos para ensartar los generosos trozos que comeríamos. También ahí se conseguían los demás ingredientes necesarios para la elaborar la salsa en la que se dejarían los trozos de corazón de un día para otro –marinar, creo que es el término– y que adquirieran ese inolvidable sabor.

El día anterior se cortaban las piezas y se las dejaba reposar.

Al día siguiente, casi a la hora del almuerzo, comenzábamos a preparar los carbones. Teníamos una pequeña parrilla anticuchera como las que usaban las vendedoras ambulantes más sencillas. Con eso nos bastaba, sólo requeríamos poner a la brasa tres o cuatro ‘palitos’ a la vez, aunque la espera por que salieran los primeros era insoportable.

Me gustaba ayudar con el fuego. Con un pedazo de cartón ayudaba a avivar los carbones que alguien más –no recuerdo quién– había prendido. Mis ansias por comer se incrementaban cuando veía que mi tía o mi mamá subían con el enorme tazón blanco lleno de palitos; era como un puercoespín que iríamos desnudando a medida que avanzaba la tarde.

El olor a carbón se transformaba cuando colocábamos los primeros palitos. El aire de la azotea adquiría un embriagador aroma que hasta ahora relaciono con el ruido encantador que se producía cuando los primeros trozos de corazón tocaban la parrilla. Ese sonido y ese olor se unen a la imagen de mi mamá apretando los palitos, a la de la pequeña columna de humo que subía de ellos y a los primeros esfuerzos de mi mamá por darles más sabor con una artesanal brocha confeccionada con panca (las hojas que cubren la mazorca de maíz) que antes había remojado en el líquido de marinado. El aceite que lo componía ocasionaba que, junto con el humo, se levantara ocasionalmente una pequeña llama amarilla. Era el principio de una de esas tardes.

Los primeros palitos eran para mí. Yo los tomaba y prácticamente los engullía mientras mis primas se reían por mi desesperación. Yo feliz.

Uno tras otro los palitos parecían pasar de la parrilla directamente a mi plato, y al de nadie más. Creo que en esos excesos me entretenía un momento hasta que me cansara de atragantarme; recién entonces las chicas comenzaban a disfrutar de sus palitos y me acompañaban en los gestos de satisfacción.

Con unas cuantas papas, que también colocábamos en la parrilla, completábamos el menú del día que, aunque simple, era absolutamente satisfactorio.

Ahora no recuerdo cuántas veces hicimos esto. Creo que no habrán pasado de tres veces –es decir, tres años– las ocasiones en que nos encerramos a disfrutar de estos momentos. Eran sólo para nosotros cinco y para nadie más. Y creo también que fueron de los mejores que viví durante mi niñez porque hasta ahora los recuerdo vívidamente, como si hubieran ocurrido ayer.

En una ocasión alguien tocó el timbre de la casa, pero decidimos no abrir. A quien haya sido mis disculpas, pero ese momento era sólo para nosotros. Y para nadie más.

sábado, 8 de junio de 2013

Mi incursión en la política

Recuerdo que hace muchos años un pariente mío decidió postular a la alcaldía de mi distrito; bueno, en realidad lo postularon fruto de su participación en una reunión partidaria en la que él era el único vecino del distrito en el que vivía.

– ¿Quién vive ahí?, preguntó, de acuerdo a otro pariente mío que participó en la misma reunión partidaria, uno de los organizadores del evento.

Mi pariente levantó inocentemente su mano.

– Tú serás el candidato entonces, organiza tu comité de campaña; le dijeron, de acuerdo siempre al mismo otro pariente.

Obviamente su “comité de campaña” era un eufemismo para referirse a los parientes y amigos que aceptaran ayudarlo en la empresa electoral. Uno de los cuales fui yo.

Mi participación fue básicamente anímica hasta bien entrada la campaña. De hecho, fue mi hermano, diestro en la confección de carteles, el que me iba poniendo al tanto de los avances de nuestro pariente.

Nuestro candidato era optimista. El alcalde de ese entonces era un acciopopulista que no había realizado una gestión que se podría considerar exitosa. El distrito no se encontraba en su mejor momento y eso abonaba a la posibilidad de ganarle en la contienda electoral.

Mi hermano me contó que con los pocos recursos con los que se contaba organizaron caminatas en las que mi pariente se acercaba a los transeúntes y les daba la mano y les indicaba los lineamientos básicos de su plan de trabajo para la municipalidad. Otro de mis parientes, bastante conocedor de los vecinos del distrito, lo acompañaba para “presentarlo” cuando se topaba con un grupo que conociera.

Todos fueron destinatarios de sus saludos, incluso aquellos desfavorecidos que pasaban las noches libando algún licor en las calles del distrito tuvieron la oportunidad de estrechar la mano del candidato.

Mi hermano me contaba que todo iba viento en popa. El alcalde evidentemente gastaba todos sus recursos para renovar su mandato pero al conversar con los vecinos se notaba un descontento hacia él. Era la oportunidad de destronarlo aprovechando las debilidades de su gestión. Además, me contaba mi hermano, la candidatura de nuestro pariente parecía haber pegado, las sonrisas se multiplicaban entre los vecinos y los apretones de mano se veían sinceros.

Las caminatas, el único recurso al que se podía acudir entonces, parecían estar funcionando, los vecinos respondían positivamente cuando se les preguntaba si estaban dispuestos a votar por nuestro pariente.

“Creo que podemos ganar”, recuerdo que me dijo mi hermano. Su entusiasmo se me contagió, debo confesar. Y ¿por qué no? Mi pariente era un profesional exitoso y conocido en el distrito y el distrito era pequeño, las caminatas lo habían acercado a los vecinos que lo conocían pero también a los que no conocían su trayectoria. Era factible el triunfo electoral, pensaba.

Cuando ya se acercaba la fecha de las elecciones había que hacer un último esfuerzo, así que decidimos colocar todos los afiches que se pudiera en el distrito.

Mi tío le tomó una serie de fotos y de entre ellas se escogió aquella en la que nuestro pariente se mostraba triunfador, con los brazos en alto, como un jugador que acaba de meter un gol en la final del mundial. Su mirada hacia arriba lo asemejaba a un profeta que conversaba con Dios. Sin duda, era LA FOTO.

Los afiches se confeccionaron rápidamente y se decidió colocarlos en una de las madrugadas más próximas a las elecciones.

Mi apoyo ya no podía seguir siendo anímico, tenía que ‘poner el hombro’.

Llegué a la oficina de campaña –la casa de un primo– una madrugada junto con mi hermano. Ahí nos encontramos con el resto del comando de campaña que básicamente estaba conformado por los parientes que vivíamos por los alrededores, más dos jovencitos que se contrató con el exiguo presupuesto de campaña.

Nos apertrechamos con una buena cantidad de afiches y nos repartimos el distrito. Las zonas más alejadas se las dejamos a los chicos, nosotros –los voluntarios– tomamos las cercanías.

Pegamento y afiches, esa era todo nuestro capital electoral entonces, y muchas ganas de ayudar al candidato.

Empezamos el recorrido y colocamos los afiches en cuanto espacio virgen pudimos divisar. Algunos otros candidatos ya habían pegado sus fotos en algunas zonas pero, en verdad, habían dejado suficiente espacio como para terminar de apuntalar la candidatura del partido –cuyo nombre no recuerdo en estos momentos.

Pegamos y pegamos afiches durante una hora y nos sentíamos optimistas por el posible resultado que veríamos en unos días. Yo no lo sabía entonces pero casi fui inscrito como candidato a regidor de la lista, acompañando a mi pariente; sin embargo, el desconocimiento de mi número de libreta electoral –en esa época no había DNI– por parte del representante de la lista al momento de la inscripción me privó de ese privilegio.

Recuerdo que casi al final de nuestra jornada una anciana salió de su casa a divisar nuestro trabajo y a vigilar que no pegáramos nada en su muro. Sin embargo, su esfuerzo fue en vano.

Detrás nuestro escuchamos un rumor de autos y personas; por una de las calles iban apareciendo luces y voces en cantidades que no creíamos posibles. Un verdadero ejército de hombres y mujeres transportados en camionetas y autos comenzó a empapelar prácticamente toda la calle en la que nos encontrábamos.

Nos quedamos quietos, la anciana también se quedó quieta, estábamos impávidos al ver cómo el rostro del actual alcalde se multiplicaba hasta el infinito en todas las paredes de la cuadra. La faz de nuestro candidato, quedó oculta bajo una capa de afiches que nunca imaginé ver en mi vida. Era la obra de una maquinaria bien aceitada que funcionaba como un reloj suizo de la publicidad política callejera.

Luego de cambiarle la faz a la cuadra pasaban a la siguiente y así con todas las cuadras que nuestra vista alcanzaba a observar en aquella noche. Cuando ellos se fueron seguíamos quietos junto a la anciana que no atinó sino a entrar, derrotada, nuevamente a su casa. El alcalde nos observaba sonriente desde todos los muros de la calle, se seguía riendo cuando nos fuimos del lugar.

A pesar de ello seguíamos optimistas. Toda esa cantidad de papeles podía haber enterrado nuestro esfuerzo de madrugada pero no sería suficiente para hacer olvidar a los vecinos todas las caminatas que mi pariente dio por el distrito abrazando señoras, dando la mano a los hombres trabajadores del lugar y –seguramente– besando niños.

– Debemos estar segundos o primeros, creo que podemos ganar; me dijo mi hermano. Él no se basaba en ningún estudio de mercado, su instinto político le decía que los esfuerzos propagandísticos del alcalde no serían suficientes para vencer al cariño que los vecinos habían demostrado hacia nuestro pariente.

Cuando llegó el día de las elecciones ganó el candidato de Ricardo Belmont*. Nadie lo conocía –porque no había hecho campaña– pero igual ganó.


* Ese año Ricardo Belmont ganó la alcaldía provincial y muchas de las distritales, incluso en los distritos en los que no había presentado candidato. Cosas del electorado peruano.